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Isfahán, el ‘medio mundo’ y orgullo de los iraníes

Historia. La ciudad fue dos veces capital del Imperio Persa

Isfahán  la ciudad que fue dos veces capital del imperio persa.

Isfahán la ciudad que fue dos veces capital del imperio persa. EFE.

La Razón (Edición Impresa) / EFE / Isfahán (Irán)

01:26 / 10 de mayo de 2014

“Esfahan, nesf e yahan”, Isfahán es medio mundo, dicen los iraníes sobre la ciudad que fue dos veces capital del imperio persa y que acoge dos lugares Patrimonio de la Humanidad y un sin fin de legados artísticos y arquitectónicos islámicos.

La tercera ciudad más poblada y el principal destino turístico de Irán se sitúa en una llanura a orillas del río Zayandeh y está llena de bulevares arbolados, amplias avenidas y bellísimas plazas, palacios, mezquitas y jardines. Los iraníes la consideran capital cultural y arquitectónica del país y no pierden ocasión de visitarla cuando tienen un periodo de descanso, sobre todo en los primeros meses de la primavera.

Fue capital del Imperio Persa en 1047, bajo los selyúcidas, condición que perdió 180 años más tarde con la llegada de los mongoles y que recuperó en el reinado del rey safávida Abás I, principal impulsor de su embellecimiento y de las grandes obras que hoy la adornan.

La plaza central, Naqshe Yahan (“mapa del mundo”, también llamada Plaza del Imán), que data de 1602, es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco junto con la magnífica Mezquita del Imán (también denominada Mezquita del Shah, su promotor).

En sus jardines y fuentes, diseñados con un medido sentido de la simetría y el orden, los iraníes descansan, pasean, meriendan sentados en esteras y disfrutan dando una vuelta en coches tirados por caballos y comiendo gaz, los dulces típicos de la ciudad, elaborados con miel y pistacho.

Es una de las mayores plazas del mundo, con 510 metros de largo y 165 de ancho, y está dominada por la Mezquita del Imán, uno de los mejores ejemplos del refinamiento del arte decorativo y la policromía safávidas.

Su puerta de entrada, de 30 metros de altura, está cubierta por láminas de oro y plata con azulejos azul turquesa profusamente decorados, modelo que se repite en los cuatro impresionantes pórticos del patio interior, elaborados cuidadosamente por los mejores artesanos de cerámica y mosaicos y los más destacados calígrafos de la época. Es el orgullo de los isfahanítas y un lugar donde se respira paz.

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