Animal Político

Apropiación del escenario político y teatralidad

La oposición en el drama político

La Razón / Ricardo Aguilar Agramont

01:00 / 15 de enero de 2012

Cuando se habla del “escenario” político, es lógico hacer una relación inmediata con el teatro. En realidad, la democracia y el teatro están ligados desde su origen dentro  la cultura occidental. Es más, ambos comparten una noción que los define. La ‘mimesis’ (concepto que procede de Aristóteles en su libro La poética) es la esencia de las artes escénicas y significa —si le restamos su problematicidad— ‘representar’ (imitar con la acción, actuar, a un personaje asumiéndolo).

¿No es entonces la democracia por esencia mimética, es decir, una representación en una asamblea? Idealmente, el sistema democrático preconiza una suerte de mimesis en que una persona ‘representa’ a muchas otras. Es en ese sentido, no es del todo descabellado hablar de un teatro democrático.

De este modo, en Bolivia, toda una nueva escenografía política ha sido montada desde el ascenso vertiginoso de Evo Morales Ayma, comenzando en las elecciones de 2002 hasta las de 2009. La irrupción del todo novedosa de los personajes-indígenas-campesinos pijchando coca en la rebautizada Asamblea Legislativa Plurinacional construyó un paradigma simbólico nunca antes visto y que ahora forma parte ineludible de la tramoya electoral.

Como dice el analista político Marcelo Varnoux “el MAS ha indigenizado la política, lo que no ha tenido sino un impacto visual (con indígenas detrás de escritorios) mucho más que en un cambio de la gestión pública. De cualquier modo, ninguna fuerza opositora va a poder prescindir de este sector de ahora en adelante”. Puede, entonces, pensarse que no hay tal indigenización, sino una especie de maquillaje.

Discursivamente, el libreto también ha experimentado nuevas tendencias que, asumidas o no auténticamente, están orientadas hacia el uso, siempre demasiado pomposo, pretencioso y abusivo (incluyendo plenamente a quienes lo pusieron en boga, es decir el MAS), de la idea de “cambio”, que simbólicamente se ha enraizado profundamente en la mente del electorado. Éstos son los dos elementos estructurales de la tendencia de la teatralidad de la representación democrática.

En este sentido, MSM es el que ha tenido los mejores dramaturgos al apropiarse de ambos componentes: un nuevo libreto y la pretendida indigenización. En cuanto a lo primero, el MSM ha sabido mantener el “discurso del cambio” al que le añadió el giro temático del reencauzamiento del mismo. Esta posición interpela con mayor efectividad a una ciudadanía que pide ver “cambio” en la representación teatral. El nuevo libreto del MSM diría: “hay una desviación en el proceso de cambio, aunque es susceptible de ser corregida por nosotros”.

“El MSM tiene la ventaja de ubicarse en un plano ideológico similar al del MAS, en el marco del ‘proceso de cambio’. Eso le da mayor llegada a la ciudadanía. El discurso del cambio ha impregnado la opinión pública y así puede construir una ideología alternativa”, opina la politóloga María Teresa Zegada.

En referencia a lo que correspondería al nuevo “vestuario” propuesto por el MAS, es decir, la inclusión de indígenas en las plataformas electorales, el MSM también supo leer la moda teatral. Esto se pudo ver en las elecciones municipales y de gobernaciones de 2010, donde puso a sus candidatos en La Paz: Simón Yampara para la Gobernación  y  Abel Mamani para la Alcaldía.

Ambos de apellidos de origen indígena, gesto que, precisamente, los espectadores-votantes demandan a las troupes electorales.Convergencia Nacional es un caso anacrónico que, aún habiéndose hecho evidentes los nuevos elementos de la ahora transformada escena, persistió con las características de la anterior a 2003. No puso indígenas en sus plataformas y discursivamente tampoco aprovechó la nueva simbología del “cambio”; al contrario, insistió en su dramatis personae (o elenco) con figuras que casi eran sinónimos perfectos de todo lo que el electorado rechazaba,  coincidiendo con la cuestionada partidocracia: Manfred Reyes Villa y Leopoldo Fernández.

“El partido que forma Reyes Villa es un grupo no del todo orgánico, que lo único que tenía era una candidatura presidencial el 2009 y un discurso de resistencia al oficialismo”, dice Carlos Hugo Molina. 

Unidad Nacional, por otro lado, intentó leer y apropiarse de manera muy tímida de un “vestuario” de candidato indígena en las elecciones del 2009, que no fue nada más que un maquillaje (incluyendo a su líder Laruta, quien gana protagonismo con un apellido indígena y rostro mestizo). Pusieron a varias personas de apellido Mamani, Yanarico, Choque, etc., solamente en sus listas de diputados uninominales y plurinominales, cosa que disminuyó su visibilidad.

En cuanto al elemento discursivo de moda del guión, es decir el del “cambio”, UN mantuvo una propuesta centrada en conceptos relacionadas al trabajo, desarrollo y productividad. Por supuesto, estos signos lingüísticos tan utilizados y repetidos al menos desde hace décadas, para los interlocutores del mensaje no son más que significantes vacíos.

“UN es un partido que si bien no tuvo buenos resultados electorales, se ha mantenido en las elecciones con un mismo discurso que ha sido muy sencillo y, claro, no obstante no interpeló a los votantes. En todo caso, es un partido estable, manteniéndose en el espectro de sistemas de partidos políticos”, juzga el analista Marcelo Silva.

En cuanto a los actores de la obra, es decir el Dramatis Personae de cada una de estas fuerzas, el peso simbólico que acapara Evo Morales ha restado radicalmente las posibilidades de representar un rol protagónico a Juan del Granado y a Samuel Doria Medina, quienes tendrán que contentarse, salvo que el MAS continúe cometiendo mayores errores, con el papel de miembros del coro trágico y muy lejos de interpretar el modesto papel de un corifeo.

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