Editorial

Revolución de expectativas

Hay ciertamente una revolución de necesidades, la cual, sin embargo, no es única ni homogénea

La Razón (Edición Impresa)

09:51 / 20 de julio de 2019

Ya es un lugar común decir que Bolivia se ha transformado en una sociedad de clases medias. No obstante, esta descripción oculta la gran diversidad de condiciones socioeconómicas, aspiraciones e identidades políticas presentes en los estratos de ingresos medios en el país. Hay, pues, ciertamente una revolución de necesidades; la cual, sin embargo, no es única ni homogénea.

Cuando se habla del crecimiento de las clases medias se suele utilizar estadísticas que miden la proporción de la población que ha superado los niveles de ingresos inferiores a la línea de pobreza, pero que no les permite situarse en los percentiles de riqueza de la cúspide de la pirámide. Aunque habrían superado las condiciones de vida más difíciles, no todas estas personas tendrían resueltas sus necesidades básicas. Un porcentaje importante de ellos apenas habría superado el nivel de ingresos que los califica como pobres, pero siguen siendo vulnerables y con consumos concentrados en la mejora de su alimentación y en pequeñas inversiones en la educación y salud para los hijos. Este es el grupo que más ha crecido en los últimos años en el país.

Otros tienen una situación económica un poco más cómoda, que les permite no solo consumir más bienes domésticos básicos, sino también bienes y servicios suntuarios, como comer en restaurantes o viajes, o educación y servicios de salud privados. En lo que ambos grupos coinciden es en la alta valoración que le asignan a la educación de sus hijos, en fuertes expectativas de movilidad social, y en cierta confianza de que sus progresos podrían continuar. Pero es también evidente la heterogeneidad de sus prácticas culturales, expectativas y su adhesión a identidades políticas, étnicas y culturales

Por tanto, no resulta preciso hablar de ellos como un bloque de “clase media” único, en el cual todos sus miembros se comportan socialmente y votan de forma parecida. De allí que para una mejor comprensión no basta conocer solo su nivel de ingresos, sino también su etnia, su inserción laboral, su lugar de residencia o la historia de sus familias.

Pese a estas diferencias, la mayoría coincide en que es posible mejorar las condiciones de vida en el país, aunque esto sea aún difícil y exija sacrificios. Son exigentes sobre la calidad de los servicios públicos que les brinda el Estado, y en tiempos de incertidumbre reclaman seguridad y medidas que protejan sus avances sociales. En consecuencia, los aspirantes a gobernar el país deberán enfrentar una combinación compleja de expectativas de progreso y sentimientos de haber logrado progresos en los últimos años, pero también cada vez más temor al retroceso y desconfianza frente a una institucionalidad estatal y una política que no parece entenderlos.

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