Animal Político

Asedios del pasado

La herencia de la Revolución del 52

La Razón / Óscar Vega Camacho

00:00 / 01 de abril de 2012

Se me invitó a escribir sobre el 9 de abril de 1952, fecha instituida como el emblema del triunfo de la Revolución Nacional —así, con mayúsculas, como nos enseñaron y siguen enseñando en la escuela— y no pude encontrar otro nombre a este texto más que aquél que sirve como una posible conjura ante los espectros persistentes. Por supuesto, lo que está en juego es nuestra idea de nacionalismo, revolución y liberación nacional.

Por tanto, no se puede evitar revisitar a René Zavaleta Mercado, ya que “su obra es una biografía del 52” según la caracterización de Mauricio Souza Crespo, editor de su Obra completa en curso actualmente. En 1971, en un artículo titulado Reflexiones sobre abril, escribe: “Abril ¡qué palabra! […] Pero abril es como una isla que aparece. En realidad es una montaña sumida. Sólo vemos su cumbre exterior, pero lo importante es la existencia de la montaña como totalidad. Su carácter tampoco está dado solamente por la distribución de clase en la batalla misma; resulta, sobre todo, de su dependencia con relación al proceso que culmina. Es ilegítimo separar la crisis o culminación de su proceso. La vinculación que hay entre ambos se parece a la que existe entre el héroe y la clase. Aquél depende de lo que hace ésta, pero quizás la clase no se culmina mucho después sin el héroe. Pues bien: abril fue el suceso-héroe del proceso de la insurrección de las clases de la alianza democrática-burguesa.”

Cabe destacar que se estaba planteando la urgencia de desmenuzar aquel “suceso-héroe”, lo cual conlleva a trabajar en el proceso, o los procesos que lo producen, como los que desencadenará. ¿Cuál es, entonces, su lugar y su función en el tiempo-acontecimiento como revolución y modernidad? ¿Qué está inaugurando como el nuevo tiempo del Estado y la cultura nacional? Es decir, nos hemos formado y educado para pensar y actuar desde este “momento constitutivo” —como gustaba decir Zavaleta— como aquel hecho intempestivo que funda la oportunidad para ingresar a la modernidad política desde la liberación nacional y la lucha contra la anti-nación: ciudadanía plena y universal, derechos sociales, políticas públicas y fuertes empresas estatales versus la rosca, la oligarquía, los hacendados, los latifundistas y el imperialismo.

Aunque paradójicamente en el mismo acto de instituirlo —simultáneamente— se nos plantea que es una tarea inacabada o como una revolución interrumpida. Y los hechos, sus posibles héroes y aquellas extrañas heroicidades de la plebe en armas nos asedian una y otra vez… Quizás, la denominada biografía intelectual política de Zavaleta sea como una esfinge en el pensamiento político boliviano, o, por ello mismo, el fantasma nacionalista que nos ronda y nos asedia…  y, por lo tanto, nos oprime y nos coloniza, una y otra vez.

Es un escándalo para muchos que al hablar del nacionalismo se lo asocie al colonialismo, aunque, para ser precisos, es un sentido común desde la perspectiva indígena, ya que, finalmente, a nombre de la nación y lo nacional, se ha expropiado, desposesionado, oprimido y explotado a los pueblos y naciones indígenas, antes, recientemente y aún ahora. Ésta es la lucha en curso, la actual disputa política por un horizonte de vida y  de lo viviente, por una transformación de la condición estatal y por un Estado Plurinacional.

Vayamos por partes, ya que los asedios del pasado son múltiples y exigen un trabajo cauteloso y preciso para poder ensayar y realizar sus conjuras para los vivientes y la vida, y no vaya ser que queramos destruir y enterrar todo por el prurito de la fe y las ideas y convicciones, como buenos y disciplinados nihilistas y progresistas.

El primer gesto para captar estos asedios debe partir de la propia indicación de Zavaleta: “abril es como una isla que aparece. En realidad es una montaña sumida”. Es decir, no nos quedemos encandilados del suceso-héroe, hay que pensarlo como un proceso que forma parte de otros más amplios, densos  y complejos. No es una fecha, diríamos, es un acontecimiento, porque inicia e inaugura otra forma de entender y practicar la vida en sociedad y en las prácticas políticas. Liberarse, emanciparse, hacerse sujetos de los sucesos y hechos es el acto por excelencia de democratizar el espacio de la política, en las raíces de nuestra tradición como sociedades modernas. El asunto es espinoso cuando lo hacen aquellos que no cuentan como tales, es decir, cuando pelean y luchan para ser reconocidos como sujetos, aquéllos que son y serán parte de la muchedumbre, plebe e indios. Aquí nuestra tradición modernista se incomoda, y se silencia    e invisibiliza, porque es para ellos: desorden, anarquía y caos.

El segundo sesgo ante estos asedios es asumir plenamente su carácter de masas y multitud, aquella profunda vocación colectiva de los acontecimientos, una producción social de la política y de sus gestos, íconos y figuras. Para ello, hay que derribar a los ídolos suplantadores y acabar con la narrativa oficialista de los sucesos, por ende, con la visión partidaria del relato, como el triunfo y la fundación de los movimientistas. Es urgente desacralizar la versión de los hechos como acto, fracaso o hasta traición del partido del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), porque de uno u otro modo es la versión en torno al partido y sus liderazgos, de sus incontenibles batallas, melodramas y envidias protagónicas y siempre dentro de sus aires de familia. Además de la desacralización, hay que restar y, por ello usurpar, el campo político eclipsando los múltiples modos, lenguajes y la pluralidad de subjetividades.

El propio Zavaleta, en sus escritos tardíos, denominaría “lo nacional popular”, que es más acorde a los movimientos de la sociedad, a diferencia de sus primeras aproximaciones de carácter obrerista que hablan del “lumpenproletariado”. Por ende, replanteando “la crisis o culminación de su proceso” con que trataba al ciclo nacional o nacionalista.

Por último, no olvidemos que los asedios son también interpelaciones, como una llamada, que nos interrogan ante una, o más de una, memoria y por ello nos hace responsables de la posible respuesta. Los asedios del pasado son entonces convocatorias a las memorias o capas de memoria que nos configuran y posibilitan transformar el estado de cosas y el orden establecido de la situación colonial actual. Ésta es la inquietud de la respuesta para vivir bien.

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