Editorial

Nobel de la Paz 2018

Esta aberrante práctica es utilizada por los grupos extremistas para recompensar y atraer a sus combatientes.

La Razón (Edición Impresa)

00:01 / 11 de octubre de 2018

El médico congoleño Denis Mukwege, de 63 años, y la activista yazidí Nadia Murad, de 25 años, fueron condecorados con el Premio Nobel de la Paz este año “por sus esfuerzos para erradicar la violencia sexual como arma en guerras y conflictos armados”. Con este galardón, la Academia sueca premia la valentía de estas personas que han consagrado sus vidas en favor de las mujeres víctimas de la violencia sexual.

En efecto, Mukwege es un reconocido cirujano que durante los últimos 20 años ha dedicado su tiempo, esfuerzo y talento a curar mujeres que han sido violadas durante conflictos armados en el Congo. Esta cruzada se inició como una respuesta ante las brutales secuelas generadas por la generalización de la violación colectiva durante la guerra civil que asoló al Congo entre 1998 y 2003. Era y sigue siendo tan grande la demanda por este servicio médico que Mukwege incluso fundó, con otros compañeros, un hospital especializado en reparar el daño físico interno que suelen causar este tipo de execrables agresiones.

A su vez, Murad vivió en carne propia los horrores de la violencia sexual utilizada como arma de guerra. En agosto de 2014, yihadistas del Estado Islámico atacaron su aldea (Sinjar), asentada en el norte de Irak. Aquel día, según sus estimaciones, al menos 3.000 hombres (adultos, ancianos, niños y discapacitados) fueron acribillados por los fundamentalistas, entre ellos sus nueve hermanos, seis de los cuales murieron (los otros tres lograron escapar, aunque resultaron heridos). Igual suerte corrieron la mayoría de las mujeres mayores de 45 años, entre ellas su madre. En total, 18 familiares de Nadia fueron asesinados o se encuentran desaparecidos.

A los niños mayores de cuatro años “se los llevaron a campamentos de entrenamiento”. A las niñas de nueve o más años también las mantuvieron vivas, pero para utilizarlas como esclavas sexuales, al igual que a las jóvenes y adolescentes, entre ellas Murad. Para tal efecto fueron trasladadas hasta “mercados” en Mosul. Allí “los hombres del ISIS llegaban y seleccionaban algunas niñas y adolescentes. Se las llevaban, las violaban y después las devolvían”.

Durante nueve meses Murad fue vendida, revendida, esclavizada, agredida y ultrajada por innumerables yihadistas, al igual que otras miles de mujeres y niñas, hasta que por fin se le presentó la oportunidad de escapar. Desde entonces decidió consagrar su vida a luchar contra esta aberrante práctica, utilizada por los grupos extremistas no solo para someter a las mujeres en las zonas que se encuentran bajo su control, sino también para recompensar y atraer a nuevos combatientes.

Por todo ello, el Nobel de la Paz para esta joven yazidí y para el médico congoleño Mukwege constituye sin duda un justo reconocimiento a su trascendental labor en favor de las mujeres víctimas de la violencia sexual como arma de guerra y contra esta aberrante práctica, cuya erradicación debería ser una prioridad para propios y extraños.

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