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América Latina, ni de rojo ni a la izquierda

La conclusión es que, a diferencia de los años 90, en la actualidad existe una región variada, heterogénea y con fuertes diferencias internas en la izquierda. América Latina hoy estalla en matices, colores y tendencias.

La Razón (Edición Impresa) / Rogelio Núñez Castellano

00:00 / 02 de marzo de 2014

Chichicastenango es una preciosa localidad guatemalteca que celebra los jueves un tradicional mercado de textiles y artesanías, punto de atracción para turistas deseosos de conocer la cultura indígena maya. Todos concuerdan en que acudir a Chichi, como popularmente se conoce a esta población, acaba convirtiéndose en una experiencia irrepetible pues se asiste a una explosión de colores y de olores provenientes de las ricas y cuidadas telas que las vendedoras indígenas quichés colocan ante los ojos de los interesados.

Desde un punto de vista político, Latinoamérica se parece a Chichicastenango en lo que se refiere al despliegue de variedades de tendencias políticas y partidarias. Pensar la región de manera uniforme ha sido, y es, un error. Creer que políticamente América Latina “gira a la izquierda” (el manido término utilizado a mediados de la década pasada) o que “gira a la derecha”, como sostenían en torno a 2010 analistas como Álvaro Vargas Llosa, o que ahora en 2013-2014 “se tiñe de rojo” o “se vuelca a la izquierda” es ver la realidad con anteojeras ideológicas. O lo que es peor, supone ignorar la heterogeneidad política que históricamente caracteriza a la región.

Los que alegremente suman peras y manzanas (“la región gira a la izquierda” porque en 2013 fueron reelegidos Rafael Correa en Ecuador y Michelle Bachelet en Chile) no toman en cuenta, en primer lugar, las enormes diferencias que separan a las izquierdas en la región.

En realidad, más que de una dinámica entre izquierda y derecha, algunos autores consideran que en América Latina hay que hablar de una polaridad entre un modelo democrático y respetuoso con las libertades (opción que sustentarían figuras como Bachelet en Chile, a la izquierda, o Santos en Colombia, a la derecha) de un modelo de corte claramente autoritario cuyo máximo representante sería el chavismo en Venezuela.

Las diferentes izquierdas (el nacional-populismo de un Hugo Chávez, y sus herederos por un lado, y el centroizquierda bacheletista y lulista por otro) no pueden ser englobadas bajo un mismo paraguas ideológico. Estas diferencias son mucho más que anecdóticas pues afectan a libertades esenciales. Así, por ejemplo, el régimen chavista ha cerrado medios de comunicación opositores, como la RCTV en 2007, mientras que Dilma Rousseff defiende “la total e irrestricta libertad de prensa”. “Por mi historia personal”, ha dicho, “quiero que sepan que esa libertad es la única alternativa al silencio de las dictaduras”.

Como recordaba Enrique Krauze, la izquierda moderada ha llevado la modernidad y el progreso a los países en los que ha gobernado, mientras que la izquierda nacionalista y populista ahoga las libertades: “En América Latina (como en España con el PSOE) las grandes reformas las han hecho, por lo general, gobiernos de izquierda que abandonan toda retórica revolucionaria a cambio de la vía reformista, adoptando esquemas liberales o socialdemócratas… Los mismos países que hace unos años levantaron su voz airada en el golpe de Honduras, han permitido que en Venezuela y otros países de Alba se ahoguen las libertades cívicas hasta volver impracticable a la democracia”.

En segundo lugar, no solo es que en América Latina exista una izquierda muy heterogénea y difícilmente clasificable en una sola categoría, sino que además en la región coexisten tres grandes tendencias políticas (de centroderecha, de centroizquierda y del “socialismo del siglo XXI”).

Cuando hace una década se acuñó el famoso (y simplista) concepto de “giro a la izquierda”, este término olvidaba no solo la heterogeneidad de esa izquierda, sino la existencia de fuerzas de centroderecha en el poder, como el PAN en México, ARENA en El Salvador y el uribismo en Colombia. Pero ahora la situación es aún más marcada pues el centro y la centroderecha gobiernan de forma mayoritaria en Norte y Centroamérica (el PRI de Enrique Peña Nieto en México, Otto Pérez Molina en Guatemala, Porfirio Lobo en Honduras, Laura Chinchilla en Costa Rica y Ricardo Martinelli en Panamá) y en el Caribe (Danilo Medina en la República Dominicana). Dos son las excepciones entre los ocho países de esa zona: Mauricio Funes en El Salvador (que es un ejecutivo de centroizquierda democrático y reformista, con serias diferencias con la marxista exguerrilla, su teórico apoyo legislativo) y Daniel Ortega en Nicaragua.

En Sudamérica la situación es, ciertamente, más equilibrada pero también heterogénea ya que tres gobiernos son de centroderecha, tres de centroizquierda y tres del “socialismo del siglo XXI”, además de la inclasificable Argentina de Cristina Kirchner. Existen tres presidentes de centroderecha (Juan Manuel Santos en Colombia, Horacio Cartes en Paraguay y todavía Sebastián Piñera en Chile), tres de centroizquierda (Ollanta Humala en Perú, Dilma Rousseff en Brasil y José Mujica en Uruguay) y cuatro del también heterogéneo “socialismo del siglo XXI” y aliados (Nicolás Maduro en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Cristina Kirchner en Argentina).

Se trata, por lo tanto, de una región dividida en tres tercios casi iguales, donde ninguna de las tendencias tiene un predominio abrumador y donde los cambios electorales mantienen la coexistencia de esas mismas tendencias. De hecho, el “socialismo del siglo XXI” experimenta un claro estancamiento, pues desde 2009 ningún nuevo país se ha unido al Alba, que ha perdido aliados como la Honduras de Manuel Zelaya (2009) o el Paraguay de Fernando Lugo (2012). La centroderecha ha avanzado, sobre todo en Centroamérica (Panamá en 2009, Honduras en 2010 y Guatemala en 2011) y el más fuerte incremento se ha dado en la  centroizquierda, sobre todo en Sudamérica, con las victorias de Humala en 2011 o Bachelet en 2013.

Así, las elecciones presidenciales de 2013 fueron un fiel reflejo de esta situación: ganaron los candidatos del “socialismo del siglo XXI” donde ya gobernaban (en febrero en Ecuador y en abril Venezuela), la centroderecha en Paraguay y Honduras, y la centroizquierda en Chile. Una heterogeneidad que, a priori, va a seguir en 2014, año en el que la derecha es favorita para ganar en Costa Rica, El Salvador (al menos en la segunda vuelta) y Colombia, la izquierda moderada en Brasil y Uruguay y el “socialismo del siglo XXI” en Bolivia.

La conclusión es que, a diferencia de los años 90, en la actualidad existe una región variada, heterogénea y con fuertes diferencias internas en la izquierda. América Latina hoy estalla en matices, colores y tendencias.

Es docente investigador de la Universidad de Alcalá

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