Editorial

Violencia y narcotráfico

La expansión del narcotráfico ha disparado la violencia intrafamiliar en Yapacaní 

La Razón (Edición Impresa) / Editorial

01:36 / 27 de julio de 2015

Uno de los mayores peligros del tráfico de drogas es su facilidad para mimetizarse en negocios “lícitos” que logran involucrar a grandes sectores de la población, en tanto promueven la expectativa de acumular riquezas a corto plazo y sin mucho esfuerzo. Además, conlleva males como la violencia y la corrupción, que a la postre terminan desestructurando el tejido social.

Clara prueba de ello es lo que está ocurriendo en Yapacaní, donde la violencia intrafamiliar, especialmente contra los más pequeños, se ha incrementado exponencialmente en los últimos años y con mucha tirria. “A diario golpean a los niños, atropellan a la gente sin miedo o simplemente les meten su balazo”, asegura un vecino, a tiempo de aclarar que ha dejado de sorprender que los menores aparezcan con “piernas fracturadas, manos quemadas, pinchazos de agujas en el estómago, moretones o heridas causadas por un cinturón, un palo, una soga o un martillo”.

De acuerdo con la Defensoría del Pueblo, en lo que va del año se han registrado 123 denuncias de abusos y maltratos infantiles en ese municipio, muchos de ellos cometidos con una alarmante “saña”, lo que convierte a Yapacaní en el lugar más violento de Santa Cruz. El alcalde de ese municipio, Vicente Flores, concuerda con esta lectura, a tiempo de manifestar la necesidad de trabajar de “manera conjunta” para reducir los elevados índices del maltrato infantil.

Consultados por las causas de este fenómeno, los pobladores afirman que es una de las consecuencias del excesivo consumo de alcohol y la desintegración familiar, pero también y sobre todo por la expansión del narcotráfico en esa población cruceña, que se encuentra al lado del trópico de Cochabamba. Y es que, como bien se sabe, los narcotraficantes buscan siempre amedrentar a la sociedad y al Estado, con el fin de crear una imagen de ingobernabilidad que les permita operar en la impunidad; y para tal propósito no hay mejor arma que la violencia, traducida en ajustes de cuentas, extorsiones, asesinatos y diversos actos de barbarie.

En el pasado, esta estrategia ha dado muy “buenos” resultados en Colombia y también hoy en día en varias poblaciones de México, donde numerosos periódicos y emisoras han dejado de informar por miedo a convertirse en blanco de los sicarios. De allí que uno de los efectos más nocivos de este resquebrajamiento social sea el progresivo silencio sobre la criminalidad vinculada con el narcotráfico. Síntoma que ya se puede percibir en Yapacaní. Por ejemplo, cuando se les pregunta a los pobladores de ese municipio sobre las actividades ilícitas que se desarrollan en sus barrios, muchos de ellos optan por el silencio, pues temen a las represalias, y los pocos que están dispuestos a proporcionar información lo hacen con la condición de no ser identificados.

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