Animal Político

Ambiciones globales y desalientos

No importa si Rousseff es reelegida presidenta o si Neves captura el Gobierno. Cualquier liderazgo presidencial está en la obligación de proseguir y fortalecer los proyectos de un tipo de empresariado mundial que, en el caso brasileño, está directamente conectado al capital internacional.

La Razón (Edición Impresa) / Franco Gamboa Rocabado

00:01 / 12 de octubre de 2014

Las elecciones presidenciales en Brasil del domingo 5 de octubre dejaron una gran lección para América Latina. En primer lugar, este país no pudo superar un problema que emergió con notoriedad preocupante durante el Mundial de fútbol de junio 2014: la “exclusión social”, pues millones de ciudadanos, aún a pesar de expresar su descontento, por medio de protestas en las calles que ansiaban a gritos el cambio estructural de su sistema democrático, no lograron contrarrestar la lógica de élites del poder que predomina en este país.

Las presidenciales mostraron una seria imposibilidad para combatir aquella orientación económica en que las fuerzas del mercado definen todo en la política brasileña en función de la globalización, es decir, considerando únicamente los intereses de las grandes transnacionales y los objetivos empresariales de negocios millonarios: petróleo, seguridad pública, infraestructura urbana, producción de maquinarias, industria farmacéutica, agricultura, tecnología, narcotráfico, lavado de dinero, fútbol y banca internacional de inversiones gigantescas.

Brasil es el ejemplo más llamativo de que la apertura hacia el mercado mundial agrandó demasiado las brechas entre una gran mayoría de pobres y clases medias versus otra pequeña minoría de personas favorecidas por los grandes negocios. Este país no es el mejor ejemplo para mostrar una economía emergente con altas dosis de desarrollo humano igualitario, ni tampoco para expresar un modelo de protección sostenible para el medio ambiente.

En segundo lugar, el Partido de los Trabajadores (PT) de Dilma Rousseff no constituye ninguna fuerza política de izquierda porque la ideología ha muerto en el manejo del poder. En Brasil, las decisiones se mueven alrededor de la habilidad para preservar la presión corporativa de los empresarios nacionales y transnacionales, que ven a la economía brasileña como el eje más importante de las Américas, capaz de opacar, tarde o temprano, a los Estados Unidos. Si bien para muchos esto puede parecer una exageración, la fuerza con que chocaron las protestas de la gente común para oponerse al Mundial de fútbol, y la firme decisión del gobierno de Rousseff para priorizar las inversiones futboleras por encima de cualquier política social de alivio a la pobreza, no son otra cosa que el propósito de mantener a Brasil como el país que está conquistando los mercados internacionales de América Latina, Europa y Asia, aun cuando deba soportar un alto costo social.

GLOBALIZACIÓN. Como nunca antes, la política exterior brasileña está supeditada a las políticas de libre comercio que privilegian las redes de globalización interdependiente, antes que la redistribución de la riqueza con un enfoque más humano. Todo esto pensando en que la gente de a pie pueda sobrevivir como sea, luego de observar atónita cómo se encareció su nivel de vida en más de 300% desde 1996. Rousseff es juzgada negativamente porque su gestión no redujo la alta inflación, tampoco subió una tasa de crecimiento económico que no llega al 1% anual en 2014, a lo cual se suman las acusaciones de corrupción, convirtiendo a Brasil en un gigante de ambigüedades y desalientos.

La desigualdad apenas se redujo del 0,594 al 0,527 entre 2004 y 2014, según el índice de Gini. En el modelo brasileño no pueden articularse equilibradamente el crecimiento económico orientado hacia el mercado mundial, la reducción de la desigualdad, la inflación que afecta el nivel de vida de los más pobres y la política social que siempre está sometida a las prioridades de la inversión extranjera directa y a las decisiones macroeconómicas que benefician a los sectores más ricos.

Lo mismo sucede con las propuestas y el estilo de liderazgo alternativo que brinda Aécio Neves, quien logró el segundo lugar en las presidenciales del 5 de octubre, pues el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), que pisa fuerte en la política de los últimos 20 años, no tiene otra prioridad que tomar el gobierno para proseguir con el modelo de globalización exportadora y financiera. Además, representa al discurso emocional para, supuestamente, cambiar o beneficiarse del descontento masivo en contra de tres gestiones gubernamentales del PT.

Uno de los pilares que sostienen la orientación globalizadora en Brasil es el proyecto denominado Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA), diseñado con el fin de profundizar la integración física, energética, redes de transporte, comunicaciones e incluso promover un nuevo tipo de ambiente político institucional. IIRSA está empezando a dar resultados pero dentro de un marco geopolítico que aumente el comercio dentro América Latina y donde Brasil pueda importar recursos naturales de otros países sudamericanos para después vender bienes de consumo en toda la región.

CONTINUIDAD. Por lo tanto, no importa si Rousseff es reelegida como presidenta o si Neves captura el gobierno. Cualquier liderazgo presidencial está en la obligación de proseguir y fortalecer los proyectos de un tipo de empresariado mundial que, en el caso brasileño, está directamente conectado al capital internacional, una gran fuerza con la capacidad de invertir en la infraestructura sudamericana cuyo propósito supremo sea facilitar la explotación de recursos naturales hacia diferentes países por fuera de América Latina.

Es por esto que el grupo financiero más grande de Brasil, XP Investimentos, está desarrollando negocios en aquellos mercados financieros que son considerados como escenarios potencialmente millonarios de la región, por ejemplo, Perú, Chile, Colombia y Argentina. Las estrategias internacionales de Brasil tienen la finalidad de promover a sus élites económico-empresariales, quienes están íntimamente asociadas al capital internacional para aprovechar las perspectivas globalizadoras de la región, es decir, favorecer al capital extranjero gracias al mercado mundial y encumbrar a Brasil como el actor dominante en las Américas.

Cualquier cambio de liderazgo presidencial es importante para la política doméstica, pero hacia afuera, las orientaciones siempre serán las mismas: el PT o el PSDB apuntan a una superioridad brasileña internacional que establezca un precedente geopolítico en los mercados latinoamericanos, por encima de China y Estados Unidos.

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