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Britten, de Aldeburgh al mundo

Se acerca el centenario del nacimiento del compositor inglés más importante del sigo XX

Britten. Era un partidario de la tonalidad.

Britten. Era un partidario de la tonalidad.

La Razón / Miguel Pérez Martín - periodísta

00:00 / 16 de septiembre de 2012

Cada día vemos en revistas y periódicos noticias relacionadas con el bicentenario de Verdi y Wagner, que se celebrará en 2013. Pero hay una tercera celebración que no puede pasar desapercibida. El centenario del nacimiento de Benjamin Britten, uno de los músicos más importantes del siglo XX.

“Es una extraordinaria coincidencia que su aniversario coincida con los festejos del bicentenario de Verdi y Wagner, porque el mundo celebrará en 2013 a tres maestros de la escena operística. Eso sí, Britten no necesita ser rescatado del olvido: su música es interpretada más que nunca”, comenta Richard Jarman, director general de la Fundación Britten-Pears, que coordina los actos del centenario.

Britten era un hombre complejo. Provinciano, partidario de la tonalidad en una época en la que las vanguardias colonizaban Europa y homosexual —convivió hasta su muerte con su pareja, el tenor Peter Pears—, pasó la mayor parte de su vida en Aldeburgh, su pueblo costero natal de East Anglia, y el rumor del mar, de las tormentas y de las playas está presente en buena parte de su obra. Sobre todo en la ópera que marcó el inicio de su consagración, Peter Grimes. La historia del despiadado marinero alcohólico que deja morir a sus aprendices llegó en la posguerra a las manos de Britten, a través de un texto de George Crabbe. Para ella concibió una música que marcaría su sello personal, una música de una familiaridad extraña e inquietante, con puntos comunes con la de Sibelius. Por eso Peter Grimes está en el centro de las celebraciones, y se representará en la playa de Aldeburgh, donde está ambientada.

Pero Peter Grimes es sólo un aperitivo, porque dentro de los festejos se representarán todas sus óperas en diversos escenarios del mundo: Albert Herring, Billy Budd, Muerte en Venecia, basada en la obra de Thomas Mann, Otra vuelta de tuerca sobre la novela de Henry James, El diluvio de Noé, El sueño de una noche de verano y Gloriana, la ópera compuesta para los actos de la coronación de la Reina Isabel II.

 Benjamin Britten vivió una época convulsa: era rechazado por los profetas de la nueva música que imponían sus criterios desde Centroeuropa, encabezados por un intransigente Pierre Boulez; vivió los dolores de la Segunda Guerra Mundial y vio cómo su tierra quedaba herida tras la contienda. Reflejo de esas terribles vivencias, Britten visitó la derruida catedral medieval de Coventry, bombardeada hasta la destrucción. Años después, con motivo de la inauguración de un nuevo templo aledaño a las ruinas del anterior, Britten estrenó una de sus mejores obras, el alegato antibélico del War Requiem.

Britten no pensaba en pasar a la historia de la música. Siempre quiso hacer música por vocación. “Quiero que mi música sea para uso de la gente, que les agrade. No escribo para la posteridad”, decía Britten. Cien años después de su nacimiento, sin embargo, su paso a la posteridad le ha venido por méritos propios.

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