Animal Político

Bolivia necesita el mar

En la mayor parte de los casos, el celo por la soberanía no es otra cosa que el afán de conservar la impunidad para los crímenes que se cometen en el interior.

La Razón (Edición Impresa) / José Vasconcelos Calderón fue escritor, filósofo y político mexicano (1882-1959). Texto proporcionado por Jorge Mansilla Torres, residente en México

00:00 / 02 de abril de 2017

Cada vez que pienso en Bolivia recuerdo la página —una de las más bellas de toda la literatura iberoamericana— en que un gran escritor satírico denuncia ante el mundo el crimen de mantener a Bolivia distante, separada del mar.

Ningún patriota continental puede permanecer indiferente ante el problema. Bolivia necesita el mar. De todas las empresas que en este instante se hallan pendientes en nuestra patria común, ninguna es más urgente que cortar esa soga que ata y asfixia el cuello de la nación hermana. La soga de un lindero que ahorca a 4 millones de gentes hoy (agosto 1926), y seguirá ahorcando a 20, a 40 millones de gentes mañana. Un lindero que es fruto de la guerra, el disparate y el odio. Un lindero que es baldón del sentimiento continental.

Cada vez que pienso en Bolivia, cada vez que se piensa en el porvenir dichoso de las naciones todas del sur, se ve que es indispensable desgarrar el mapa, correr las tintas, y de un modo o de otro ligar el color que corresponde a Bolivia con los tonos azules que marcan el sitio del extenso Pacífico.

Bolivia con litorales, como era antes. Bolivia con puertos, Bolivia ensanchada. ¿Qué patriota de Iberoamérica no ha soñado con las flotas de los 20 pueblos, recorriendo mares y marcando rumbos al destino? ¿Y por qué ha de faltar eternamente entre esos vageles [bajeles] del porvenir, la bandera de Sucre, la bandera del país que se bautizó con el nombre del libertador? ¿La nación para la cual cada hermana vecina dio una parte, desgarrada después y ahorcada, por los mismos que le dieron ser, carente de entrada a las corrientes que van de norte a sur y occidente a oriente, por todas las capacidades ilimitadas de la historia?

¿Con qué derecho se disputan Chile y Perú una franja de tierra, por lo menos una porción de esa franja de tierra, que debiera ser, que irrevocablemente es un derecho exclusivo de Bolivia?

¿Y qué clase de patriotismo y de concepto continental es el nuestro que no mira que sacrificar a Bolivia es tan grave como sacrificar a Chile o sacrificar a Perú? ¿Por qué no se comprende que el interés del boliviano es el mismo del chileno, el mismo del peruano, es decir, el interés de crear patrias grandes y libres, como base del Estado futuro común?

La página más negra de toda la negra Guerra del Pacífico es la página en que se privó a Bolivia de una salida al mar. Una situación así no puede perdurar. Si Bolivia jamás hubiese tenido puerto sería forzoso dárselo. Si Bolivia no tuviese ningún derecho al Litoral, sería indispensable crearle ese derecho. Aún si Bolivia no quisiera ocupar un puerto, sería menester obligarle a tomarlo.

O se suprime a Bolivia o se le da un puerto, esto es tan elemental que lo entiende un niño. Y si embargo, ha escapado del todo a las personas que han estado interviniendo en los recientes esfuerzos para terminar la cuestión del Pacífico. Desde antes de que se viera palpable el fracaso de dichos esfuerzos, ya sabíamos que no podían conducir a ningún fin, porque desde el principio no tomaban en cuenta el interés Bolivia.

Llevamos años de estar oyendo hablar de los derechos de Perú y de los derechos de Chile sobre las provincias en disputa, pero pocas, muy pocas veces, se recuerda que el verdadero derecho —aún sin leer una letra de tratados y acuerdos— es el derecho de Bolivia para reconquistar sus litorales.

Es ya no solo injusticia sino torpeza estar discutiendo y tratando los asuntos comunes como si fuésemos naciones extrañas que buscan ventajas unas a costas de las otras. La batalla del antinacionalismo hay que librarla en el Pacífico. Entiéndase bien que hablo de antinacionalismo en el sentido del sacrificio de los intereses nacionales a los intereses continentales.

Nacionalidades, las nuestras, mal hechas y peor regidas, ¿qué valen todos sus títulos y vanidades delante del verdadero patriotismo que existió, antes de la creación de las nacionalidades y que tarde o temprano tendrá que cuajar en un ideal más robusto que todos los patriotismos contemporáneos?

¿Por qué laberinto se extravía nuestro criterio que no quiere ver que hemos caminado para atrás en materia de sentimiento patriótico? Causa pena reflexionar en que hace unos 100 años estábamos más unidos que ahora. En efecto, a raíz de la independencia común, los nacionales de uno y otro pueblo iban y venían sin hacerse extranjeros al atravesar fronteras. Sin trámite alguno de nacionalidad, servían en puestos públicos y tomaban parte en la política, hoy aquí, mañana allá, y esto se veía natural y ventajoso. De hecho fuimos una patria y lo fuimos mientras perduró la influencia de los libertadores, la influencia de la gran generación que libertaba pueblos y creaba patrias.

Mientras la América tuvo por cerebro a Bolívar, mientras tuvo por corazón a Sucre, era fácil tomar hoy un pedazo a Chile para darle a Bolivia o corregir el lindero de Bolivia para agrandar a Chile, aquello que se hacía en grande y conforme a una justicia superior. Pero después de Bolívar y después de Sucre, y después de las grandes figuras de la independencia, el poder público fue pasando a las medianías ensoberbecidas por el azar, o peor aún a los francamente pícaros. Iturbide en México, después de perseguir durante 10 años a los caudillos de la independencia, se hace del poder, traicionando al soberano español y eliminando a los patriotas de la cosa pública.

Casos menos notorios se reproducen en Sudamérica donde un Ovando complicado en la muerte de Sucre, logra, sin embargo, escalar la presidencia. En general, caudillos de segunda fila conquistan el poder mediante el crimen o la intriga y comienza entonces una época de sombrías dictaduras, que naturalmente desarrollan celos y rivalidades externas.

En la mayor parte de los casos el celo por la soberanía no es otra cosa que el afán de conservar la impunidad para los crímenes que se cometen en el interior.

Lo natural hubiese sido que el pueblo más adelantado prestara ayuda a los demás para organizarse políticamente y económicamente, pero como esto no conviene al interés personal del dictador del momento, se cierran entonces y se afirman las fronteras y cada serie de dictadores va dejando más estrecho el concepto de patria y cada patria se siente, ella sola, erguida y amenazante con la misma ridícula insolencia del déspota que no conoce otra mira que mantenerse en el poder.

Las rivalidades de los gobiernos fueron creando, de tal suerte, ya no solo la separación de Estados que eran hermanos, sino posibilidades de guerras y discordias, hasta que se llega al bochorno de la Guerra del Pacífico.

¿Hay algo más triste que pensar que tres naciones de nuestra raza han ido fomentando un patriotismo que se funda en victorias y ventajas obtenidas por una nación castellana sobre otra nación castellana, y esto cuando tenemos planteado el problema del destino común, frente al más grande poder que han conocido los siglos?

¡Bolivia ahorcada! ¡Que todos los patriotas de la América recuerden que Bolivia necesita un puerto! ¡Que no se transija ninguna cuestión sin que antes se arregle que Bolivia recobre su puerto! ¡Que no se hable de Iberoamericanismo si no se exige la justicia evidente de Bolivia!

El medio de lograr esa justicia no nos interesa a los que estamos lejos, el procedimiento ha de ser cosa que resuelvan los mismos que están dentro del conflicto. ¿Compensaciones territoriales a Chile? ¿Convenios directos, arbitraje iberoamericano? Poco importa. Lo que importa a Bolivia es tener sus puertos, como antes. Lo que nos importa a todos los iberoamericanos es que Bolivia tenga su puerto, su mar.París, agosto de 1926.

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