Así va la vida

Chinos usan electricidad para ‘curar’ a los gays

El método es aplicado en varias clínicas

Publicidad. Un póster de la convocatoria para el Mister Gay China, que circula en las redes sociales.

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La Razón (Edición Impresa) / AFP / Pekín

00:00 / 02 de febrero de 2014

Zhang se sometió a descargas eléctricas en sus genitales mientras miraba películas pornográficas, como “tratamiento” contra su homosexualidad, una de las terapias más extremas utilizadas en China para “corregir” la orientación sexual.

“Creía que tenía que intentarlo para ver si había la posibilidad de convertirme en una persona normal”, declaró a la AFP este joven de 25 años que prefirió revelar solo su apellido.

Para “no decepcionar a su familia” eligió este método, uno de los más extremos de los utilizados en China, donde el amor entre las personas del mismo sexo es considerado todavía como una deshonra.

“Cuando reaccionaba a las imágenes, recibía un electrochoque”, poco intenso pero “doloroso”, recuerda Zhang. Él mismo se pagó las sesiones tras llegar a la conclusión de que asumir su homosexualidad le resultaba “demasiado difícil”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) retiró en 1990 la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales y las autoridades chinas hicieron lo mismo pero en 2001, y con el paso de los años se fue aceptando más en la sociedad, sobre todo en las grandes ciudades.

Pero los homosexuales en China suelen sufrir una fuerte presión familiar. Como hijos únicos, acaban resignándose a casarse para permitir a sus padres tener un nieto.

La mayoría de los expertos en medicina considera que las “terapias de conversión”, practicadas en todo el mundo por psicoanalistas y doctores para “curar” la homosexualidad son ineficaces e incluso peligrosas.

Sin embargo, los métodos proliferan en Singapur, Reino Unido, EEUU y China. Cinco clínicas chinas contactadas reconocieron que proponen soluciones “de reajuste a la sexualidad”, como tratamientos químicos, hipnosis o descargas eléctricas.

En el centro de ayuda psicólogica Haiming (Pekín) incluso tienen un eslogan de promoción: “Después de cada descarga, el paciente interrumpe sus pensamientos y se aleja de sus fantasmas”, dice en su página web.

Estas sesiones de 30 minutos, realizadas con un par de días de intervalo, solo se prescriben “para los casos más graves”, indicó un médico.

Pero los resultados son dudosos y las secuelas dolorosas. “Tengo muchos amigos que recibieron un tratamiento, algunos acabaron con una depresión”, relata Liu Wei, de 21 años, quien fue presionado por su padre para visitar un hospital en diciembre de 2013 e informarse.

Como tratamiento, un médico le propuso “hacerse daño con una goma atada a la muñeca” en cuanto “empezara a fantasear viendo películas pornográficas de homosexuales”, pero admitió que había pocas posibilidades de éxito. Aún así, Liu Wei se plantea intentarlo porque las relaciones con su familia son “muy tensas”.

En el caso de Zhang, las descargas eléctricas que recibe hace tres años le hicieron perder la líbido y sumirse en una depresión: perdió su trabajo, se endeudó para pagar los gastos médicos y acabó teniendo pensamientos suicidas, cuenta. “Tenía dolor de cabeza, no aguantaba nada, solo quería morirme. No podía cambiar y se lo confesé a mi padre”, dijo. “Ser gay no es tan terrible”, afirma ahora.

Activistas de colectivos alertan sobre terapias

Las “terapias de conversión” fueron condenadas en 2009 por la Asociación de Psicología de EEUU, por considerarse que pueden crear traumatismos en el paciente, y también por una rama de la Organización Mundial de la Salud, que afirma que carecen de justificación médica y son “éticamente inaceptables”. Los activistas chinos intentan pasar las recomendaciones.

El colectivo LGBT (Lesbianas, Gay, Bisexuales y Trans) de Pekín estima que estos tratamientos causan “daños graves a la salud física y mental, y empeoran la falta de autoestima”.

Dos activistas se desplegaron delante de una clínica de Pekín con una pancarta en la que se lee: “La homosexualidad no es una enfermedad” y esperan generar conciencia en las autoridades.

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