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Alienados de todo el mundo, uníos

La teoría  de la alienación se inició a principios del siglo XIX con Hegel. El artículo analiza el desarrollo de esta noción y su tránsito de un tratamiento teórico ontológico a otro histórico, lo cual comenzó a partir de Marx. En efecto, se hace un recorrido de la historia del concepto ‘alienación’.

La Razón / Marcello Musto

00:01 / 23 de diciembre de 2012

La alienación ha sido una de las teorías más debatidas del siglo XX. La primera exposición filosófica del concepto tuvo lugar en 1807 con Georg W.  F. Hegel. En su Fenomenología del espíritu, constituye la categoría central del mundo moderno y usó el término para representar el fenómeno por el que el espíritu se objetiva. Con todo, en la segunda mitad del siglo XIX, la alienación desapareció de la reflexión filosófica.

El redescubrimiento de esta teoría en 1932, con la publicación de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, un texto inédito de la producción juvenil de Karl Marx, en el que mediante la categoría del “trabajo alienado” traslada la problemática de la esfera filosófica a la económica. La alienación fue así descrita como el fenómeno por el que el producto del trabajo se manifiesta “como un ente extraño, como una potencia independiente del productor”. Al contrario de Hegel, quien la había representado como una manifestación ontológica del trabajo, que coincidía con la objetivación en cuanto tal, Marx concibió el fenómeno como la característica de una determinada época de la producción: la capitalista.

Sin embargo, todavía tuvo que pasar mucho tiempo antes de que una concepción histórica, no ontológica, de la alienación se consolidara. De hecho, la mayor parte de autores que trataron la problemática en las primeras décadas del siglo XX lo hicieron considerándola un aspecto universal de la existencia humana. En ser y tiempo, Martin Heidegger la consideró una dimensión fundamental de la historia, la tendencia del ser-ahí (Dasein) a perderse en la inautenticidad y el conformismo del mundo que lo circunda. Herbert Marcuse identificó la alienación con la objetivación en general y no con su manifestación en las relaciones de producción capitalistas. A su juicio, existía una “negación originaria en el acto del trabajo” que pertenecía a la “esencia misma de la existencia humana”. De este modo, la crítica de la alienación devino una crítica de la tecnología y del trabajo en general.

En la segunda mitad del siglo XX el concepto de alienación también llegó al psicoanálisis. Los que la abordaron partían de la teoría de Freud, para quien, en la sociedad burguesa, el hombre se enfrenta a la decisión de elegir entre naturaleza y cultura y, para poder disfrutar de la seguridad garantizada por la civilización, debe renunciar a las propias pulsiones. Los psi- coanalistas asociaron la alienación con las psicosis que se manifiestan en algunos individuos precisamente a causa de esta elección conflictiva. Por consiguiente, la vastedad de la problemática de la alienación quedó reducida a un mero fenómeno subjetivo.

Tras las principales elaboraciones no marxistas de la alienación, están las de los existencialistas franceses. Después de la segunda postguerra, esta problemática fue incorporada por ellos como referencia recurrente tanto en filosofía como en narrativa. De este modo, la alienación adquirió un perfil muy genérico, identificada con una indistinta desazón del hombre en la sociedad, con una separación entre la personalidad humana y el mundo de la experiencia, y, por tanto, como una condition humaine no suprimible.

A partir de los 70, irrumpió una auténtica moda por la teoría de la alienación; en todo el mundo aparecieron centenares de libros sobre el tema. Fueron los tiempos de la alienación tout-court. El periodo en que numerosos autores atribuyeron las causas del fenómeno a la mercantilización, a la excesiva especialización del trabajo, a la burocratización, al conformismo, al consumismo o a la pérdida del sentido propio que se manifestaba en la relación con las nuevas tecnologías. Sin embargo, la popularidad del concepto y su uso indiscriminado crearon una ambigüedad terminológica. En pocos años, la alienación se transformó en una fórmula vacía que abarcaba todas las manifestaciones de la infelicidad humana y su desatinado uso generó la convicción en la existencia de un fenómeno inmodificable.

Con el libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo, uno de los manifiestos de la generación del 68, la teoría de la alienación llegó a la crítica de la producción inmaterial. Debord afirmó que cuando el capitalismo está más desarrollado el obrero es “aparentemente tratado como una verdadera persona, con cortesía premurosa, por qué la economía política puede y debe dominar los pasatiempos y la humanidad del trabajador”. Esta reflexión lo llevó a colocar en el centro de su análisis al mundo del espectáculo: “en la sociedad actual el espectáculo corresponde a una fabricación concreta de la alienación”. De este modo, la alienación se afirmaba hasta el extremo de constituir una experiencia entusiasta para los individuos que, guiados por este nuevo opio del pueblo al consumo y a “reconocerse en las imágenes dominantes”, se alejaban más de sus propios deseos y existencias reales.

Jean Baudrillard utilizó el concepto para interpretar las mutaciones sociales ocurridas con la llegada del capitalismo maduro. En La sociedad de consumo, de 1970, señaló el consumo como factor determinante de la sociedad moderna. En su criterio, “la era del consumo”, en que la publicidad y los sondeos crean necesidades ficticias,  se había transformado en “la era de la alienación radical: la lógica de la mercancía se ha generalizado, y hoy no sólo regula los procesos de trabajo, sino también toda la cultura, la sexualidad y las relaciones humanas. Todo se torna en imágenes, símbolos y modelos consumibles”.

En los años 50, el concepto de alienación había entrado también en el vocabulario sociológico norteamericano. Sin embargo, el tema se afrontó desde una óptica completamente distinta a la prevaleciente en Europa. La Sociología convencional volvió a tratar la alienación como problemática inherente al ser humano individual y no a las relaciones sociales, y la búsqueda de soluciones para su superación se dirigió hacia la capacidad de adaptación de los individuos al orden existente en lugar de hacia las prácticas colectivas encaminadas a cambiar la sociedad.

Esta aproximación acabó por marginar, e incluso excluir, el análisis de los factores histórico-sociales que determinan la alienación, produciendo una suerte de hiper-psicologización del análisis del concepto.

El profundo cambio en el concepto de alienación que se había manifestado en las ciencias sociales fue encauzado por la publicación de nuevos textos marxianos inéditos, en especial los Grundisse, los manuscritos preparatorios de El capital, y por las célebres páginas sobre el “fetichismo de las mercancías” contenidas en el primer volumen de la obra magna de Marx. La comprensión de la alienación volvió a dirigirse hacia su superación práctica, es decir, la acción política de los movimientos sociales, partidos y sindicatos encaminada a cambiar radicalmente las condiciones de trabajo y de vida del proletariado. Con la difusión de estos textos, la teoría de la alienación trascendió las aulas universitarias y los documentos filosóficos para irrumpir en las calles y convertirse en crítica social mediante las luchas obreras.

La victoria del neoliberalismo ha trastornado completamente este escenario. En los últimos 20 años se han sucedido significativos cambios políticos y económicos que han visto aumentar dramáticamente la brecha entre la acumulación de riqueza de una élite cada vez más reducida y la creciente marginalidad y pauperización de las clases trabajadoras.

Después de haber sido protagonista indiscutible del siglo XX, en muchos países el mundo del trabajo ha pasado a ser un actor mudo del debate político y cultural contemporáneo. Contemporáneamente, los movimientos globales de protesta se han significado, hasta ahora, por una reivindicación genérica de mayor igualdad social, a la que a menudo le ha faltado una reflexión adecuada sobre la centralidad del trabajo, sus nuevas problemáticas y transformaciones radicales.

En una era en que la producción, a pesar de las tesis que a finales del siglo pasado anunciaron con gran clamor el “fin del trabajo”, asume nuevamente los estándares de explotación e injusticia social del siglo XIX es de esperar que la crítica de la alienación retorne entre las banderas y las reivindicaciones del nuevo movimiento obrero. En definitiva, el río todavía lleva agua.

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