Sociedad

Rescatistas cuentan cómo hallaron a las cinco víctimas

La Razón / Franz Reynaldo chávez z / La Paz

01:55 / 22 de enero de 2012

El revoloteo de unas aves blancas en La Cumbre, a 4.800 metros altura fue el presagio del hallazgo y rescate de los cinco desaparecidos del 31 de diciembre, en un episodio que combinó tradiciones, rito y una planificación cuidadosa entre investigadores y bomberos.

Al amanecer del sábado 7 de enero, los motores de camiones, ambulancias y camionetas de la Unidad de Bomberos Antofagasta rompieron el silencio. El comandante de la repartición policial, Juan Carlos Flores, daba las últimas órdenes a un grupo de oficiales, rescatistas de alta montaña, voluntarios y conductores para emprender el viaje hasta la zona delimitada por la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC).

“Esa mañana no hemos desayunado”, recuerda el jefe de la operación de búsqueda, Amilcar Sotopeña, que se mantuvo en vela desde la noche anterior. Él sentía presión de toda la institución policial y familiares de Luisa Rojas Morales, Marcelo Rollano Soraide, Danilo Choquevillca Conde, Álvaro Molina Cardozo y Víctor Quispe Alanoca, desaparecidos desde la madrugada del 31 de diciembre de 2010.

Fue Sotopeña, quien conducía la vagoneta de la Brigada Especial de Rescate, Salvamento y Auxilio (BERSA), el que interpretó el sobrevuelo de las aves blancas (conocidas como Las Marías) como el preludio del final de una búsqueda intensa que se prolongó por varios días y en diferentes regiones de La Paz.“Las creencias populares dicen que cuando se te atraviesan Las Marías se supone que te va a ir bien”, relata Sotopeña. Así, confirmó una tradición más en sus seis años como especialista en rescates de montaña.

Antes de comenzar la búsqueda, el personal de BERSA hizo una pausa en medio de la niebla de La Cumbre, abrió un pequeño envase de alcohol, desparramó su contenido en un acto de pleitesía a los señores de la montaña (achachilas). Cada uno de los rescatistas, en una ceremonia seguida fielmente, bebió un sorbo del líquido transparente y el chorro encendió las gargantas.

“La ceremonia ch’alla es una      creencia que tiene un sentido de espiritualidad y todas las personas que creemos en un ser supremo, al que nos encomendamos, pedimos permiso a la Pachamama (Madre Tierra) y a los achachilas para que nos permitan entrar en sus dominios y nos protejan”, describe el rescatista.

PLANIFICACIÓN. La tradición propia de las culturas andinas se combinó con otros factores que la técnica del rescate ofrece. Sotopeña atribuye el 50% del éxito de un operativo a la preparación de la logística y a los materiales de rescate. El otro 50% es la experiencia y la capacidad en el trabajo.

A las 09.45, cuando los equipos realizaban el rastrillaje, distribuidos en grupos, la voz del suboficial Wálter Hernán Acarapi, se escuchó clara y serena en la radio de Sotopeña, conectada en una frecuencia policial de seguridad.

Acarapi preguntó: “Mi mayor, ¿qué número de placa tenía la vagoneta?”. Hasta ese momento, todos se concentraban en la descripción física de los desaparecidos y sólo se tenía una leve referencia de la vagoneta Nissan, modelo Murano, pero el registro no era el dato más difundido por los medios de comunicación.

Luego de un corto silencio, una voz detalló pausadamente los cuatro dígitos y las letras de la matrícula (2250HAD). Acarapi confirmó haber hallado el registro, y casi al unísono se escuchó en el ambiente una aclamación: “¡Listo, los encontramos!”.

Suspendido y pendiendo de una cuerda, a unos 100 metros de profundidad, Acarapi había hallado el primer indicio del accidente, en una búsqueda solitaria y misteriosa por la bruma que lo envolvía. A esa hora de la mañana, con el cielo cubierto de nubes y la niebla invadiendo todo el paisaje montañoso, el kilómetro 26 de la carretera a los Yungas, conocido como Boca de Sapo, por una gran roca en forma de batracio, se convirtió en el centro de atención.

Vestido con la chamarra verde olivo, overol rojo y casco blanco, Acarapi comenzó a describir la escena (ver secuencia en el gráfico de la derecha). Halló el primer cuerpo recostado sobre su lado izquierdo, en camisa de mangas cortas, con las manos unidas, como si hubiera buscado protegerse del severo frío, y el pelo cubierto con una fina escarcha.

Luego vendría la identificación de los otros cuerpos tirados sin vida, en la línea de caída de la vagoneta por el precipicio. Estaban rodeados de roca que se deslizaba  a cada paso de los rescatistas.

El alivio de cumplir el trabajo

Sentado sobre la fría roca, el suboficial Wálter Hernán Acarapi, observó pasivo el trabajo de los investigadores de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen que levantaron las primeras evidencias la madrugada del 31 de diciembre.

“Se siente alivio después de tanta búsqueda. Fue un sentimiento de alivio grande por haberlos ubicado y declarar concluido el trabajo”, dijo Acarapi, uno de los más experimentados de la Brigada Especial de Rescate, Salvamento y Auxilio de Bomberos (BERSA).

El segundo hombre en llegar al sitio del accidente fue el cabo Gumercindo Mamani, especialista con 11 años de trabajo.

El bombero que recuerda el llanto de una madre

En 1999, el entonces teniente de Bomberos, Amilcar Sotopeña, soportó el pasaje dramático de una madre recibiendo la noticia de la muerte de su hijo. En un accidente registrado en la zona de Sacramento (Yungas), tres universitarios murieron al embarrancarse el vehículo en que se transportaban. Sólo uno sobrevivió herido.

La madre de uno de los fallecidos habló por teléfono al oficial rescatista, y cuando escuchó que la descripción de la ropa coincidía con la que vestía su hijo, rompió en un incontenible llanto. Es una imagen auditiva que acompaña hasta estos días al bombero que el sábado 7 de enero dirigió las operaciones de búsqueda y rescate de cinco personas desaparecidas el 31 de diciembre de 2011.

Después de aquél episodio, en ese accidente sintió que la fe puede jugar su papel en favor de una tarea humanitaria. Lo ocurrido el día 7 comprueba su creencia.

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