Editorial

Transporte vecinal

Para ser verdaderamente público, el servicio debe ser garantizado por el Estado.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 16 de marzo de 2014

El inicio de operaciones del sistema La Paz Bus, del Gobierno Municipal paceño, y la pronta puesta en marcha del Teleférico La Paz - El Alto, del Gobierno central, son dos muestras de la urgente necesidad de sistemas de transporte de personas que sean eficientes, confiables y accesibles. Paralelamente, los vecinos han comenzado a implementar sus propias soluciones.

En efecto, al menos en tres populosas zonas de El Alto, Los Pinos, Villa Adela y Yunguyo, los vecinos, cansados del mal trato y sistemáticos abusos de los sindicatos que allí operaban (específicamente cambios de rutas sin cumplir el recorrido establecido, se abandonaba a los pasajeros en medio trayecto, había “trameaje” y ausencia de servicio en la noche), no solo los expulsaron y prohibieron su ingreso a esos vecindarios, sino que como la necesidad de transportarse sigue existiendo, crearon sus propios sistemas bajo administración vecinal.

En Los Pinos, la primera zona que creó el transporte vecinal, la queja específica de los pasajeros es que los minibuses de los sindicatos 27 de Abril, Pedro Domingo Murillo, Simón Bolívar y Litoral solamente trabajaban hasta las 16.00 y ninguno llegaba hasta su parada. En la zona Villa Adela, los vecinos se enardecieron porque la Policía informó de dos casos de acogotamiento producidos en minibuses del sindicato Arco Iris, que prestaba el servicio público de transporte a esa zona. En cuanto a Yunguyo, la queja se centraba en dos problemas: el trameaje y el cobro excesivo de pasajes de más de Bs 1,50 por las noches. La primera de las tres zonas estableció su propio servicio vecinal, con micros, hace ya dos años, la última, hace pocas semanas, en febrero.

Paralelamente, en muchas otras zonas de El Alto, los vecinos, que soportan las mismas circunstancias en el servicio de transporte, se organizaron para movilizarse y protestar, llegando muy a menudo a enfrentamientos violentos entre vecinos y choferes, que nuevamente demostraron su inclinación a responder a las críticas y demandas de mejora del servicio con palos y piedras.

Así, es obvio que, por una parte, hay una creciente conciencia en la población de que el transporte no debe ser aceptado como una tortura o una concesión graciosa de los dueños de los vehículos, sino como un servicio público en el que nadie vea comprometida su dignidad; y por el otro, que para ser verdaderamente público, el servicio debe ser garantizado por el Estado, en cualquiera de sus niveles gubernativos.

Los ya mencionados servicios de los buses PumaKatari y, en breve, del teleférico y los buses Sariri en El Alto, son un primer paso en la dirección correcta, pero son solo eso: el primer paso. Construir un verdadero sistema de transporte público requerirá mucho tiempo, recursos y esfuerzo, pero ciertamente es el mejor legado que cualquier gobernante le puede dejar a su sociedad.

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