Editorial

Tragedia de Andrea

Los violentos están entre noso-tros, cuesta reconocerlos entre amigos y parientes.

La Razón (Edición Impresa)

06:34 / 24 de agosto de 2015

Claudia, como la llamaba su mamá, ha sido enterrada el sábado por la tarde. Andrea es hasta ahora la más conspicua víctima de presunto feminicidio, y lo es no solo por la presunta presencia del tipo penal del asesinato de mujeres por causas relacionadas con su género, lo es porque la historia condensa todos los factores que hacen posible que las mujeres mueran.

En efecto, en su definición original, el feminicidio es “el asesinato de mujeres por hombres motivado por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres”. Un accidente de tránsito podría no parecer asesinato, pero las condiciones previas a la desgracia son las que evidencian la existencia de un sistema basado en todos los factores antes citados.

La madrugada del miércoles, Claudia Andrea A.A. fue arrollada por el vehículo que conducía William K.D. en puertas de un centro nocturno de la zona paceña de Sopocachi, donde poco antes habían coincidido. Familiares y amigos de la víctima denunciaron que el atropello fue premeditado y que el autor intentó huir de la escena del crimen, mientras que la defensa del acusado alega que se trató de un accidente de tránsito. Tanto la Fiscalía como el Ministerio de Justicia pidieron a los investigadores que presenten imputación por feminicidio, éstos así lo hicieron y ahora queda esperar que el trabajo del Ministerio Público arroje la verdad de los hechos.

La desgracia ha causado gran conmoción en la sociedad, y es posible que no haya nadie que pueda abstraerse de comentar el tema. Las nuevas tecnologías de comunicación han posibilitado la manifestación de un extendido sentimiento de frustración ante los contornos del propio caso, pues generalizada es la desconfianza con el sistema de justicia, pero también contra las manifestaciones cotidianas de violencia que conducen a unos pocos hombres a despreciar tanto a las mujeres que ni siquiera su muerte logra conmoverlos.

No debe, pues, soslayarse el estado de cosas que, pese a la cotidiana denuncia, sigue poniendo en ventaja a los varones, demostrándoles día a día que tienen prioridad ante los ojos de autoridades, sus pares e incluso de las mujeres. Comienza en los hogares donde se celebra más el nacimiento de un varón que el de una niña, porque se cree que él sufrirá menos en la vida; continúa cuando la madre enseña al joven varón a demostrar su primacía ante la pareja y el padre enseña a golpear y sacar ventaja antes que a cuidar y servir, tal vez porque es lo único que saben.

Los violentos y sus víctimas están entre nosotros, cuesta reconocerlos entre amigos y parientes a quienes se quiere. Cambiar pasa, entonces, por generalizar la intolerancia con cualquier forma de desprecio hacia las mujeres, desde la broma insensata hasta la amenaza de violencia. La tragedia de Andrea y de quienes la rodeaban debe ser el punto de quiebre que obligue a construir una mejor sociedad.

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