Editorial

‘Viejo Calavera’

‘Viejo Calavera’ es una luz que brilla al final del túnel donde está soterrado el cine boliviano.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

01:24 / 20 de diciembre de 2016

Elder Mamani es un joven, migrante urbano, adicto al alcohol y las drogas, que no encuentra su lugar en el universo. Elder, con un rictus de me-vale-madres y una mirada perdida, nos lleva por una travesía hacia la insondable naturaleza humana en la película Viejo Calavera de Kiro Russo, director; Gilmar Gonzales, coguionista, y Pablo Paniagua en la fotografía.

Esta nueva entrega del cine nacional está emplazada en atmósferas y espacialidades del medio rural y minero. Dividida por su luminosidad en dos partes, la película ahoga inicialmente al espectador en un interminable drama que se desarrolla en la oscuridad de los socavones y la vida extrema de familias marginales. Después, en la brillantez de un viaje casual a los Yungas paceños, los compañeros de la oscuridad se relajan un poco. La lobreguez de la primera parte sofoca, martiriza y agota. En esas interminables sombras, la cámara se desplaza por la textura de los muros pasando por los pliegues de rostros curtidos. Hombre y sitio son la misma materia que, bajo una luz insignificante, provoca un sentimiento claustrofóbico e insoportable, rememorando los inescrutables recovecos de la drogadicción. Y cuanto más niveles baja Elder en esa mina, más penetra en la bajeza de su alma.

Si piensas que al salir de la oscuridad al trópico paceño los compañeros se liberan, te equivocas. Ahí se renuevan las vergüenzas propias y ajenas con más fiesta, más alcohol y una piscina que desnuda sin remilgos nuestra naturaleza humana. Ahí nos identificamos con lo que somos: carne mofletuda capaz de cantar amistades, balbucear querencias o violentar desacuerdos. En ese contexto natural y luminoso, y “como si la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma”, Elder lleva a su tío por otros rumbos que, por la melancolía de un adagio barroco, tiene más incertidumbres que certezas.

Viejo Calavera es una de las películas más duras e implacables del cine boliviano. Es una obra con identidad boliviana que apela a lenguajes universales, dilatando los tiempos y texturizando las atmósferas, para exacerbar la historia del joven aymara. Sin traicionar el objetivo identitario, los autores apelan al neorrealismo italiano, al Cine Contemplativo Contemporáneo, y al insólito cine húngaro en su brillante imaginería.

Trabajada con ética y estética, Viejo Calavera es una luz que brilla al final del túnel donde está soterrado el cine boliviano; y con esta obra, Socavón Cine renueva la cinematografía boliviana y se levanta airoso por encima del cine parido en la mediocridad de un patrioterismo barato o en la vulgaridad de un shopping.

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