Editorial

El legado de Mandela

Madiba demostró que el perdón es la mejor forma de acabar con el odio y la opresión.

La Razón (Edición impresa)

01:16 / 01 de julio de 2013

Ahora que la vida de Nelson Mandela se apaga, propios y extraños reflexionan sobre la obra de este hombre extraordinario, que no sólo demostró al mundo que es posible luchar contra la injusticia y la opresión sin violencia ni revanchismos, sino también y sobre todo que esa es precisamente la mejor forma, quizá la única, de erradicar el colonialismo y la iniquidad.

En efecto, esta manera de luchar contra el brutal sistema de discriminación racial (apartheid) que imperaba en su país, hasta principios de los 90, es probablemente el legado más grande de este fenomenal estadista, que en 1994 fue elegido como el primer presidente negro en Sudáfrica.

Predestinado a ser el jefe de su tribu, en el poblado de Transkei, a Madiba (como cariñosamente le llaman) le esperaba una vida llena de privilegios y respeto entre los suyos. Sin embargo, la rechazó en pos de un ideal mucho más grande, seguramente sin sospecharlo. A los 19 años huyó  a Johannesburgo para evitar un matrimonio concertado por su familia. Era hijo adoptivo del rey, pero tuvo que sobrevivir como guardia de seguridad en una mina. Al poco tiempo ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Fort Hare. Allí coincidió con Oliver Tambo. Ambos fueron expulsados por participar en una huelga estudiantil. De todas maneras terminaron sus estudios y fundaron el primer bufete de abogados negros en Sudáfrica.

Convencidos de que el régimen racista y totalitario sólo podría ser derrotado mediante sabotajes y otras formas de violencia, Mandela, Tambo y otros activistas fundaron el Consejo Nacional Africano (CNA), conformado por comandos que se adiestraban para la lucha armada en Cuba, China, Corea del Norte y Alemania Oriental. A raíz de estas acciones, fue detenido y condenado a cumplir trabajos forzados a perpetuidad. En 1964 ingresó a la cárcel de Robben Island, en una isla rodeada de remolinos y tiburones, frente a Ciudad del Cabo. Allí pasó nueve de los 27 años que estuvo tras las rejas, y allí también se gestaron cambios inimaginables en su forma de pensar y de concebir el mundo.

Pese a que las condiciones en las que el régimen del apartheid tenía a sus prisioneros políticos eran atroces, Madiba se dio cuenta de que la única manera de acabar con la brutal represión de la minoría blanca (el 12% del país que explotaba y discriminaba al 88% restante) en Sudáfrica era a través de una transición pacífica, que reemplazara el odio, la injusticia y la discriminación que por siglos había padecido su nación con gestos de perdón, justicia y tolerancia.

Algo que sencillamente parecía imposible. No obstante, la paciencia, la voluntad de acero y la convicción de Mandela lograron concretar este ideal, evitando que el apartheid sudafricano degenere  en una espiral de violencia imposible de contener, haciendo de su país y del mundo un lugar mejor para vivir.

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