Editorial

Mi viejo, mi amigo

Esos pasos lentos de ahora caminando siempre conmigo, ya corrieron tanto en la vida...   

La Razón (Edición Impresa) / Paulo Cuiza / La Paz

00:07 / 20 de marzo de 2016

Los hay chatitos, altitos, gorditos, flaquitos, morenitos, blanconcitos, ricos, pobres, locos, cuerdos, violentos, tranquilos, alocados, gruñones, alegres, tímidos, disparados, dictadores, demócratas, flojitos, trabajadores, testarudos, pasivos, gritones, callados, barbudos, lampiños, afectuosos, emprendedores, apáticos, constantes, inseguros, odiosos, expresivos, cerrados, rockeros, cumbieros, salseros;  en fin, toda una gama de papás que los hijos no elegimos, el destino los elige por nosotros.

Pero hoy, especialmente hoy, quiero enfocarme en un hombre de piel canela; chuquisaqueño él; robusto; cabello negro, corto y ondulado; manos callosas y dedos enormes por sus tiempos de entrega plena al juego de la catcha; ojos negros brillosos; nariz dura y temple de boxeador. Así lo recuerdo.

Mi infancia la viví a su lado, crecí entre fierros, grasa, gasolina y un rosario de tornillos de distintos tamaños, porque él se metía en cuerpo y alma a resolver cualquier problema mecánico de su querido Chevrolet, el que lo acompañó gran parte de su vida; y anécdotas que siempre, siempre, me dejaban soñando. De él aprendí esfuerzo, cariño, empeño.

No fue un ángel, lo sé. Pero para mí fue mi primer héroe, aquel con el que sueñas ser cuando llegas a grande. Pero los pasos de los años no perdonan. El roble de antes se fue debilitando; la energía que antes emitía a borbotones se fue extinguiendo; y la nieve blanca terminó por cubrir su cabeza. La vida me dolerá sin vos.

Un abuelo y papá ejemplar, así como deben de existir miles de papás en Bolivia. Papás que luchan contra adversidades, que se esfuerzan por llevar el pan del día a los hijos muchas veces sin haber ellos probado bocado. De los malos no hablaremos, pues hay muchos. Mi respeto por aquellos papás bolivianos que día a día pelean por un mejor futuro para sus hijos. A ellos y a él, un respetuoso homenaje por el Día del Padre.

“Esos tus cabellos blancos, bonitos, ese hablar cansado, profundo que me lee todo, me enseña tanto, del mundo, esos pasos lentos de ahora caminando siempre conmigo, ya corrieron tanto en la vida. Mi querido mi viejo, mi amigo (...)”.

“Esa vida llena de historias, y de arrugas marcadas, por el tiempo, recuerdos de antiguas victorias, son lágrimas lloradas al viento, tu voz dulce y serena, me calma y me ofrece refugio y abrigo, va calando dentro de mi alma (...) mi querido mi viejo, mi amigo. Yo, te he dicho casi todo, y casi todo es poco, frente a lo que yo siento (...). Mirando tus cabellos, tan bonitos, abro el corazón y digo, mi querido, mi viejo, mi amigo (...)”. La vida me dolerá sin vos.

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