Editorial

Convivencia

Estamos obligados a convivir, aunque tengamos profundas desconfianzas o malentendidos

La Razón (Edición Impresa)

01:24 / 16 de noviembre de 2019

Bolivia está conformada por una pluralidad de pueblos, grupos sociales, pensamientos ideológicos y maneras de vivir. Esta es una gran riqueza, pero para que sea estable, requiere un esfuerzo permanente de todos para respetar, escuchar y, ojalá, entender al diferente. Siempre será difícil, pero de eso depende el futuro de nuestra patria común.

El debilitamiento de los lazos de convivencia entre los bolivianos y bolivianas constituye uno de los desgarros más preocupantes y tristes que nos va dejando la larga crisis política que atraviesa el país. Parecería que cada grupo se atrinchera en sus certezas y prejuicios, sin intentar comprender las ideas o razones de aquellos a quienes se considera diferentes. La reciente polémica entre la tricolor patria y la wiphala, que concluyó con una masiva reivindicación de ambas banderas, es un indicio de que la sociedad boliviana puede asumir su diversidad, aunque sea porque se ha percibido que esto es necesario para que una de las partes se sienta cómoda y reconocida.

No se trata de encontrar un consenso utópico sobre los diferentes asuntos que están en juego, sino, de al menos procurar escuchar las razones del otro con respeto; y no necesariamente para asumirlas, sino para enriquecer nuestra comprensión del problema. El severo bloqueo y la crispación social que nos asolan podrían sin duda atenuarse si intentamos ver a los “otros” no como seres despojados de ideales, valores y razones legítimas, aunque consideremos que están equivocados desde nuestro particular punto de vista.

Los especialistas en gestión de conflictos señalan que el primer paso para resolverlos tiene que ver con la construcción de un panorama compartido del problema. Es decir, ponernos de acuerdo al menos sobre las razones de unos y otros. Y a partir de ese mosaico, tratar de ordenar las piezas y buscar acuerdos mínimos que nos llevan al final del túnel. Pero para ello hace falta dialogar.

El aumento de la tensión actual podría explicarse en cierta medida por la incapacidad de las dirigencias en pugna para sentarse a conversar sobre sus visiones divergentes acerca de los conflictos que nos han llevado al impasse. La sociedad sigue esperando ese simple gesto de sus dirigentes.

Resulta evidente que no se podrá encontrar una salida sin que los actores involucrados acuerden ya no una visión común de problema, sino algunos procedimientos que contribuyan a canalizar y dirimir pacíficamente las divergencias. Esto ya parece inevitable, pues ninguno de los bloques en conflicto tiene por sí solo la capacidad de encontrar una solución. Estamos obligados a convivir, aunque tengamos profundas desconfianzas o malentendidos entre nosotros, y esto solo se puede lograr con diálogo y viéndonos de frente.

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