Editorial

Resurrección

El mundo cristiano celebra hoy la Pascua de Resurrección, piedra angular de la fe, momento en que los pecados han quedado perdonados y la humanidad recobra su libertad gracias al sacrificio del Hijo de Dios. Un día para  agradecer los dones recibidos, comenzando por la vida y el amor, y celebrar que la resurrección de Cristo confirma la naturaleza eterna del alma.

La Razón

00:00 / 08 de abril de 2012

En efecto, para llegar a este día de regocijo, Jesucristo tuvo que atravesar la pasión que culminó con su muerte en la cruz, dejando a los suyos sumidos en la incertidumbre y la pena, al mundo en tinieblas; pero fiel a su promesa y a las profecías, al tercer día resucita y demuestra que ha cumplido su misión de salvar a la humanidad de la muerte y restablecer el vínculo de la humanidad con el ser divino.

Cuánta profundidad hay en esta bella historia, que debiera conmover a propios y extraños, pues son pocos los casos de seres que han dado, con sufrimiento, su vida por amor a los demás, renunciando a lo que a todas y todos nos parece tan común, tan cotidiano, tan merecido. La Pascua es, pues, el mejor ejemplo de amor al prójimo, en su sentido más amplio, y de la esperanza que debe iluminar el futuro.

Además de los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento, hay muchas otras versiones sobre la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y aunque posibilitan el debate sobre la naturaleza más humana o más divina de ese que se dice Dios en la Tierra, todas ellas tienen en común el tamaño de ese amor que guió a un solo hombre a cargar sobre sus espaldas todo el peso del dolor humano para transformarlo en una nueva vida, y sin tener que pasar por la muerte como Él.

Siendo originalmente una tradición hebrea, que celebraba el paso del ángel de la muerte que sin embargo no tocó a los hijos del pueblo de Dios, con los siglos la Pascua terminó convertida en un rito cristiano, celebrado con diferentes matices entre católicos y protestantes, para recordarnos que no hay pecado, por más grande que sea, que no pueda ser perdonado.

Es, pues, eso, el perdón lo que debe inspirar este día a cristianos y no cristianos: si Dios se hace hombre para padecer por todas y todos, ¿por qué las personas no pueden hacer, con menos sacrificio personal, lo mismo para restablecer lo que está roto y sanar lo que está herido, para abandonar lo que daña y abrazar lo que da vida? Perdonarse a sí mismos y a los demás es a lo que nos invita este domingo.

Por eso, hoy, al margen de conejos y huevos que quitan esplendor a la fiesta de la fe en nombre del comercio, es tan pertinente recordar aquel versículo de la segunda Carta a los Corintios, en el que Pablo de Tarso reflexiona: “Todo parece como antes, pero, en realidad, nada es ya como antes. Él, la Vida que no muere, ha redimido y vuelto a abrir a la esperanza a toda existencia humana. Pasó lo viejo, todo es nuevo”.

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