Editorial

Sobrepoblación

No se trata de una  dádiva, sino de un imperioso deber para con las futuras generaciones

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

02:58 / 22 de septiembre de 2014

De acuerdo con estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), hacia finales de 2100 el planeta estará habitado por aproximadamente 11.000 millones de personas, es decir, 53% más que ahora. El aumento se originará principalmente en África, cuya población se cuadriplicará, pasando de 1.000 millones hoy a 4.000 millones dentro de 90 años.

Si bien estas proyecciones pueden parecer muy lejanas, en especial porque la mayoría de las personas que hoy habitan el planeta para esa fecha habrán pasado a mejor vida, de todas maneras deberían llamarnos fuertemente la atención, más aún tomando en cuenta que, con la actual población mundial (7.200 millones de habitantes), los recursos naturales ya están siendo sobreexplotados, tanto en los océanos como en tierra firme.

Por ejemplo, el 19 de agosto, fecha declarada como Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, expertos de la organización Global Footprint Network alertaron que este año en menos de ocho meses la humanidad excedió la capacidad del planeta para reponer los recursos naturales y poder asimilar los desechos humanos, tales como el dióxido de carbono (CO2), proceso conocido como “huella ecológica”.

Es decir que en términos naturales ya estamos hipotecando el bienestar de las futuras generaciones, quienes además de la “herencia” que les estamos dejando, deberán lidiar con el enorme desafío de tener que convivir con muchísimas más personas, pero en un planeta mucho más enfermo, con recursos (alimentos, agua, tierra, energía, etc.) cada vez más escasos.

No se necesita ser adivino o un experto  para prever las consecuencias de esta realidad: hambrunas, sequías, conflictos sociales y crisis económicas y medioambientales cada vez más complejas y extendidas. Y es que la actual forma de vida occidental, especialmente de las clases altas y medias, es sencillamente insostenible, en tanto se sostiene sobre un sistema que continúa elevando la oferta de productos sin responder a una demanda verdadera, generando una sobreexplotación de los recursos naturales estratégicos, que más temprano que tarde terminarán agotándose.

Habida cuenta de estos pronósticos poco alentadores, no queda otra opción sino trabajar, desde hoy, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan vivir bien en un planeta saludable. Para ello hace falta no solamente asegurarse de que la planificación familiar llegue a todos los rincones del orbe, sino también y sobre todo comenzar a cambiar nuestros hábitos de consumo, a fin de lograr producir el alimento y los productos necesarios sin aumentar la huella ecológica, sin destruir más bosques ni utilizar más agua de la necesaria. No se trata de una concesión o una dádiva en favor de las futuras generaciones, sino de un imperioso deber para con nuestros hijos y nietos.

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