Editorial

Semana Santa

Si ambos mandamientos se cumpliesen, viviríamos en el mejor de los mundos.

La Razón (Edición Impresa)

00:40 / 01 de abril de 2013

Ayer, domingo, se recordó la resurrección de Jesús, el hecho más importante del Evangelio, entendido (por quienes creen en la Biblia) como la consumación del propósito por el que fue enviado el hijo de Dios al mundo. Pero el Evangelio no es sólo la historia de Jesús, es también y sobre todo el mensaje que predicó, aspecto que se suele olvidar y que hoy conviene recordar.

¿Y qué predicó Jesús? Sería vano intentar resumir en pocas líneas todo lo que enseñó; sin embargo, cabe al menos comentar los dos principales mandamientos que enunció: “amarás al señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si ambos mandamientos se cumpliesen, sin duda viviríamos en el mejor de los mundos, en sociedades justas, sin explotadores ni explotados, sin pobres ni ricos, sin guerras ni mezquindades, sin odios ni amarguras.

Cosa que sin embargo no sucede, y de hecho parece imposible de alcanzar. No obstante, esto no significa que no debamos luchar cada día para construir un reino con estas características, un reino donde impere la solidaridad y la compasión, el cariño y el amor. Pero no el amor hacia el dinero, sino hacia al prójimo y hacia Dios y hacia su creación. Pues, como la misma Biblia explica, el amor al dinero es el origen de todos los males.

En efecto, por dinero muchos están dispuestos a asesinar a extraños pero también a sus propios familiares. Por amor al dinero hay personas que explotan la naturaleza hasta extremos insostenibles, hipotecando el bienestar de las futuras generaciones. Por amor al dinero se conforman grupos criminales que trafican con la vida de los animales, que corrompen a las autoridades y que lucran con la dignidad de las personas.  

De no existir un hambre voraz por enriquecerse sin esfuerzo tampoco existirían redes de prostitución, que explotan a cientos de miles de personas, mujeres, niñas y niños incluidos; tampoco existirían cárteles del narcotráfico, que se especializan en amedrentar a las sociedades para poder operar en la impunidad; tampoco existirían jueces que fallan en contra de los inocentes y liberan a los criminales. En fin, no existirían los mil y un males que aquejan a la Tierra y a sus habitantes.

De allí la importancia de celebrar semanas como la que acaba de terminar, pues nos recuerdan el mensaje de Dios. Un mensaje de amor y de paz, pero también de sacrificio y de compromiso con los que más sufren, como bien explica el profeta Isaías, cuando precisa qué tipo de ayuno le agrada a Dios: “¿No será más bien este otro ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar libertad a los quebrantados y arrancar todo yugo? ¿No será repartir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas al desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is 58, 6:8).

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