Editorial

Un paso atrás

Es necesaria una discusión de cómo resolver los problemas del acceso a la salud.

La Razón

02:33 / 06 de mayo de 2012

El viernes, sorpresivamente, el Presidente del Estado anunció la convocatoria a una cumbre nacional por la revolución de la salud pública en la que espera que todos los sectores involucrados hagan propuestas y debatan sobre lo que debe hacerse, sobre todo para garantizar la salud gratuita. Mientras tanto, el Decreto Supremo 1126 queda en suspenso.

En su breve anuncio, el Primer Mandatario hizo notar que el polémico decreto no fue una iniciativa del Gobierno, sino del primer Encuentro Plurinacional, realizado en Cochabamba entre diciembre de 2011 y enero de 2012, en el que los movimientos sociales reunidos demandaron ampliar el horario de trabajo de los médicos, que desde la década de 1960 gozan de un régimen especial que consiste en jornadas laborales de seis horas diarias.

Pero el presidente Morales no sólo   se refirió a la decisión de ampliar a ocho horas la jornada laboral de los médicos del sector público, sino fundamentalmente a la necesidad de plantear una verdadera  revolución en ese ámbito, que tenga como objetivo principal asegurar la universalidad del derecho a la salud y su gratuidad. En ese sentido, invitó a autoridades nacionales, departamentales y locales, junto con los profesionales y demás trabajadores en salud, así como al resto de la población a través de sus organizaciones, a sumarse a un debate que, según expresó, se producirá por primera vez en la historia de Bolivia.

La reacción inmediata de los sectores movilizados fue saludar la idea de una cumbre, pero al mismo tiempo manifestaron sus dudas respecto a la suspensión de la aplicación del DS 1126, arguyendo que legalmente no existe una suspensión de la norma, por lo que corresponde seguir movilizados hasta lograr la derogatoria del decreto, cosa que probablemente no suceda, sobre todo considerando que casi todos los trabajadores que participaron del paro y las movilizaciones perdieron su salario del mes de abril al no haber laborado desde fines de marzo, cuando comenzó la fase más dura de la protesta.

Por otra parte, para más de un analista o comentarista mediático de la política, la decisión presidencial fue interpretada como un paso atrás o, lo que es casi lo mismo, como una pequeña victoria de los movilizados, que de todas maneras únicamente han posicionado una vez más la extendida idea de que son parte de un sistema insensible, particularmente con la población más desprotegida, que es la que acude en primera instancia a los servicios públicos de salud, donde es habitual el mal trato, cuando no las prácticas negligentes.

En el marco de conflictividad generalizada, tal vez sea coherente el paso atrás del Gobierno, aunque su costo político está aún por verse. En todo caso, parece una buena idea obligar a la sociedad a discutir cómo resolver los problemas del acceso universal a la salud, así como la calidad de ésta.

Apagón nuclear

Luego del sismo que en marzo de 2011 dejó cientos de muertos, cuantiosas pérdidas materiales y una planta nuclear parcialmente destruida, Japón decidió tomar en serio la lección aprendida con lágrimas y sangre, y comenzó a desconectar gradualmente sus 54 reactores atómicos, hasta que ayer apagó el último: el de Tomari.

Hasta antes del terremoto, este tipo de energía producía el 30% de la electricidad. Eso significa que el país nipón deberá enfrentar un gran desafío en los próximos meses, pues con esta decisión está poniendo en riesgo el normal suministro eléctrico de su territorio; con la consiguiente pérdida de competitividad, aumento de las importaciones y la amenaza de apagones en verano, que es cuando más energía se demanda por el uso de aires acondicionados para combatir el intenso calor.

La noticia ha sido muy bien recibida por grupos antinucleares, que se congregaron en el centro de Tokio para celebrar el apagón y expresar su rechazo   a este tipo de energía. Es de esperar que la entereza y la valentía del pueblo japonés logre superar esta difícil prueba; demostrando al mundo que, si realmente existe la voluntad para hacerlo, se puede vivir sin energía nuclear, y sobre todo que se puede lograr, en el corto plazo, cambios significativos en nuestra forma moderna de vivir.

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