Editorial

Tres años después

Pese al tiempo transcurrido y a la ayuda recibida, aún queda mucho por hacer en Haití

La Razón / Editorial

03:09 / 04 de marzo de 2013

Hace tres años, un terremoto azotó la capital de Haití, causando 220 mil muertos y dejando a un millón y medio de personas sin hogar. Pese al tiempo transcurrido y a la ayuda recibida, aún queda mucho por hacer. Más de 300 mil haitianos aún viven en carpas, son muy pocos los que tienen acceso a servicios básicos y la mayor parte de la fuerza laboral está desempleada.

En efecto, invitado por la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití, un periodista de este diario pudo constatar, in situ, que aún persisten las secuelas del seísmo que sacudió Puerto Príncipe y sus alrededores el 12 de enero de 2010. No obstante, se ha avanzado bastante, gracias a la cooperación internacional y al surgimiento de una generación de haitianos que se niega a vivir bajo los escombros, autodenominada “Generación de la reconstrucción”.

Según relata la última edición del Informe La Razón, entre los grupos de ayuda, los cascos azules bolivianos destacan no sólo por el valor y la responsabilidad que manifiestan en su labor humanitaria, sino también por su trato cordial y sencillez. Virtudes que les han granjeado el cariño y el respeto del pueblo haitiano. En este proceso, la música y los ritmos folklóricos haitianos y bolivianos han sido esenciales para tender puentes entre dos mundos distintos, separados no solamente por el idioma sino también por costumbres de larga data.

Además de amenizar actos protocolares y fiestas en los campos de refugiados, la labor de los 205 soldados bolivianos, al igual que la del resto de los uniformados extranjeros (cerca de siete mil), es ardua. Esto porque las carencias en el país caribeño son enormes. Según datos de la ONU, el 45% de la población (más de 10 millones de habitantes) se enfrenta a la inseguridad alimentaria; el 70% de la fuerza laboral está desempleado o subempleado; la inseguridad ciudadana es alarmante (los secuestros, asaltos, peleas entre pandillas y violaciones están a la orden del día); la educación sigue siendo un privilegio de pocos y la atención médica es escasa y deficiente, al igual que los servicios básicos; de allí que en 2012 el cólera se cobró miles de vidas y aún representa una amenaza para la salud pública.

Cabe señalar que esta precariedad deviene no sólo como consecuencia del terremoto, sino también por las fallas estructurales que Haití arrastra desde hace dos siglos. Por ejemplo, luego de su independencia, en 1804, ningún país quiso reconocer ni comercializar con la nueva nación, y para entrar en la comunidad internacional, aceptó pagar una millonaria indemnización a Francia, que la desangró hasta finales de 1940. Posteriormente, las riquezas estatales tampoco estuvieron destinadas ni para escuelas, ni hospitales, ni carreteras. En suma, precariedades que se profundizaron con la catástrofe de 2010, y que ahora el pueblo haitiano lucha por contrarrestar.

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