Rompecocos

El espejo de nosotros mismos

Anoche concluyó la corta temporarda de ‘Nomis Ravilob’ ópera de Cergio Prudencio

ópera • Una escena de la ópera de Prudencio.

ópera • Una escena de la ópera de Prudencio.

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 19 de mayo de 2013

La imagen del Libertador Simón Bolívar, desgarrado y escindido, de frente al volcán Chimborazo —que le inspiró un famoso poema o, para ser fieles al espíritu y a la letra del escrito, un delirio—, pero de espaldas a los pueblos que él mismo liberó, es una imagen que emociona. Con esa imagen comienza y con esa imagen termina la ópera Nomis Ravilob de Cergio Prudencio, con libreto de Juan Pablo Piñeiro y puesta en escena de Norma Quintana que concluyó anoche su corta temporada en el escenario del Centro Sinfónico Nacional.

El planteamiento que sostiene la obra de Prudencio es radicalmente cuestionador: un Simón Bolívar interpelado por las fuerzas ancestrales andinas —encarnadas por el cóndor, la serpiente, el puma y la vicuña— que representan a los tiempos y los espacios soslayados o ignorados a la hora de fundar sobre ellos, precisamente, las naciones de cuyo devenir histórico somos resultado.

Esa propuesta —desde la inevitable luz (o sombra) del presente— puede ser justa (o injusta); es, sin duda, atrevida; y creo que tiene la capacidad de sembrar preguntas y reflexiones pertinentes sobre nuestros días en esta tierra. Y esa capacidad radica, creo, en que el Bolívar de Prudencio no es el Bolívar de la historia oficial, pero tampoco es el Bolívar de las historias “alternativas”, cualquiera sea su signo —como el nuevo bolivarianismo populista venezolano—, sino una metáfora.

El Bolívar de Prudencio puede ser una metáfora de la historia latinoamericana, una metáfora de nuestra propia historia y también una metáfora de cada uno de nosotros. Todos desgarrados frente a un espejo en el que no acabamos de reconocernos.

En esta medida, Nomis Ravilob no cuenta una historia —la ópera tradicional tiene un sustento narrativo— sino pone en escena un juego de símbolos. Hacer que esos símbolos tengan cuerpo, voz, fuerza y que sean capaces de emocionar no es un logro menor.

Y aquí entra en escena el aporte definitivo a Nomis Ravilob de Juan Pablo Piñeiro y Norma Quintana. El primero por desarrollar una dramaturgia capaz de transmitir un juego simbólico complejo de una manera tan clara y coherente, tan cercana y al mismo tiempo  tan misteriosa. Y Quintana por concebir el tiempo —un tempo preciso de acciones y ritmos, de movimientos y transiciones— y el  espacio escénico para que todo ello exista físicamente. En esa imprescindible cualidad sensorial radica, en definitiva, la posibilidad de emocionar al espectador.

   Los solistas argentinos —Alejandro Spies como Bolívar, Javier Lezcano, Lucía Lalanne, Juan Francisco Ramírez y la silente Valeria Ramírez,  los mismos que estrenaron la obra en Buenos Aires—  hacen lo suyo con solvencia, es decir, transmitiendo en todo momento la densidad simbólica y emotiva de sus personajes. A tal punto que desde ahora, para nosotros, el peligro no será sucumbir al canto de las sirenas, sino al canto y al encanto de la vicuña. El resto es silencio.

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