Así va la vida

Unas 30 personas viven en el aeropuerto de Barajas

Rutina. Los ‘hospedados’ lucen trajes impecables y se hacen pasar por pasajeros comunes

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Verdú (El País) / Madrid

00:00 / 20 de diciembre de 2014

En España, unas 30 personas han hecho del aeropuerto de Barajas (Madrid) su casa. Pasan inadvertidas, en medio de historias transitorias que parecen sacadas de alguna película de Hollywood. El 26 de mayo de 2013 Edú decidió dar un paseo desde Madrid hasta Zaragoza. No tenía trabajo y recién había salido de cumplir diez años de cárcel. Calculó que, yendo ligerito, el peregrinaje le llevaría unos 20 días. Pero en la primera jornada se le hizo de noche buscando la carretera a Barcelona cerca del aeropuerto de Barajas y se refugió en la Terminal 4 (T4).

Después de un año y medio, rodeado de un montón de maletas que guarda a un euro (Bs 8,67) el bulto. Son de los otros residentes de la T4. Resulta que no está solo. En esta terminal vive una treintena de personas sin hogar. La mayoría de éstos son invisibles para los viajeros.

El truco está en parecer uno de ellos. Visten correctamente, van aseados, transportan bultos en carritos como si fueran turistas y algunos dan vueltas todo el día alrededor de los mostradores, como a la espera de un avión que no termina de despegar.

El aeropuerto alberga un ecosistema de personas sin hogar: aseos limpios y amplios, calefacción, 15 minutos gratis al día de internet, seguridad, subsistencia gracias a viajeros, anonimato y cafeterías abiertas las 24 horas.

Sucede así en toda España. Barcelona reubicó a sus huéspedes en 2011 cuando empezaron las peleas. Así que la única norma aquí es no hacer líos. De este modo, y con las prisas del viaje, se confunden con los 110.000 usuarios que pasan cada día por Barajas. Si uno se fija bien, es fácil ver a alguno sentarse en una mesa y apurar los restos de comida abandonados. O a otro arrastrando una maleta y envolviendo su petición de algo de dinero en el drama ficticio de un avión perdido o un pasaporte extraviado. Estos últimos son pocos y siempre los mismos. Y muchas veces repiten la función con el mismo viajero. Eso les delata.

Luego se encuentran los búlgaros y algunos moldavos, como André (así dice que se llama), que viven del negocio de los carritos. Sacan las fichas con un gancho y las cambian por un euro a los viajeros. “Nos buscamos la vida como podemos”, se defiende.

Cuando anochece y el frío aprieta, los invisibles empiezan a ser mayoría en la enorme terminal, en la que apenas operan ya a esa hora algunos vuelos a América del Sur. Muchos de ellos (también hay mujeres) son auténticos profesionales del funcionamiento de este aeropuerto en el que operan 75 compañías aéreas y 1.000 vuelos diarios.

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