Editorial

Sí, creo en la vida

Legalizar el aborto no quiere decir que se va a obligar a abortar a quien no quiera hacerlo

La Razón / Liliana Aguirre

00:07 / 01 de septiembre de 2013

Aborto no me parece una mala palabra, tampoco un verbo inconjugable, en realidad me parece una medida extrema para situaciones extremas en la vida femenina, que debería contar con todo el respaldo estatal para que sea digno, seguro y resguarde la vida de las mujeres.

Ante las opiniones de indignación, cuando se pone en la palestra la posibilidad de legalizar el aborto, brilla una profunda misoginia y desinformación, porque el aborto es una práctica que, aunque penalizada, sí se realiza a diario en Bolivia, y causa la muerte de cientos de mujeres al año.

Creo que la negativa de despenalizar  el aborto revela nuestros prejuicios como sociedad, y que de progresistas no tenemos nada. Y es que en esta discusión llegamos al alarmismo, a la desfachatez, a minar los miedos hasta lo absurdo, como argumentar que legalizar el aborto quiere decir que se va a obligar a abortar a quien no quiera hacerlo, y que se va a desatar un “libertinaje” femenino incontrolable.

El aborto, en las condiciones que se desarrolla, es un atentado contra los derechos fundamentales de las mujeres, puede dejar secuelas físicas y traumas, en el mejor de los casos, y provocar la muerte, en el peor.  A esto se suma la presión social que estigmatiza, culpabiliza y castiga a quien interrumpe su embarazo.

Hay que tener en claro que detrás de una mujer que aborta hay una realidad ceñida por el patriarcado como violaciones, pobreza, violencia, desinformación o abandono.   Uno de los argumentos más fuertes que se exponen en contra del aborto es el de la hominización del embrión, es decir que el alma nace durante la fecundación del óvulo.

Científicamente esto no está comprobado y teológicamente hay posiciones divididas; pero más allá de cualquier creencia hay que tener en claro que sólo las mujeres deben decidir sobre sus cuerpos y su maternidad, porque somos las únicas protagonistas de este asunto.

El Estado tiene pendiente una tarea muy importante al respecto, que si bien está relegando por cuestiones coyunturales, debe abordar y reafirmar su postura de progresista, descolonizador y despatriarcalizador, y no intimidarse con dogmatismos ni falsos moralismos.

Creer en la vida es creer en dignificar al ser humano, en respetarlo, es romper la opresión de los que tienen más poder sobre otros.  Y nadie puede seguir territorializando los cuerpos femeninos y sus decisiones, ni sometiéndolos al patriarcado. Estoy segura de que si los cuerpos de los hombres —biológicamente— fueran aptos para embarazarse, el aborto sería una práctica legal desde tiempos milenarios.

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