Editorial

Trata de personas

Este negocio se nutre con los instintos más primitivosy despreciables del ser humano.

La Razón

00:00 / 17 de julio de 2012

El último Informe La Razón, publicado ayer, versa sobre un asunto escabroso que en las últimas semanas ha cobrado protagonismo: la trata y tráfico de personas. Los testimonios y datos que se manejan en esta investigación dan cuenta de la existencia de una maldad que no conoce límites, y que entiende al dolor y la humillación como fuentes de un ingreso inagotable.

Es de conocimiento público que existe un mercado internacional que se vale de la explotación sexual y laboral de las personas; particularmente de los más vulnerables. Este oscuro mundo, que es uno de los mayores negocios ilícitos del planeta (después de la cocaína y el tráfico de armas), se nutre con los instintos más primitivos y despreciables del ser humano. En efecto, a diferencia de lo que ocurre con la prostitución, en la trata no existe un acuerdo de intercambio de sexo por dinero, sino el plagio, la explotación y el encierro físico y psicológico de las víctimas.

En ese mundo de horror los cuerpos son concebidos como meros objetos de placer; pero de un placer enfermo, que se alimenta con el tormento, la amargura, la humillación y el dolor ajenos. Un mercado macabro de oferta y demanda de niñas y niños, adolescentes, vírgenes, mujeres exóticas... que nos recuerda que el mal efectivamente existe, y que debemos unirnos y luchar para evitar su expansión.

Según un estudio realizado por el Centro de Captación y Servicio para la Mujer (Cecasem), en el país los delincuentes se valen de al menos cuatro formas para reclutar a sus víctimas. En la mayoría de los casos, la ingenuidad, la ignorancia y la pobreza son hábilmente aprovechados por los captores. Por ejemplo, una de las víctimas de 16 años relató a La Razón cómo la intervención de los guardias municipales, quienes le decomisaron el dinero de la venta y el puesto de dulces que le permitían a ella y a su familia subsistir decentemente, la condujo hasta las manos de una red de trata de personas. Lavar pequeñas prendas interiores manchadas con sangre fue la tarea que le dio la bienvenida en ese infierno imposible de describir. Poco después de ser testigo de la explotación y el horror de niños entre 7 y 14 años, pasó a ser una más de las víctimas, violada cada día hasta por una veintena de enfermos que gozaban de su dolor y sufrimiento. Después de semanas de horror, logró huir. A pesar de que cinco investigadores presentaron pruebas suficientes para incriminar a los responsables de esta macabra red, la denuncia quedó archivada.

Hoy, sus captores siguen libres en las calles, ejerciendo sin duda aún su negocio de tormento. Lo que pone en evidencia la “prosperidad” de este terrible negocio, capaz de comprar conciencias y favores en todos los niveles. Pero a la vez interpela a toda la sociedad a dejar la indiferencia y luchar contra este mal que, por amor al dinero, no discrimina entre clases sociales ni entre niños o adultos.

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