Editorial

Racismo y fútbol

Hacen falta mayores esfuerzos para cambiar las actitudes de la hinchada, a menudo irracionales.

La Razón (Edición Impresa)

23:44 / 21 de marzo de 2019

A menudo se sostiene que las pasiones desatadas por el fútbol tienen cabida en los escenarios deportivos porque, precisamente, para eso sirve mimetizarse en la multitud de las graderías y “desahogarse”. Pero si desde siempre ha sido práctica habitual insultar a jugadores, técnicos y cualquiera que estuviese en la cancha de fútbol, ese comportamiento está dejando de ser tolerado.

Ocurrió el pasado domingo, en el estadio Tahuichi Aguilera, cuando los insultos racistas contra Serginho, jugador de Wilstermann, de parte de la hinchada del rival, Blooming, lo impulsaron a abandonar la cancha cinco minutos antes del final del partido. El acto del jugador brasileño ha servido para instalar siquiera momentáneamente el debate acerca de qué es y no aceptable en los escenarios deportivos, sobre todo considerando que no solo está en juego la normativa de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF), sino también la Ley 045 y la Constitución Política del Estado.

Al día siguiente del partido malogrado por la repentina salida del jugador, el presidente de la FBF aconsejó al club afectado denunciar este hecho ante el tribunal deportivo. En efecto, el reglamento de los torneos de 2019, que concuerda con el Reglamento Disciplinario de la FBF, establece en su artículo 55 que las expresiones racistas están terminantemente prohibidas, incluyendo “los cánticos e insultos”. No es la primera vez que sucede, pero no se conoce de sanciones por esta causa.

La dirigencia del fútbol profesional reconoció prontamente que se trata de un problema recurrente y que “para frenar el racismo se debe actuar con mano dura”; como afirmó el vicepresidente de la Federación, quien sin embargo a continuación propuso celebrar “aún otra reunión de prevención con los dirigentes” antes de aplicar “lo que mandan las normas”.

Durante los siguientes días ambos clubes presentaron sendas denuncias, el uno por los insultos racistas y xenófobos contra su jugador; y el otro, probablemente inspirado por una lógica más propia de abogados que de deportistas, contrademandó por asuntos varios, incluyendo el daño causado al partido por la salida del jugador, como señalando que éste no debió sentirse afectado y más bien permitir que el espectáculo continúe. Es frecuente escuchar que la verdadera motivación de las dirigencias del fútbol es el dinero, y este caso podría costarle una multa de $us 25.000 al club cruceño.

La reacción de la FBF ha servido para mantener el problema dentro del fuero privado de la institución; sin embargo, se trata de un asunto de orden público y corresponde que las instituciones llamadas por ley a tomar cartas en el asunto hagan su trabajo. No se trata tanto de complicar el procedimiento sancionatorio como el de unir fuerzas con la institucionalidad del fútbol para generar mayor control en las graderías y, sobre todo, hacer esfuerzos para cambiar las actitudes de la hinchada, a menudo irracionales.

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