Editorial

Ruido de balas

Algunos militares cometen excesos que profundizan la inseguridad  en las fronteras

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

03:16 / 10 de diciembre de 2013

En las ciudades fronterizas se suelen desarrollar actividades conflictivas como el contrabando y el tráfico de drogas. Esto naturalmente genera un permanente estado de violencia, que se ve agravado por la falta de oportunidades, ausencia de policías y la lejanía de estos lugares con relación a los centros políticos, donde se toman las principales decisiones gubernamentales.

Para contrarrestar esta situación, los Estados intentan sentar soberanía a través de contingentes militares, que además de controlar las fronteras ejecutan funciones policiales. Sin embargo, no pocas veces algunos efectivos cometen excesos que profundizan la percepción de inseguridad e impunidad. Guayaramerín es un claro ejemplo de ello. En efecto, la última edición de la revista Escape publicó un reportaje que rescata varios testimonios sobre abusos y crímenes cometidos por uniformados en esa ciudad beniana, separada de su par brasileña Guajará-Mirim por el río Mamoré.

Uno de estos casos es el de Fabricio Flores, un adolescente de 13 años que a principios de octubre casi pierde las dos piernas por impactos de bala, luego de que la barcaza en la que se encontraba (transportando mercadería de contrabando) fuese acribillada por la Fuerza de Tarea Conjunta de la Armada boliviana. El menor tuvo que ser atendido de emergencia en el lado brasileño.

Los uniformados bolivianos aseveran que actuaron en defensa propia; versión desmentida por la madre de Fabricio, quien asegura que los militares, acostumbrados a cometer abusos (en especial a la gente pobre), ni siquiera socorrieron a su hijo después de herirlo.

Otro caso de abuso fue protagonizado por William Durán Bustencio. En agosto de 2011, este militar intentó ultrajar a un adolescente luego de consumir bebidas alcohólicas. El muchacho se salvó gracias al socorro que solicitó por celular a sus padres. Sin embargo, no pudo esquivar las balas que el militar descargó sobre su cuerpo dos horas después. El ataque lo dejó postrado en una silla de ruedas. De paso, Durán acabó con la vida del padre del adolescente y dejó mal herido a su tío. Toda una tragedia, suscitada por un hombre enfermo, armado por las Fuerzas Armadas, que se sintió dueño de la ley en una tierra de nadie.

Como es de suponer, éstos y otros abusos han   mellado la imagen que tiene la población respecto     a las fuerzas del orden (“Cualquier perro es de la Fuerza Naval” rezaba un cartel en medio de una manifestación en protesta por el abuso cometido contra Fabricio).

¿Es posible mejorar esta situación? Sin duda, pero para ello habría que empezar por corregir la formación de los cadetes en los cuarteles, inculcándoles el respeto por los derechos humanos y la vida, así como un sano temor hacia principios espirituales como el de la siembra y la cosecha, en el que las palabras y acciones bien pueden ser equiparadas a las semillas.

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