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Bolivia y la investigación de su historia

Otro error es creer que no habría existido propiedad privada en el imperio incaico; esto revela que aún no se investigó la existencia de extensa propiedad privada de tierra en manos de la nobleza de los ayllus. Tampoco se ve el caso de los yanaconas y los mitimaes, propiedad privada de los nobles.

La Razón (Edición Impresa) / Bernardo Corro Barrientos

00:02 / 09 de noviembre de 2015

Profesores de Historia, Antropología y Arqueología de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) escribieron hace poco el documento De los orígenes a los Estados prehispánicos (Tomo I de Bolivia, su historia), donde se tratan los temas de Tiwanaku y los incas. El período prehispánico en general es poco investigado en Bolivia. El objetivo del documento sería “repensar y utilizar las nuevas propuestas teóricas planteadas en los ámbitos científicos por historiadores nacionales y extranjeros”. Los estudios en realidad fueron realizados por investigadores extranjeros principalmente. Esto reitera que en la universidad boliviana no se hace investigación pese a los importantes recursos con que cuenta. Algo similar ocurre en Perú.

En cuanto al enfoque, los autores advierten que rechazan “las visiones que consideran a la historia como herramienta para la creación de la unidad nacional o para descubrir leyes y regularidades o para prever el futuro”, por lo que no se proponen “entregar una interpretación que pretenda ser la única y verdadera”. El enfoque utilizado es sobre todo el funcionalista, corriente fuertemente dominante en las universidades de La Paz desde hace varias décadas. Este enfoque tiene la tendencia a menguar y alterar la estructura de los imperios andinos como el tiwanakota e inca y enfatizar sus aspectos religiosos e ideológicos. Factores como los económicos, productivos y sociales juegan un papel desdeñable.

Respecto a los restos arquitectónicos de Tiwanaku, por ejemplo, en la Presentación se los subestima afirmando que “la reconstrucción de Kalasasaya en la década de 1970 posiblemente tuvo el propósito de mostrar la monumentalidad de Tiwanaku y la intención de resaltar los logros de este Estado, llegó incluso a adjudicarle calidad imperial, expansión en un amplio espacio geográfico, monumentalidad de su ciudad principal y un enorme número de habitantes” (p. 25). Lamentablemente, no se indica lo que estaría mal de este monumento, por qué no tendría carácter monumental y por qué no tendrían las otras características que se señala.

Con reticencia, los autores admiten, sin embargo, la existencia de un Estado en Tiwanaku. Éste se habría formado gracias al “poder ideológico de una élite”, lo que le habría permitido “convencer” a la gente a entregar su fuerza de trabajo para construir pirámides, templetes, etc. (p. 74). La religión sería entonces el factor creador del Estado. En cuanto a la expansión territorial, serían las “prácticas rituales” emitidas desde Tiwanaku las que habrían causado la dominación de sociedades de otros lugares. La expansión en Perú, en Bolivia y al norte de Argentina y Chile se habría basado en “la difusión de una nueva religión” (p. 76). Debido al carácter pacífico de su expansión —ya que no se habrían hallado restos de guerras en esos lugares— Tiwanaku no podría ser considerado imperio.

Este enfoque no reconoce que un Estado es una institución que sintetiza los intereses económicos, ideológicos y políticos de una clase dominante, no solo religiosos, por lo que se dota de distintos órganos como el administrativo, económico, religioso, judicial, policial, militar y otros. El Estado, según los contextos, puede ser pacífico, agresivo o expansivo. En cuanto a los Estados de principios y mediados del primer milenio en Los Andes, éstos, si podían, eran expansivos y si no, eran dominados por otros. Tiwanaku pudo ser un Estado expansionista e imperialista y dominó las comunidades más pequeñas de un amplio territorio. En algunas regiones no fue necesario usar la fuerza puesto que las comunidades pequeñas podían ser sometidas fácilmente. No fue tampoco necesario construir grandes fortalezas militares, como tuvieron que hacerlo otros imperios como el Wari y el Inca. El imperio tiwanakota, por ser temprano, adoptó características de ocupación diferentes. Es un grave error considerar que la existencia de grandes pertrechos militares en las regiones constituye el único criterio de la existencia de un imperio.

    Respecto a los incas, sucede lo mismo. Aquí tampoco se encuentran avances de investigación respecto a lo conocido desde hace más de cincuenta años. Los autores admiten, sin embargo, que esta sociedad, contrariamente a Tiwanaku, habría sido simultáneamente Estado e imperio. Tendría carácter imperial debido a su “expansión territorial en un corto periodo de tiempo” mediante, “algunas veces”, la fuerza militar, los intereses económicos, el control de la producción, la distribución de los recursos y la subordinación de la población conquistada” (p. 170). ¿Por qué estos criterios serían válidos para los incas y no para Tiwanaku? Un criterio considerado importante sería que los imperios tendrían “corta duración”, mientras que los Estados durarían más, como Tiwanaku. Este argumento es deleznable. La existencia de un Estado o imperio no depende de si tiene corta o larga duración, ya que su permanencia reside en el carácter de las fuerzas que los enfrentan. En el caso de Tiwanaku, las fuerzas contrarias eran diferentes al caso inca.

Para los autores, la jerarquía estatal y la jerarquía social del imperio serían la misma. Los especialistas de esta corriente siguen empantanados en esta apreciación, lo que revela que no detectaron aún la diferencia entre la nobleza como clase social y los funcionarios estatales. Si bien los altos dignatarios del Estado pertenecían a los linajes incas, la gran mayoría de los nobles no eran funcionarios estatales (p. 171). Otro grave error es creer que no habría existido propiedad privada en el imperio (p. 172), lo que revela que aún no investigaron la existencia de las extensas propiedades privadas de tierra en manos de la nobleza de los ayllus. Tampoco analizaron el tema de los yanaconas y los mitimaes, propiedad privada de los nobles.

Algo también objetable es la creencia que la producción del sistema estaba destinada a la “redistribución”, siguiendo el enfoque tradicional de John Murra, de Nathan Wachtel, de María Rostworowski y otros sobre la existencia de supuestos mecanismos de “reciprocidad y de redistribución” (p. 182). Es incorrecto hablar de “redistribución” ya que el reparto de bienes de consumo por el Estado a los campesinos se efectuaba no para “contribuir a su bienestar”, sino para reproducir su fuerza de trabajo, cuando producían bienes y servicios, “sin reciprocidad”, en favor de la nobleza.   

Finalmente, en cuanto a la tecnología y a la metalurgia, se afirma correctamente que “La tecnología metalúrgica fue una de las más relevantes en el período inca dado que el área andina fue la cuna de la metalurgia” (p. 199), pero el tema se lo trata con desdén. Se enfatiza el tema del oro, la plata y la orfebrería, pero no se trata el tema relevante de la metalurgia dirigida a la producción de los sectores productivos. Tampoco se advierte que la metalurgia era más desarrollada en Tiwanaku que entre los incas.

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