Animal Político

Andrés Soliz Rada, un año después

Susz replantea ‘la contradicción principal’ que usó  el primer ministro de Hidrocarburos de Evo Morales para pintar sin matices el hoy.

Andrés Soliz Rada. Foto: La Razón

Andrés Soliz Rada. Foto: La Razón

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz Kohl / La Paz

00:00 / 03 de septiembre de 2017

Se cumple este 2 de septiembre un año de la muerte de Andrés Soliz Rada, tiempo durante el cual quedó patentizada la significativa pérdida que para la política boliviana representó aquel lamentable óbito, en particular en el empobrecido ámbito del debate ideológico (me excuso por apelar a terminología en “desuso”, decretan los devaneos posmodernos y sus ondas expansivas).

Ello justo cuando América Latina, Patria Grande cuyo destino desvelaba a Andrés, confronta un nuevo trance histórico crucial ante el reempoderamiento de las expresiones extremas del neoliberalismo, en sintonía con el regreso triunfal de las expresiones más sombrías del conservadurismo —ahora rebautizado por algunos analistas como “populismo de derecha”—, en los países del centro hegemónico.

Verbigracia: el impensado éxito electoral de Trump, aupado en el auge de la posverdad; el voto mayoritario a favor del Brexit con su propia cuota de rancio rencor por esplendores imperiales marchitos; el triunfo de Macron en Francia merced a la flagrante contradicción entre el discurso y la práctica del socialismo, lo cual engordó el desencanto con la izquierda —fenómeno común a todos los países del “centro”—, usufructuado por el elegido para anunciarse como la alternativa frente al clivaje izquierda/derecha, cual si negar las contradicciones equivaliese a resolverlas; el crecimiento en fin, en todo el viejo continente, de los partidos racistas, vástagos de un “eurocentrismo” trasnochado, rentabilizando el pánico cebado en la crisis humanitaria de las oleadas de inmigrantes huyendo de sus avernos atizados por el rebrote fundamentalista de diversos signos y sus expresiones autoritarias.

En la vecindad el panorama muestra igualmente oscuros bemoles con la arremetida de Temer y Macri en contra de las transformaciones operadas en sus respectivos países, para motorizar la restauración de las viejas estructuras de poder y devolverles a los beneficiarios tradicionales sus privilegios, contando, claro está, con el guiño favorable de sus pares en el proceso global de regreso a un pasado que se suponía, equivocadamente, archivado.  

Tiempos confusos, turbulentos. Urgidos de voces firmes, de miradas capaces de ver más allá de las modas teóricas, de los chats irresponsables que degradan lo político a una masa informe de chismes, noticias inventadas o directamente fabricadas, escándalos de pacotilla, memes idiotas y rumores ponzoñosos. Todo eso encasillado —peor aún, legitimado— bajo el rótulo de posverdad, eufemismo acuñado para no llamar a la mentira por su nombre cuando no importa si los hechos son o no ciertos, solo interesa el impacto emocional inmediato.

De cara a tan desolador entorno, casi estoy tentando de escribir, si no fuese una torpeza, que presintiendo lo que se venía Chichi Soliz decidió a tiempo hacer mutis por el foro.

Presunciones irrespetuosas al margen, las arriba mentadas circunstancias contextuales, vuelven a poner sobre el tapete la candente vigencia, por ejemplo, de un necesario debate a corazón abierto acerca de la “contradicción principal”, asunto recurrente en la producción teórica de Soliz, al cual respondía planteando que tal antinomia, en buena medida irresuelta en la práctica, opone a los países semicoloniales —dependientes— con los centros hegemónicos, con el imperialismo, vamos (sigo con la melancólica apelación a conceptos sacados de circulación sin reemplazo consistente ni convincente).

Tal asunto no niega, ni agota, la complejidad del proceso sociohistórico, es el eje ordenador para una lectura perspicaz de pasado y presente, a falta de la cual no resulta dable desentrañar con acierto los retos camino al porvenir, sabido cómo es que éste no responde a ninguna linealidad ni fatalismo heterónomo, es siempre producto de la construcción autónoma, inasible a su vez sin los insumos imprescindibles que solo puede suministrar la crítica radical a la historia pergeñada por los vencedores.

Éstos cuentan ahora con dispositivos mucho más eficientes, seductores y amables —el soft power que le dicen— para proseguir con la colonización de las conciencias, desviando la atención colectiva desde los problemas centrales hacia asuntos colaterales o directamente a la banalidad espectacularizada y el consumismo frenético. Lo cual no hace otra cosa que ahondar ese reiterativo reclamo de pensar las cosas con la debida congruencia volviendo sobre las lecciones dejadas por Soliz, figura aun insuficientemente valorizada del pensamiento y la acción política boliviana del último medio siglo.

  • Pedro Susz Kohl es concejal de La Paz y cineasta

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