Editorial

Regular las redes

Las redes, a diferencia de los medios de comunicación, no ofrecen un servicio público.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 28 de febrero de 2016

La virulencia de la disputa política en las redes sociales, donde la guerra sucia llegó a cotas no vistas antes, motivó al Gobierno a proponer la regulación de estos nuevos espacios de intercambio. Si bien existe legislación comparada de otros países, el fenómeno de estos medios de comunicación y su efecto en la sociedad merece una aproximación libre de pasiones políticas.

Las redes sociales son un fenómeno relativamente nuevo en el país y, por ello, un territorio con amplias zonas grises para las generaciones mayores de 35 años. El promedio de edad en el gabinete ministerial no muestra precisamente juventud, así que es poco probable que sea un espacio donde el rol, las formas y los ámbitos de acción de las redes sean bien comprendidos. De hecho, mientras que en otros países las cuentas de los políticos son certificadas y manejadas por equipos de comunicación, en Bolivia tenemos a figuras políticas conocidas debatiendo con ciudadanos de a pie cual si se encontraran en una plaza.

Las redes sociales, a diferencia de los medios de comunicación, no ofrecen un servicio público. Cada internauta puede escoger de manera libre a quién agrega y a quién excluye de su cuenta personal. Y en todo momento, cada internauta puede replicar de la manera que mejor le parezca cualquier mensaje que le llegue, sea que le guste o no. En ese sentido, a menos que alguien pueda ejercer coerción para convencer a otro de su mensaje, la información a favor o en contra del Gobierno, sea ésta falsa o verdadera, tiene más influencia en los convencidos de uno u otro lado que en quienes aún no tienen una opinión.

Asimismo, quienes se involucran en las redes sociales lo hacen principalmente para dar su propia opinión y hacer eco de las opiniones de quienes piensan como uno. Poco importa qué tan virulenta sea la respuesta de los adversarios políticos. El resultado común es que mientras más virulenta sea la discusión, más posibilidades hay de que derive en un diálogo de sordos.

Finalmente, las redes sociales no se pueden regular. Información calumniosa proveniente de identidades falsas siempre habrá. Y el instante en el que una identidad falsa es denunciada, no ante el Estado sino ante la empresa, puede ser bloqueada. Pero toma solo cinco minutos configurar una nueva identidad falsa.

Lo que sí se debe regular es ese periodismo de computadora, que en más de una ocasión puso como titular una noticia falsa, dando muestras de violar el principio de doble corroboración de la fuente. Con ello amplificaron como si fuera verdad gran parte de la guerra sucia que se dio en el ámbito privado de las redes. Eso es grave, porque los medios por sí mismos son un servicio público. Pero esa es otra historia y requiere, de nuevo, de autoridades (o asesores) que comprendan que la comunicación está en la era digital y que sepan cómo lidiar con esa realidad.

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