Animal Político

Bolsonaro y los yanomami

‘Mi gente no ha dicho que quiere ser blanca, que queremos dinero’.

La Razón (Edición Impresa) / Dom Phillips es periodista de The Guardian

00:00 / 09 de enero de 2019

La líder indígena y fotógrafa que luchó para crear la mayor reserva tribal de Brasil advierte que podría estar amenazada por el gobierno ultraderechista del presidente electo Jair Bolsonaro. Éste ha dicho que la reserva yanomami, que con 9,6 millones de hectáreas es el doble de grande que Suiza, es demasiado grande para su población indígena.

“El presidente ya ha dicho que el territorio yanomami es muy grande. No sé si intentarán reducirlo”, cuenta la fotógrafa Claudia Andújar, cuyas imágenes se han mostrado por todo el mundo. “¡Ya hemos luchado mucho! Y tendremos que continuar”.

Bolsonaro tomó el cargo con la promesa de legalizar la minería y la agricultura comercial en reservas indígenas y acabar con la “fiesta de las multas” de las agencias medioambientales. El Presidente ha prometido ayudar a los mineros artesanales de oro ilegales, llamados ‘garimpeiros’, cuyo trabajo destructivo en el Amazonas ha sido descrito por los activistas como una epidemia. El próximo ministro de Medioambiente de Bolsonaro, Ricardo Salles, cuyo nombramiento fue recomendado por la agroindustria, dijo que quiere “la defensa del medioambiente con el apoyo del desarrollo económico”.

“No quieren respetar donde vivimos”, denuncia Davi Kopenawa Yanomami, líder indígena, chamán de la comunidad yanomami de Brasil y presidente de su asociación, Hutukara. “La selva es un lugar sagrado para el pueblo yanomami… no queremos que los blancos lo arruinen”, añade.

Bolsonaro ganó la elección con una agenda de extrema derecha, alabando incluso la dictadura militar que dirigió el país entre 1964 y 1985 y prometiendo reducir décadas de protección indígena y amazónica.

Andújar, de 87 años, que nació en Transilvania, ha tenido una vida extraordinaria. Ella y su madre suiza escaparon del Holocausto, pero su padre, judío húngaro, y la mayor parte de su familia murieron en campos de concentración nazis. Huyeron a Nueva York, donde se casó con un refugiado español antes de mudarse a Brasil.

Trabajó como fotógrafa para revistas como Life y la brasileña Realidade. En los 70, pasó largo tiempo con los yanomami, entonces uno de los grupos más aislados de Brasil.

Su trabajo se hizo político cuando el gobierno militar empezó a construir una autopista por tierra yanomami que formaba parte de un plan de integración para desarrollar el Amazonas a la fuerza y poblarlo con trabajadores sin tierra de la zona semiárida del noreste.

El informe de un fiscal del gobierno militar reveló que durante la dictadura los indígenas del Amazonas fueron torturados, asesinados e incluso tribus enteras fueron aniquiladas. Y tal y como mostró la Comisión de la Verdad de Brasil sobre los abusos de derechos humanos a manos del Estado, la autopista resultó ser devastadora para los yanomami. No se pensó en el impacto que tendrían las enfermedades a las que no eran inmunes y el sarampión, la gripe y la tuberculosis diezmó comunidades enteras. Andújar se convirtió en una trabajadora de la salud, fotografiando gente yanomami para los registros médicos.

“Enfermaron, no había nadie allí y murieron”, cuenta Carlo Zacquini, de 81 años, un misionero católico italiano que trabajó con Andújar. “Intentamos ayudar”, añade.

Andújar fue expulsada de tierras yanomami en 1977, pero volvió un año después con Zacquini y el antropólogo Bruce Albert para establecer la comisión para la creación del Parque Yanomami. Conoció a Kopenawa en los 70, cuando solo era un chico. A pesar de que un empleado del Gobierno le dijo que no hablase con ella, él cuenta que Andújar le enseñó a luchar por los derechos de los yanomami. “Era buena, una mujer valiente que asumió la responsabilidad que prometió… salvó la vida del pueblo yanomami”, cuenta.

La tierra yanomami es rica en minerales. Mineros artesanales que dragan ríos en búsqueda de oro, contaminándolos con el mercurio que utilizan en la extracción, empezaron a entrar en los 70. En los 80 la invasión se convirtió en inundación. La agencia indígena de Brasil, Funai, lo alimentó al abandonar la zona y posteriormente expulsando a las ONG y grupos religiosos después de que el Gobierno ampliara un aeropuerto. Las epidemias barrieron a los yanomami mientras unos 40.000 ‘garimpeiros’ trabajaban en sus bosques.

Andújar y Kopenawa viajaron por todo el mundo, defendieron su causa en Europa y entregaron al secretario general de la ONU un contundente informe sobre sanidad y saneamiento en 1989. El Gobierno brasileño propuso dividir el territorio convirtiéndolo en un “archipiélago” de 19 zonas protegidas más pequeñas –un plan que hubiese sido desastroso para la gente–, pero lo abandonaron días antes de acoger la Cumbre de la ONU de la Tierra en 1992 y demarcaron la reserva que ahora Bolsonaro amenaza con reducir.

“He trabajado en esto durante años”, cuenta Andújar. “Fue un momento muy difícil, pero, como dije, lo conseguimos”, añade.

El gobierno de Bolsonaro planea trasladar Funai a un nuevo Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos presidido por Damara Alves, una pastora evangélica. Alves es cofundadora de un grupo religioso que junto a otra organización misionera fue  obligada por un juez a eliminar de la web un documental falso sobre el infanticidio en grupos indígenas. En otro caso, los fiscales han pedido una indemnización de 675.000 euros por daños causados por la película.

Alves ha dicho que revisará la política de Brasil de no contactar con los más de 100 grupos indígenas aislados que existen en el país, una política fijada por Funai desde 1987. Ante tales comentarios, especialistas de la agencia escribieron una carta abierta defendiendo la política.

“No respetará a la comunidad indígena de Brasil”, denuncia Kopenawa. El lunes, Bolsonaro confirmó informaciones locales de que su equipo de transición está preparando un decreto para revocar el estatus de reserva protegida de Raposa Serra do Sol, otro territorio indígena situado en Roraima, mismo estado en el que se encuentra la reserva yanomami, para poder explotar sus riquezas minerales e “integrar a los indígenas en la sociedad”, según informó el periódico O Globo.

Kopenawa no está de acuerdo con la visión de Bolsonaro de que los indígenas quieren adoptar el estilo de vida consumista de Occidente y de que se deberían desarrollar sus tierras. El líder indígena cree que la tierra yanomami, donde todavía viven grupos aislados, debería respetarse.

“Mi gente no le ha dicho a nadie que quiere ser blanca, que queremos la minería, que queremos dinero. El dinero es efímero como la lluvia”, señala. “El dinero es como el viento… Viene y se va. Nunca he visto un indígena rico en nuestro país”, sentencia.

(*) Tomado de Other News. Voces en contra de la corriente.

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