Animal Político

Apuesta ciudadana ante la crisis de España

Con la crisis de la izquierda tradicional de España se busca cómo canalizar políticamente el descontento de los indignados en ese país. Aparece una iniciativa: Podemos, que  tiene rasgos comunes con los procesos populares de ruptura en Latinoamérica

La Razón (Edición Impresa) / Íñigo Errejón Galván

00:03 / 23 de febrero de 2014

La situación política en España se encuentra marcada por un bloqueo. El empobrecimiento acelerado y la pérdida de legitimidad de las élites tradicionales, agravada por los continuos escándalos de corrupción, han producido una crisis política —una auténtica crisis orgánica, territorial, cultural e institucional del régimen inaugurado en 1978— que, sin embargo, el ciclo de protestas abierto el 15 de mayo de 2011 no ha sido capaz de precipitar un cambio político.

En un Estado sólido, las grietas en el consenso no fracturan los aparatos de control ni los dispositivos de la sociedad civil que impiden las “irrupciones catastróficas” de la economía en la sociedad política, en términos de Antonio Gramsci. Tampoco la expansión horizontal del descontento ha encontrado hasta el momento plataformas adecuadas para su articulación, ni en las narrativas tradicionales de las izquierdas ni en la identidad de clase (muy golpeada por la fragmentación y precariedad del mundo laboral). Los movimientos de protesta, con un repertorio discursivo y de acción colectiva marcado por la irrupción del 15M o movimiento de los indignados, han logrado modificar la agenda del país, politizar problemas que ayer se vivían como dolores privados y hoy son imputados a las élites (falta de vivienda, precariedad laboral, exilio forzoso) y generar parte del semillero de ideas, palabras y símbolos de la contestación social. Han impactado sensiblemente en el sentido común de la época, pero no han logrado traducir la indignación y el descontento generalizado en “voluntad de poder” y en un proyecto alternativo de país, según las categorías del vicepresidente boliviano, Álvaro García.   

Mientras tanto, se despliega una ofensiva oligárquica que ya está transformando el Estado, rompiendo los equilibrios del pacto social de la Constitución de 1978 en un sentido elitista y conservador: distribución de la renta, eliminación del poder contractual colectivo de los trabajadores, ataque sobre la educación, las pensiones o la sanidad pública, legislación represiva contra las protestas y contra los derechos de las mujeres. Son distintos aspectos del intento de los sectores dominantes de huir de la crisis económica y política “hacia delante”: estrechando el espacio del pluralismo y las posibilidades democráticas en el orden institucional, y disciplinando a la población por medio del empobrecimiento, el desempleo y la precariedad.

Esta ofensiva, si dispone del tiempo suficiente, modificará el país de forma definitiva, tal y como sucedió con el proyecto thatcheriano en Inglaterra en los años 80 del siglo pasado. En concreto, profundizará un patrón de periferia de la Unión Europea empujando a España a ser, como Grecia, un país “en vías de subdesarrollo”. Los movimientos de contestación popular, por tanto, no cuentan con el tiempo a su favor ni tienen todo el que desearían.

En este contexto se presentó hace un mes en Madrid la Iniciativa Podemos, impulsada por activistas e intelectuales de cara a las elecciones de mayo al Parlamento Europeo. La iniciativa se reclama “no un partido ni una coalición de partidos sino un método para el protagonismo ciudadano y popular”. Propone que las fuerzas políticas, por la superación del régimen caduco de 1978 y de la Unión Europea neoliberal y oligárquica, confluyan en torno a un programa mínimo de recuperación de la democracia y la soberanía popular secuestradas, freno a los recortes y al empobrecimiento, y rechazo de la deuda ilegítima. Propone además que la composición de las listas electorales y del programa final sea el resultado del protagonismo ciudadano abierto. Ello porque parte de la premisa de que hay mucho más descontento popular fuera de las organizaciones políticas tradicionales que dentro, y que la construcción de un pueblo por el cambio político y la refundación del país (o, en el caso del Estado Español, atravesado por la plurinacionalidad, de los países) pasa por mecanismos de participación que cuenten con, pero vayan más allá de, los procedimientos internos de las organizaciones.    

Podemos ha iniciado un proceso de recogida de apoyos que ya ha agitado notablemente el tablero político y abre una posibilidad de incorporar a él importantes bolsas de descontento inorgánico. La iniciativa solicitó, para dar el siguiente paso adelante, recibir al menos 50.000 avales ciudadanos por internet antes del 8 de febrero: los logró en menos de 48 horas y ahora se acerca a los 100.000. Al mismo tiempo, se han ido creando, en un interesante proceso de desbordamiento, “Círculos Podemos” por todo el país, en muchos casos por ciudadanos anónimos, que plantean el reto de saber estructurar este modesto pero creciente caudal político en formas democráticas de participación, que no asfixien la ilusión en el militantismo ni entren a disputar un hueco en el abultado y estrecho mercado de siglas existentes.   

Al menos tres rasgos de la iniciativa Podemos remiten a las enseñanzas de los procesos de ruptura popular y cambio político en Latinoamérica, que algunos de sus impulsores han estudiado en profundidad. En primer lugar, el uso estratégico de los liderazgos, en particular mediáticos, como el de Pablo Iglesias, y de formas plebiscitarias como palancas para abrir dinámicas de protagonismo popular, algo que fricciona con la matriz liberal de buena parte de las izquierdas europeas. En segundo lugar, la impugnación del modelo según el cual (pese a las numerosas experiencias en contra) la fuerza se acumula en “lo social” y después se expresa en “lo político”, apostando, por el contrario, por que sea la dinámica político-electoral un momento de articulación de voluntad popular por el cambio donde antes solo había fragmentos. En tercer lugar, la convicción de que para alterar sustancialmente las correlaciones de fuerza, los que desafían el orden constituido deben proponer nuevos alineamientos, nuevas fronteras que construyan nuevas identificaciones. De ahí la voluntad de tener un pie en el sentido común de su tiempo y otro en sus posibilidades más avanzadas. De ahí el discurso democrático-popular y relativamente transversal, que asalta los significantes vacíos fundamentales de su tiempo (“democracia”, “país/patria”, etc.)  con el que la iniciativa está ampliando el campo político usando un lenguaje y unas figuras que van más allá de los marcos de la izquierda, para incorporar y articular el descontento con la “casta política” y los recortes, en un sentido plebeyo-ciudadano (aquí es clave la traducción geopolítica de las experiencias latinoamericanas) y transformador (lo que en el caso español solo puede significar destituyente-constituyente) en lugar de gatopardiano o conservador.   

Sea cual sea la evolución de esta arriesgada iniciativa, ha llegado a remover un escenario político en impasse, más necesitado de audacia, comprensión de la contingencia de la política y miradas largas, que de prudencias y apego a las sagradas escrituras, que han sido contradichas en todos y cada uno de los procesos de ruptura e irrupción popular.

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