Editorial

Saber leer y escribir

Aprender a observar la realidad y el arte a partir de un bagaje de lecturas es un proceso lento

La Razón / La Paz

01:24 / 21 de enero de 2012

Con la nueva malla curricular se pretende que los niños aprendan a leer y escribir correctamente durante el primer año de primaria, según explicó el Viceministro de Educación Regular. No cabe duda de que estas competencias constituyen el primer deber de la escuela, entendidas al menos en el sentido humanístico como base para el ejercicio progresivo de toda formación.

No obstante, el plazo de un año previsto para alcanzarlas podría ser insuficiente, especialmente si se asume que el hecho de leer y escribir adecuadamente representa mucho más que la capacidad de asimilar y reproducir información. En medio de tanto ajetreo, solemos olvidar que el lenguaje, tanto oral como escrito, constituye la base del pensamiento crítico, y que su dominio no es cuestión de meses sino de años, incluso décadas, de un arduo y lento aprendizaje, que hoy en día puede parecer excesivo a la rapidez exigida por los nuevos paradigmas de conocimiento.

Esta percepción deviene en gran medida de la asociación moderna entre de-sarrollo y bienestar económico. Dentro de una cultura esencialmente técnica, como es la moderna, especializada y preocupada por producir y generar riqueza, las habilidades y conocimientos que se adquieren en la materia de literatura y lenguaje suelen ser “ninguneados” por los estudiantes, padres e incluso los mismos docentes.

De allí que los centros educativos prioricen hoy la transmisión de conocimientos prácticos, que a futuro pueden ser más productivos y rentables para los estudiantes; entendiendo en este sentido a la lectura y la escritura como competencias básicas, que en el futuro servirán para desarrollar conocimientos de razonamiento lógico-matemático. Cuando en realidad su ejercicio continuo, por medio de lecturas y discusiones en clase de creciente complejidad, constituye la base del pensamiento crítico, tan valioso cuanto inmaterial.

La enseñanza de lenguaje no sólo debería apuntar a que los estudiantes aprendan a emplearlo adecuadamente, y que sirva como un trampolín para alcanzar conocimientos técnicos, sino más bien y sobre todo para desarrollar las capacidades de razonamiento verbal y pensamiento crítico de los estudiantes. Hasta que eso no sea una realidad, la “productividad” del país se limitará a cumplir las directrices que llegan de otras regiones; ergo, a llevar a la práctica el pensamiento que todavía nos rehusamos a generar por nosotros mismos.

El problema es que cada vez son menos los Estados dispuestos a asumir la enseñanza humanística desde esta concepción —que no se deja enseñar como un conocimiento, sino más bien entiende al conocimiento como una condición para su desarrollo—, porque aprender a observar el arte y la realidad, a partir de un amplio bagaje de lecturas, es improductivo, es un proceso muy lento y, en consecuencia, caro.

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