Editorial

La feria de Alasita

Aprendamos de esta feria, que nos invita a disfrutar el ahora, mirando el mundo con esperanza

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

03:03 / 25 de enero de 2016

Ayer se dio inicio a una nueva versión de la feria de Alasita, una de las tradiciones más representativas de La Paz. Gracias a esta celebración, durante al menos dos semanas los atribulados pobladores de la sede de gobierno podrán ingresar, temporalmente, en un mundo con aires de ficción, pero muy real, cargado de ilusiones y configurado por esperanzas.

En efecto, durante estos días, en la feria de Alasita anhelos como una casa grande, un viaje al exterior o un título profesional estarán al alcance de las manos. Aquicito podremos comprar por unas cuantas monedas las ausencias que nos agobian: la casita, el autito, la platita, el contrato de trabajo, materiales de construcción. Allacito, la fuerza que nos falta para seguir viviendo: una maleta para conocer el mar, un título para sentirnos importantes, un gallo para compartir el tiempo que nos falta o que nos sobra. Así, podremos sujetar los sueños y anhelos que nos despiertan cada noche, al igual que las esperanzas e ilusiones que nos ayudan a levantarnos cada mañana.

Y es que durante Alasita, como en ningún otro momento del año, amontonamos entre los dedos las ausencias y llenamos los huecos que nos ahuecan. Agarramos un montón de plata (mil bolivianos, un millón de dólares) no solo para subsistir, sino para ser más grandes. Buscamos la casa más magna no solo para vivir, sino para sentirnos menos encuadrados. De esta manera, en esta fiesta las cosas pequeñas adquieren grandes dimensiones, lo que a su vez permite colocar los “grandes” problemas en la palma de la mano, es decir, en su verdadera dimensión. 

Vista de esta perspectiva, la feria nos motiva a preguntarnos en qué o en quién estamos depositando nuestra confianza para garantizar la provisión de nuestra familia y poder alcanzar nuestros sueños y la felicidad: ¿en el Ekeko? ¿En la fortuna? ¿En nuestras habilidades? ¿En nuestra educación? ¿En Dios? Reflexión sobre la vida que a su vez nos lleva a cuestionarnos acerca de la muerte, sobre el lugar hacia donde nos dirigen nuestros anhelos y temores, nuestro trabajo, nuestros esfuerzos que nacen con el sol y que muchas veces continúan más allá de su ocaso. Duda que puede ser no solamente perturbadora, sino también muy útil, sobre todo a la hora de establecer prioridades.

Aprendamos, pues, de esta feria, que nos invita a disfrutar el ahora, mirando el mundo con esperanza, con fe, con asombro. Que las pequeñas satisfacciones colmen nuestros corazones y que las ilusiones llenen nuestras manos. Que los problemas y carencias se diluyan con humor, con esperanza, recordando que nuestro tiempo en este mundo tiene un límite, y que por tanto no podemos darnos el lujo de perderlo viviendo la vida de otra persona.

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