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Sobre las nuevas hegemonías mundiales: Caos creador y desorden global

Ante la presencia intermitente o inexistencia de Estados Unidos, los vacíos de poder regionales fuera de control son ocupados por actores y dinámicas desestabilizadoras violentas que proclaman para sí realidades políticas nuevas, incluso estatales, como es el caso de ISIS; el verdadero triunfo del caos y del Leviatán global.

La Razón (Edición Impresa) / Gustavo Palomares

12:33 / 22 de febrero de 2016

Por mucho que insista el presidente Obama en que el renacer del liderazgo estadounidense es real pero sin ser gendarme del mundo, los grandes thinkthankglobales han decretado el final de la hegemonía estadounidense. El mayor consenso en el análisis del vigente sistema internacional es señalar que el caos y la anarquía son la regla dominante del inestable escenario global. Voces ideológica y teóricamente tan divergentes como Kissinger, Nye, Brezezinsky, Moisi o Fisher, en distintos estudios y desde muy diferentes medios, vienen a coincidir en que nos encontramos ante un deterioro progresivo del orden mundial, una violencia creciente fuera de control y un vacío de poder manifiesto. Pero lo peor y más peligroso es que los actores más destacados e influyentes del sistema internacional, no están concienciados en la necesidad de un esfuerzo común para establecer un statu quo.

La gran paradoja del poder mundial reinante es que no hay ningún actor que pueda estar en todo y controlarlo todo: la incapacidad por parte de Estados Unidos para seguir siendo el guardián entre el centeno en el presente desorden global. La pérdida de un liderazgo internacional incontestable que supone la progresiva merma de la absoluta influencia pasada para condicionar y organizar la agenda internacional. Ante esta presencia intermitente o inexistencia irremediable del amigo estadounidense, los vacíos de poder regionales fuera de control son ocupados por actores y dinámicas desestabilizadoras violentas que proclaman para sí realidades políticas nuevas, incluso estatales, como es el caso de ISIS; en resumen, el verdadero triunfo del caos y del Leviatán global.

Aun con este escenario, todavía hay lugar para la esperanza: las últimas investigaciones de la física cuántica en los átomos del xenón demuestran que, contrariamente a la noción popular, la teoría del caos no implica el desorden completo. Cuando se tiene un sistema caótico caracterizado por la extrema aleatoriedad, paradójicamente puede provocarse y producirse una conducta ordenada después de un cierto tiempo y con un Atractor adecuado. Un Atractor cuántico es un conjunto en el que todas las trayectorias cercanas convergen haciendo que las dinámicas imprevisibles presentes tiendan hacia el orden incluso si son ligeramente perturbadas; en estas situaciones, la única posibilidad creadora capaz de superar la inestabilidad permanente del sistema, viene del caos.

Llegados a este punto en la aplicación de esta teoría del “caos creador” al actual desorden del sistema internacional, será necesario saber si una colaboración entre las dos potencias globales: Estados Unidos y China    —tal como sueña Kissinger en su nueva obra World Order— u otros tipos de alianzas propuestas: con los BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica], individualmente considerados o en conjunto, con o sin Rusia, incluso también coaliciones específicas para cada zona fuera de control —como ocurre ahora en Afganistán, Irak y Siria—; todas ellas o solo algunas, podrían jugar el papel de Atractor necesario para el sistema caótico internacional.

Sin embargo, todos los sistemas no lineales, y el internacional lo es, son analíticamente irresolubles y la tendencia al desorden es permanente; por lo tanto, este proceso ordenador del caos, o Atractor, es necesario pero no es condición suficiente para dar estabilidad y permanencia a los subsistemas regionales y al sistema internacional en su conjunto, en tanto y en cuanto no exista un acuerdo de medios y fines con continuidad y permanencia entre las superpotencias globales, en cada una de las zonas intervenidas. Sería por tanto imprescindible, como ya lo fue en la Guerra Fría, dividir el mundo en zonas de influencia y buscar alianzas específicas en aquellas regiones desestabilizadas con un compromiso de contención militar, política y estratégica, según exija cada caso. En conclusión, un juego de geometría variable en donde el acuerdo global chino-estadounidense —más que poco probable—, debería ser compatible con una multitud de subacuerdos regionales en donde el aliado en una región podría ser el enemigo a contener y combatir en otra. Véase el papel de Rusia como superpotencia global y su posición interesada en conflictos como el de Ucrania o Siria.

Por otro lado, en la interesante aplicación de la teoría del caos para una explicación racional de la situación actual del sistema internacional y su posible evolución, es imprescindible tener en cuenta uno de los paradigmas centrales de la mecánica cuántica, la paradoja de Schrödinger. Adaptando dicha paradoja a este caso: cualquier intervención (medida o proceso de observación) en las condiciones del sistema caótico, altera su naturaleza (el estado de la partícula) y puede producir reacciones inesperadas pudiendo provocar el efecto contrario al proceso ordenador deseado. En cualquier caso, pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, imposibilitando la predicción a largo plazo. Ya tenemos las experiencias de los fracasos en Afganistán e Irak, el crudo invierno en el que se han transformado las primaveras árabes, el atolladero sirio, la extensión de la guerra en África y como conclusión última, el avance del radicalismo, en un mundo progresivamente más desigual e inseguro.

Teniendo en cuenta este principio de incertidumbre, la hegemonía multipolar limitada del sistema actual, el proceso de interdependencia creciente, la dudosa voluntad del gigante chino y el poder limitado de Estados Unidos, cualquier proceso ordenador sobre cierta base de seguridad, permanencia y durabilidad pasa por la opción de incrementar los marcos multilaterales estables de cooperación que permitan una institucionalización de las intervenciones y el mantenimiento de un mínimo statu quo global. Probablemente ha llegado el momento de modificar el concepto estratégico de las organizaciones defensivas y de seguridad, regionales y universales, así como revisar también los instrumentos de actuación que se encuentran vinculados al capítulo séptimo de la Carta de Naciones Unidas: la única que, hoy por hoy, permite la utilización legítima de la fuerza dentro del sistema.

Puede ser que solo así, por pura supervivencia y no por sobrehumana virtud, el caos global abra paso progresivo al multilateralismo creador.

(*) Gustavo Palomares es presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos. El País de España.

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