Editorial

Trabajo decente

El trabajo decente es esencial para la estabilidad de las familias y las comunidades

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

02:00 / 12 de octubre de 2015

El miércoles, la OIT publicó un informe en el que indica que dos tercios de los trabajadores que hay en el mundo, aproximadamente 2.000 millones de personas, no tienen un trabajo decente, es decir que carecen de derechos laborales, cobran salarios inferiores a sus capacidades, no tienen protección social y/o están sobreexpuestos a accidentes y enfermedades en el trabajo.

El documento, que fue presentado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) con motivo de la Jornada Mundial del Trabajo Decente, también advierte que el 80% de la población mundial no tiene una cobertura adecuada de seguridad social y que más de la mitad carece totalmente de ella. Es decir que más de 3.500 personas en el mundo no tienen ningún tipo de protección frente al desempleo, las enfermedades, la discapacidad, la vejez o la maternidad.

Por otra parte, siempre según la misma fuente, al menos 200 millones de personas en edad de trabajar ni siquiera tienen un empleo, y de este número el 37% (74 millones) son jóvenes. Además, 168 millones de niños están atrapados en el trabajo infantil y 21 millones de hombres y mujeres son explotados en condiciones de trabajo forzoso.

Ciertamente se trata de un escenario preocupante, que en los próximos años lejos de mejorar podría empeorar, en parte por el crecimiento de la población activa, que exige la creación de cerca de 40 millones de empleos al año para absorber a las nuevas generaciones que buscan ingresar al mercado laboral; pero también por la reducción de la demanda de trabajo a raíz de la innovación tecnológica, que está impulsando la utilización cada vez mayor de máquinas en varios rubros como la agricultura, el sector automotriz o la industria.

De allí que la OIT y diferentes organizaciones estén haciendo llamados a los gobiernos y a las instituciones de la sociedad civil sobre la necesidad de invertir en el desarrollo de sectores ligados a las personas, como la sanidad, la educación o la economía verde; pero también en la necesidad de adoptar reformas laborales inclusivas, que no reduzcan la protección social ni generen desigualdades, y que contrarresten las políticas macroeconómicas implementadas en las últimas décadas en aras de una mayor competitividad e ingresos más elevados. Visión que está mermando el empleo decente, entendido por la OIT como el acceso a un empleo con derechos y sin discriminación, en condiciones saludables, con salarios suficientes y protección social.

Es de esperar que estos llamados no caigan en sacos rotos ni sean escuchados por oídos sordos, pues un trabajo decente no solamente es la mejor manera de luchar contra la pobreza, sino que además y sobre todo constituye una fuente de dignidad esencial para la estabilidad y la buena salud de las familias, de las comunidades y de la democracia en general.

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