Editorial

Violencia de género

La violencia tiene que ver con la forma cómo se construyen la masculinidad y la feminidad

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

03:32 / 23 de diciembre de 2015

A propósito del último caso de violencia de corte machista que salió a la luz pública, y que acaparó la atención de los medios y de las redes sociales por involucrar a un funcionario público, huelga recordar algunas características de este tipo de agresiones, cuya peor manifestación son los feminicidios, a fin de contribuir en la lucha contra este mal que aqueja a la sociedad.

Los especialistas coinciden en afirmar que la violencia de género deviene por una serie de factores culturales con dos pautas de comportamiento claramente identificadas. Por un lado, aún existe una excesiva tolerancia hacia la violencia en general, que continúa siendo percibida como un rasgo de hombría; rasgo que es bastante evidente en los círculos predominantemente masculinos como las FFAA o la Policía. De allí que no pocos varones no desean una mujer a su lado, sino una mujer que esté “por debajo” de ellos. Por otra parte, en este tipo de casos la relación hombre-mujer se cimienta siempre bajo parámetros de inequidad. Los maltratadores nunca parten de una relación de tú a tú, se colocan en una posición de superioridad que los induce a considerar a su pareja como si se tratase de un objeto de su pertenencia.

Y esta visión distorsionada de la realidad termina siendo internalizada por las propias mujeres, quienes desarrollan procesos psíquicos para sobrevivir similares a los que se han visto en los campos de concentración, como aferrarse a ciertas rutinas para no pararse a pensar, o vivir automáticamente para evitar emociones. Por esta razón no sorprende que muchas mujeres víctimas de violencia justifiquen al agresor, en tanto han internalizado un rol de sumisión y dependencia respecto a sus parejas, y para que haya una coherencia con esa exculpación incluso confiesan su amor hacia sus agresores.

Entre estos últimos esta percepción los induce a rechazar su responsabilidad cuando ocurren hechos de violencia. Todos tratan de minimizar lo sucedido con excusas que se reproducen como recetas de cocina: fue solo un empujón, es algo que siempre ocurre entre las parejas, la discusión fue subiendo de tono y reaccioné sin pensar, estaba borracho, no volverá a suceder... Y para colmo de males siempre se le traslada la responsabilidad a la víctima: me sacó de mis casillas, fue una cuestión de celos, me provocó hasta que no me pude contener...

De allí la importancia de que los agresores reconozcan que necesitan ayuda para controlar su comportamiento, pero también y sobre todo de que la sociedad en su conjunto asuma que no hay excusas para la violencia; que golpear y humillar a otra persona nunca puede justificarse; y que si bien las relaciones de pareja pueden ser conflictivas, la vía para afrontar ese problema nunca puede partir desde la desigualdad ni desde la violencia, un mal que tiene que ver con la forma cómo se construyen la masculinidad y la feminidad en la sociedad.

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