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Aportes al debate sobre Zavaleta Mercado

¿Se debería rechazar la crítica de la obra zavaletiana porque sí? Desde luego que no, ésta es necesaria para el avance de las ciencias sociales, pero ni Fernando Molina ni HCF Mansilla aciertan a realizar una crítica objetiva y que respete mínimamente lo afirmado por el autor orureño, deslegitimando este necesario emprendimiento.

La Razón (Edición Impresa) / Javier Baldiviezo Guzmán

00:04 / 24 de mayo de 2015

Recientemente se ha producido un interesante debate sobre la obra de René Zavaleta Mercado (en el suplemento Ideas del matutino Página Siete), sin duda uno de los principales intelectuales bolivianos del siglo XX. La polémica inició con “¿Por qué criticar a Zavaleta?” de Fernando Molina, siguió con “Miseria de la crítica” de Raúl Prada, y la consiguiente “Respuesta a Raúl Prada” de parte del primero. Sigamos el curso de esta discusión.

En el primer artículo mencionado, Molina comienza apelando al subterfugio de que sería necesario criticar a Zavaleta porque es influyente; aunque algunas líneas más abajo expresa que lo que realmente quiere decir es que el autor orureño “no piensa bien a Bolivia”, no obstante se trate, según él, de una expresión ‘genial’ de esta forma de ‘no pensar bien a Bolivia’ (sic).

Siguiendo con este artículo, son tres las críticas que Molina realiza a la obra que se dispone a estudiar: que no se trata de un pensamiento democrático, que es determinista, además de populista.  En cuanto a la primera crítica, Molina parece creer, prejuiciosamente, que los únicos portadores de acciones violentas son los sectores nacional-populares —tan caros a Zavaleta—, olvidando que la mayor parte de la violencia desatada en nuestra historia no viene precisamente de éstos.

Al afirmar que la obra de Zavaleta constituye un pensamiento determinista, Molina tergiversa de manera muy poco sutil al objeto de su crítica, lo cual sin duda facilita su labor, pero a la vez desnuda la insostenibilidad de su argumentación. Así, este autor dice que el orureño sería “un historicista extremo que hace depender del pasado casi cada aspecto del presente”, desconociendo que Zavaleta cree que no debe exagerarse la importancia del momento constitutivo, a pesar de su relevancia, pues de lo contrario, debería hablarse no de política, sino de destino (El desarrollo de la conciencia nacional, p. 186). El crítico también indica que la Bolivia presentada por el orureño sería un país “heterónomo, que no depende de sí mismo”, descartando las apelaciones zavaletianas al concepto de forma primordial como el marco de autodeterminación que tiene cada país, o sea, como una medida negativa de la dependencia (Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial).

Finalmente sostiene que Zavaleta es populista, lo cual parece, a la luz de la poca definición del concepto utilizado, más una diatriba —Molina detesta el populismo— que una caracterización seria. Aquí también afirma que habría cierto mesianismo en su obra, lo cual denota la poca profundidad de sus razonamientos, y que al hablar de crítica, no parece referirse al examen o juicio de la obra que estudia, sino a su simple y llana descalificación.

Como respuesta a este escrito, Prada sostiene que Molina se habría basado en una “caricatura” de la obra objeto de su crítica, logrando solamente una interpretación “esquemática” y “maniquea”.

Luego, en un siguiente artículo, en la respuesta a la respuesta de Prada, Molina se queja —de manera justificada— de que su contendor no se digne en nombrar el artículo que pretende descalificar. Ya en este segundo artículo, Molina se niega rotundamente a tomarse la molestia de ‘comprender la estructura conceptual de la obra’ —reclamada por Prada—, aludiendo que esto implicaría “centrarse en las relaciones internas de los conceptos de Zavaleta, comentar su obra en sus propios términos”. Bueno, pues, es aceptable que se niegue a realizar una crítica interna a una escuela de pensamiento a la que no pertenece, y contra la cual emite constantemente ácidas recriminaciones; pero no es eso lo que Prada le exige, sino simplemente que comprenda la obra contra la cual decidió estrellar sus dardos de turno. Molina se defiende aludiendo que su crítica sería, más bien, de carácter lógico; pero ¿acaso para ello es necesario tergiversar la obra que se pretende criticar? Parece legítimo creer que no.

También vuelve a afirmar que Zavaleta sería determinista, por acudir a inferencias de tipo causal, explicando que “una causa nunca ‘duda’ o ‘delibera’, sólo provoca un resultado” (sic). Sin tomar en cuenta que Zavaleta también afirma que “lo que hay que definir son las fases de determinación lineal de la infraestructura económica sobre lo superestructural y los momentos (que son netos cuando existen) de primacía de lo político. Esto no habla de una cuestión de leyes sino de situaciones” (Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial, 169) ¡Vaya determinista aquel que prefiere las situaciones a las leyes! Pero Molina tampoco toma en cuenta que incluso autores como (Max) Weber acuden a “los métodos usuales de imputación causal” (Ensayos sobre metodología sociológica, 176) sin que por esto deban ser caracterizados como deterministas.

Pero en algo sí acierta Molina, y es cuando recuerda que Zavaleta había afirmado, en La caída del M.N.R. y la conjuración de noviembre, que “el golpe de Estado nada vale por sí mismo pero tampoco es por sí mismo abominable”; aunque aquí también (Molina) se desentiende de algo, y es que Zavaleta llega a sostener, algún tiempo después, que el gobierno de (Juan José) Torres (no surgido de elecciones) resultó ser más democrático que muchos otros que llegaron al gobierno vía el escrutinio electoral; de donde resulta que Zavaleta no cambia la democracia por el golpe de Estado, sino que diferencia —seguramente no de la manera más afortunada— entre el acceso al poder y el ejercicio del mismo. Aquí valdría la pena que Molina recuerde que el análisis de toda obra intelectual no debe contentarse con encontrar afirmaciones aisladas, sino aspirar al hallazgo de regularidades en el pensamiento esgrimido, pues son éstas las que revelan las constantes dignas de análisis crítico.

Ahora bien, ¿es que acaso se debería rechazar la crítica de la obra zavaletiana porque sí? Desde luego que no, ésta es necesaria para el avance de las ciencias sociales bolivianas, pero ni Molina ni (HCF) Mansilla —con quien el primero tiene bastante cercanía— aciertan a realizar una crítica objetiva y que respete mínimamente lo afirmado por el autor orureño, deslegitimando este necesario emprendimiento. Cierro estas líneas esperando que en algún momento aparezcan críticas serias y adecuadamente fundamentadas de una obra que también tuvo imprecisiones y limitaciones; aunque… ¿qué autor no las tiene?

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