Editorial

Quirquinchos

Esta tradición deviene más bien desde una mirada antropocéntrica, mercantilista

La Razón / La Paz

00:35 / 14 de febrero de 2012

No cabe duda de que el Carnaval de Oruro constituye una de las manifestaciones más significativas de nuestra cultura. Esta entrada (que cada año congrega a miles de personas entre espectadores y bailarines) representa una oportunidad única para disfrutar en vivo del folklore nacional, a través de composiciones y danzas cargadas de creatividad, historia y cultura.

Sin embargo, no todo es positivo. Como en el resto de las entradas, existen fraternidades que confunden tradición con barbarie, preservación de la cultura con irresponsabilidad. En efecto, en el último Convite previo a la entrada del próximo fin de semana, cientos de bailarines de una de las comparsas más reconocidas del Carnaval, la Morenada Central de Oruro, pusieron en evidencia uno de los aspectos más perniciosos de esta fiesta: el empleo de animales en peligro de extinción para la confección de los trajes.

Durante el Convite, cada uno los 867 danzarines de esta fraternidad no sólo manifestó su profunda devoción hacia la Virgen del Socavón, sino que además hizo gala de uno de sus “símbolos” tradicionales: matracas construidas con caparazones y restos de quirquincho, un animal en peligro de extinción. La tenencia y el tráfico de animales silvestres son calificados como delitos por las normas vigentes. No obstante, como se pudo apreciar el sábado pasado, los folkloristas de la Morenada Central de Oruro no sólo vulneraron la ley (bajo la vista y paciencia de las autoridades) sino que también revelaron la ignorancia y la falta de respeto hacia la naturaleza que aún impera en parte de la sociedad.  

Ante el cuestionamiento de algunos reporteros sobre esta nociva tradición, las respuestas sacaron a colación viejas y conocidas excusas: “Son otros los culpables, aquellos que cazan a los quirquinchos; nosotros nos limitamos a reproducir una tradición que no se puede perder”. Excusas que cómodamente olvidan que son ellos quienes promueven la caza furtiva de los armadillos; y que una tradición jamás puede justificar el hecho de cometer un delito o atentar contra la naturaleza.

Ahora bien, no se pretende argumentar que los bailes folklóricos sean negativos para la sociedad. Todo lo contrario, tales representaciones ponen en evidencia nuestra esencia humana, mágica, una naturaleza universal pero también única, boliviana. Pero tampoco se trata de confundir cultura con barbarie, manifestaciones colectivas con pretensiones individuales de reconocimiento.

En efecto, ninguna de las sociedades mal llamadas “primitivas”, en teoría gestoras de estas manifestaciones, depreda la naturaleza con el fin de provocar admiración en sus vecinos o ganar un premio. Esta tradición deviene más bien desde una mirada antropocéntrica, mercantilista, que concibe a la naturaleza sencillamente como un objeto para provecho del hombre.

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