Editorial

Trabajo infantil

Detrás de estas cifras se esconde la codicia humana, que no conoce límites

La Razón / La Paz

00:56 / 12 de julio de 2012

Días atrás, la Policía detuvo en Sucre un camión con nueve niños, quienes estaban siendo trasladados a Santa Cruz para trabajar en la zafra de algodón, una de las formas más extendidas de explotación de menores. A un mes de la conmemoración del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, el operativo revela que, lamentablemente, este mal goza de muy buena salud en el país.

De acuerdo con el informe preliminar, los niños, cuyas edades oscilan entre 13 y 16 años, provenían de zonas rurales aledañas a la ciudad; ocho de ellos de Tarabuco y uno de Ravelo (Potosí). Previsiblemente, su origen no causó sorpresa entre los uniformados, pues, se sabe, los delincuentes aprovechan la pobreza extrema que persiste en varios hogares del norte de Potosí y Chuquisaca para reclutar niños y adolescentes, quienes son empleados en la cosecha de diversos productos agrícolas en Santa Cruz, como por ejemplo en la caña de azúcar.

Según explican aquellos que conocen de cerca esta labor, la gran cantidad de horas de trabajo, las malas condiciones que imperan y los rigores del clima son tan extremos, que muchos adultos y niños necesitan embriagarse para soportarlos. Un informe del Ministerio de Trabajo estima que en los últimos años al menos 7.000 niños y adolescentes participaron en esa actividad. Mientras que en la zafra de la castaña, hasta 2007 trabajaban alrededor de 2.600 niños durante cinco días a la semana, entre las dos y las siete de la mañana, antes de ir a la escuela. Asimismo, esa cartera ministerial estima que cerca de 3.800 niños y adolescentes participan cada año en actividades mineras; y que los menores de 12 años trabajan a cambio de una porción de carga o de residuos del mineral que extraen. Confirmando estos datos, un reciente informe del Departamento de Trabajo de Estados Unidos identificó nueve productos bolivianos en cuya cadena de producción han participado niños y/o adolescentes: maíz, nuez, azúcar, almendra, oro, plata, estaño, zinc y la ganadería.

Como se puede suponer, detrás de estas cifras alarmantes se esconde la codicia humana, que no conoce límites ni miramientos. Y es que desafortunadamente la explotación infantil es un muy buen “negocio”, pues los niños desconocen sus derechos o bien carecen de los medios y la fuerza para hacerlos respetar. Algo que los explotadores saben de memoria, por eso les exigen largas jornadas laborales, en pésimas condiciones de trabajo, y les pagan muy poco o incluso nada. Además, son más fáciles de manipular, consumen menos alimentos y ocupan poco espacio.

Si bien el país cuenta con diferentes leyes que protegen los derechos de los niños, mientras no se arranquen las raíces del problema (la pobreza de los padres, la orfandad y el abandono de hogares por causa de la violencia, entre otras), miles de menores seguirán siendo explotados por gente desalmada, cuyo único dios es el dinero.

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