Sociedad

Cinco historias de coraje, amor y constancia de madres bolivianas

Gilda Sevilla relató su lucha contra la leucemia de su hija; Elida Hidalgo contó sobre la dedicación para entender el autismo de su hijo. Hoy es víspera del Día de la Madre, Lucila Triveño y ‘Coquito’ son un ejemplo de amor entre madre e hijo. La fortaleza de Vanesa del Villar es el mejor apoyo para su hija. A Rosario González le sobra el coraje.

La Razón (Edición impresa) / G. Calle/W. Pérez / La Paz

00:00 / 26 de mayo de 2013

Las madres bolivianas conmemorarán mañana su día y La Razón quiso destacar cinco historias en homenaje a aquellas que son un ejemplo de coraje, amor y perseverancia ante la dificultad y discapacidad de sus hijos.  

Para una madre nada es imposible cuando se trata de la vida y estabilidad emocional de sus retoños, pues la fe en Dios y la esperanza es lo último que se pierde, coincidieron las cinco progenitoras entrevistadas por este medio. Ellas abrieron sus corazones para hablar de sus temores, experiencias y, sobre todo, de su coraje.

A Gilda Sevilla le tocó enfrentar la leucemia de su hija María Fernanda, poco le importó vender casi todos sus bienes con tal de verla con vida. Elida Hidalgo es una mamá que se especializó en el autismo para entender mejor a Gastón, que tiene la discapacidad.

Lucila Triveño lucha 21 años contra la discriminación hacia su hijo Coquito, quien tiene síndrome de Down, su mayor preocupación es que él se sienta bien.

Vanesa del Villar es una madre afanada en lograr la recuperación de Jasiel, una niña con sordera. La viudez no fue un obstáculo para Rosario González, una progenitora que sacó adelante a sus seis hijos, todos ellos ahora profesionales.

Gilda vendió lo que tenía para tratar el cáncer que aquejaba a su hija

Fueron largas noches de insomnio para Gilda Sevilla, quien veló el sueño de su pequeña María Fernanda en hospitales de La Paz y Buenos Aires. La perseverancia y el coraje que puso en el cuidado de su hija enferma, y el tratamiento especializado, hicieron retroceder el cáncer en la sangre.

“Dios me la devolvió. Los últimos exámenes indican que está mucho mejor y que las células cancerosas desaparecieron”, dijo  emocionada e inmediatamente María Fernanda la besó y abrazó. Ambas estaban en la Unidad de Oncohematología del Hospital del Niño, de La Paz.

Durante dos años, la madre sacó fuerzas para luchar contra la leucemia linfoblástica infantil que afectaba a su hija. Primero se informó sobre todo lo referente a la enfermedad, contactó a médicos para saber sobre todas las curas posibles. Al enterarse de que el cáncer es un mal que requiere de mucho dinero para tratarlo, no dudó en vender el departamento en el que vivía con toda su familia para llevar a su hija a otro país.

“Al principio parecía que el cáncer iba a ganar la batalla, porque contra todo pronóstico, de la noche a la mañana, María Fernanda sufrió una crisis y perdió la vista y el habla. En ese momento saqué fuerzas, recé. Le hablaba a mi hija y no salí del nosocomio por varios días hasta que empezó a reaccionar”.

Viaje. En cuanto mejoró la niña, Gilda alistó las maletas y la llevó a Buenos Aires (Argentina) para que especialistas analicen su estado. Después de semanas de tratamientos, retornó a Bolivia e internó a su hija en el Hospital del Niño.

Debido a los gastos para los exámenes, quimioterapias y algunos medicamentos, Gilda empezó a vender ropa y carteras. Reconoce que antes sólo se preocupaba de administrar su hogar con el sueldo de su esposo, pero el cáncer hizo que su labor de ama de casa cambie por algo de comercio informal.

Aunque esta mamá dedica casi todo su tiempo a la lucha contra el cáncer, en ningún momento descuidó a sus otros hijos. “La fortaleza de una madre está en la familia y viceversa, por eso no descuido mi hogar. Si al principio estaba las 24 horas al lado de María Fernanda, ahora saco tiempo para atender a mis otros hijos y a mi esposo para volver a ser la familia feliz que éramos hace dos años y cinco meses”, sostuvo Gilda.

Hace más de dos años, toda la familia se fue de vacaciones a Cuzco (Perú), después de cinco días de paseo María Fernanda tuvo fiebre y fue trasladada a un centro médico. Allí los médicos le dieron el primer diagnóstico de cáncer en la sangre. Suspendieron de inmediato el viaje y desde ese día cambió la vida de Gilda.

“Ya no poseo una casa propia, pero tengo a mi hija y a toda mi familia, que es la mayor riqueza de una persona”, manifestó.

Para Elida, Gastón llegó a su familia por una razón muy especial

Con paciencia y cariño de por medio, Elida Hidalgo y su hijo Gastón, de 12 años, lograron una estrecha relación a pesar de las dificultades que representa entender a un niño autista. “Tenemos una relación muy hermosa que fuimos construyendo desde el día en que le diagnosticaron autismo; desde entonces yo lucho para traer a mi hijo a la realidad”, manifestó Elida.

Los juegos y abrazos son la mejor terapia para que esta mamá se una más a su retoño, lo hizo así desde pequeño. Cuando Gastón cumplió un año y ocho meses, los médicos le detectaron un trastorno generalizado del desarrollo, también conocido como autismo, en ese instante la noticia fue “devastadora” para Elida.  

Sin embargo, con el pasar de los años, aprendió a tratar a su niño y se puso como desafío el que lleve una vida con la mayor normalidad posible.

Por esta razón, ella es ahora su maestra en el colegio 4 de Julio, de la zona de Tembladerani, La Paz.

“Mi mayor logro como mamá es ver a mi hijo avanzar, Gastón sabe quién es, que va a una escuela y lo noto cada vez más ubicado, el trabajo arduo da frutos”, dijo. En su experiencia de vida, como madre y maestra de niños autistas, aprendió que lo único que sostiene el coraje de una mamá para seguir adelante es el amor a los hijos y a la familia.

“La etapa que se denomina duelo fue la más difícil porque como padres tratamos de echarnos la culpa, pero después entendemos que estas criaturas llegan a nuestros hogares por una razón especial, que sólo Dios la conoce”, aseguró.

Lamentó que la discriminación y ciertas actitudes de la sociedad sean los mayores problemas —incluso más que la propia discapacidad—, porque las personas no entienden la conducta de un autista y lo tildan de maleducado o mimado.

Lucila dejó su profesión para dedicarse a  ‘Coquito’, su ángel

El síndrome de Down y la discriminación de la sociedad no fueron obstáculos para que Lucila Triveño y su hijo Juan Pablo creen un lazo inquebrantable por el amor mutuo que sienten.

Coquito, como ella lo llama de cariño, tiene 21 años y padece de síndrome de Down, pero ello no le impide demostrarle día a día el cariño que siente por su mamá. “La quiero mucho, me gusta su carita, es bien bonita”. La cocina es una de las principales actividades de ambos y más aún cuando se trata de preparar el espagueti, que es el plato preferido de Juan Pablo.

Para Lucila, Coquito es su vida, al igual que su hija y esposo, pues los cuatro tuvieron que enfrentar y sobreponerse a la discriminación no sólo en la escuela, sino de la sociedad.

Colegio. “Le tocaba prekínder y decidimos inscribirlo en un colegio. En su  curso había una niña que lo quería mucho, pero un día la vi distante y ella me dijo que su madre le prohibió hablar con mi hijo”, contó Lucila, muy consternada.

Cuando alguien lastimaba a Juan Pablo, a causa de su síndrome, era el peor  momento para esta mamá, por esta razón, uno de sus mayores temores es que ella le falte un día a su hijo para defenderlo.

“Tengo 51 años y sólo le pido a Dios que me dé salud y que el día que me lleve a mí, también lo lleve a él, porque quién lo va a cuidar”, relató.

Esta mamá es abogada, pero dejó de lado su profesión para dedicarse a su hijo y a Awiña, una asociación de padres de hijos con síndrome de Down, de la cual ahora es presidenta.

Ella aseguró que la mayor satisfacción como madre es ver todas las cosas que aprende Coquito. “La llegada de un niño con Down tiene que ser motivo de felicidad como cualquier otro, ellos son angelitos”.

Vanesa aprendió a darse modos para comunicarse con Jasiel, su pequeña

Vanesa del Villar es mamá de Jasiel Condori, de siete años, quien tiene hipoacusia (pérdida de la capacidad auditiva), pero esta discapacidad no impidió que ambas hallaran modos para comunicarse.

“No sé por qué mi hija no escucha, creemos que fue por una fiebre que le dio cuando tenía un año, pero tengo la esperanza de que ella lo logre más adelante con tratamientos. Una mamá nunca pierde la fe y el coraje”, declaró.

Contó que cuando Jasiel estaba en la edad de aprender a hablar, ambas tuvieron que darse modos para comunicarse y fue cuando crearon señales propias con las manos.

La joven mamá recordó que antes de las señas, la niña lloraba algunas veces de impotencia al no poder comunicarse, pero más pesó la perseverancia y el cariño hacia su hija para entenderla y alentarla.

La fuerza de voluntad para lograr una mejor situación auditiva para Jasiel llevó a Vanesa a consultar a muchos doctores y el afán continúa, pues ella está segura de que su niña mejorará algún día.

“Al principio, como mamá, el estado de mi hija era una frustración, no me hacía a la idea de que ella fuese así, pero con el tiempo mis esperanzas crecieron y sé que algún día Jasiel hablará y pronunciará mi nombre”, expresó.

Uno de los aspectos que más sorprende y motiva a Vanesa es que su niña aprendió a leer los labios, para ella eso demuestra su capacidad e inteligencia.

Por esta razón es que Jasiel entiende a las personas y hace todo lo posible para que la comprendan. Hasta el momento ella no atravesó ningún episodio amargo de discriminación en los colegios donde estudió.  

Detrás de la fortaleza de esta mamá también hay temores, el más grande es que el entorno de Jasiel la desplace por su dificultad para escuchar.

“La llevo a terapias de psicología para que entienda y con el tiempo no se sienta frustrada, porque tengo miedo de que los niños de su edad me la hagan a un lado”, dijo.

Las noches son muy bien aprovechadas por madre e hija, porque es el momento en el que se conectan a través de juegos y practican el lenguaje de señas, que poco a poco Jasiel aprende en su escuela para niños sordos.

Rosario enviudó y con seis hijos tuvo que ejercer seis oficios para criarlos

Rodeada de cuatro de sus seis hijos y cinco de sus 11 nietos, Rosario González viuda de González contó que la pérdida de su esposo no impidió que cada uno de sus retoños estudie y logre  una profesión.

“Son 27 años de viuda. Cuando me vi sola y con mis seis hijos pequeños comprendí que el sueldo de enfermera no alcanzaría para darles un estudio a todos. Entonces decidí que debía conseguir otros trabajos, otras ocupaciones para que a ninguno le falte nada”, dijo. Durante más de dos décadas Charito, como le dicen sus hijos, fue padre y madre. Trabajó haciendo adobes, panes, fue peinadora, lavandera y artesana. Con el último oficio logró comprar una casa, ubicada en el barrio Madrid, de la ciudad de El Alto, donde dio la entrevista.

“Me dediqué a tejer abrigos, chompas y los vendía a los vecinos. Mis artesanías tuvieron demanda y me especialicé en ropa para bebés y hasta ahora continúo haciendo este tipo de prendas, porque quiero ayudar a que mis nietos también sean profesionales”, manifestó.

Dos profesores, una bioquímica, una odontóloga, un mecánico y un artesano, todos con estudios y títulos, son el resultado del esfuerzo y amor puesto por esta madre. Además, dos de sus hijos viajaron y viven en el extranjero, donde, según ella, son un ejemplo del boliviano trabajador.

“Les inculqué que el trabajo es lo mejor. Ellos vieron que salía de un empleo para ir a otro y en el viaje en el minibús aprovechaba para tejer las chompas.

Nunca perdía el tiempo, no he tenido descanso porque el objetivo que me propuse fue sacar a todos profesionales. Ahora ayudo a mis nietos”, aseveró con orgullo.

Otro objetivo de Charito, el de mantener a su familia siempre unida, también se cumplió. Al solo llamado de la madre, todos sus hijos acuden a su encuentro. Estén donde estén.

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