Animal Político

Brasil en su acontecer político

No se puede decir que el PT ha transformado a Brasil en un “Estado socialista”; ha efectuado cambios reformistas, como lo hacen todos los “gobiernos progresistas”: incrementando la inversión social, ampliando la política de los bonos, incursionando estilos de nacionalización de la economía, apoyándose en el Alba y Unasur.

La Razón (Edición Impresa) / Raúl Prada Alcoreza

00:01 / 02 de noviembre de 2014

En los últimos comicios se ha reelegido a Dilma Vana da Silva Rousseff como presidenta de la República Federativa del Brasil. Con esto van cuatro gestiones seguidas del Partido de los Trabajadores (PT). Las elecciones que llevaron a Luiz Inácio Lula da Silva a la Presidencia por primera vez marcaban una diferencia del 1% entre el ganador y el segundo; la diferencia que llevó a la presidencia a Dilma, por segunda vez, marca una diferencia menor. Los “analistas políticos” se han apresurado a decir que Brasil está dividido en dos. ¿Lo está desde la asunción al poder de Lula? ¿Antes no estaba? Este tipo de análisis político es pobre, no responde a preguntas, responde a prejuicios.

Los gobiernos de Lula y de Dilma forman parte de lo que se viene en llamar los “gobiernos progresistas” de Sudamérica, junto a Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Argentina, el denominado “giro a la izquierda”. Estos gobiernos se diferencian de los anteriores, que ejecutaban un proyecto neoliberal, por su convocatoria populista, por su carácter nacionalista, por su pretensión de marchar al “socialismo del siglo XXI”, aunque las diferencias con las políticas monetaristas, que caracterizaron al neoliberalismo, sean solamente discursivas. Algo que es análogo a los “gobiernos progresistas” es su pragmatismo y realismo político; las llamadas transiciones hacia el socialismo se hacen largas y su objetivo cada vez más parece inalcanzable, sobre todo por las contradicciones profundas que desatan los “procesos” políticos y sociales.

CANDIDATURAS. La pugna de la segunda vuelta se dio entre el PT y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que llevaba a la candidatura presidencial a Aécio Neves da Cunha. Esquemáticamente se puede decir que se enfrentaban un proyecto social, cuyo núcleo orgánico es sindicalista, además de campesinista (por el Movimiento sin Tierra, el movimiento campesino más grande del mundo) contra un proyecto neoliberal que, a pesar de nombrarse Social Democracia, ya no tiene para nada el carácter con la que nació la Social Democracia europea en el siglo pasado.

Hay que anotar, sin embargo, que los tejidos se cruzan. El PT en el gobierno ha generado una burguesía sindical que se ha hecho cargo de las AFP, manejando millonarios fondos; burguesía sindical, ahora, más cerca de la burguesía tradicional de Brasil, la burguesía industrial, y de la herencia de la vieja oligarquía de “Café con Leche”. Los empresarios brasileños en realidad financian a ambos bandos, hacen lobbies en ambos lados, dependiendo si se trata del Gobierno Federal o de los gobiernos de los estados de la federación.

No se puede decir que las gestiones del PT han transformado a Brasil hasta el punto que ya se puede hablar de un “Estado socialista”; estas gestiones han efectuado cambios reformistas, como lo hacen todos los “gobiernos progresistas”, salvando las diferencias; incrementando la inversión social, ampliando la política de los bonos, incursionando estilos de nacionalización de la economía, apoyándose en organizaciones como el Alba (Alianza Boliviariana para los Pueblos de Nuestra América) y Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), organizaciones que pretenden encaminarse a la integración.

El efecto de estas políticas ocasiona una mejora, no sustancial, de las condiciones sociales de las mayorías; efecto que se manifiesta en el engrosamiento significativo de contingentes poblacionales hacia las clases medias. Se puede decir que este es el efecto social de los “gobiernos progresistas”. Sin embargo, la sociedad como formación social, no ha dejado de tener las características de formación económico-social capitalista, con las características del capitalismo dependiente, estudiadas por Ruy Mauro Marini.

OPORTUNIDAD. Algunos “analistas” hablan de los resultados electorales que llevaron nuevamente a la presidencia a “progresistas” como de una “nueva oportunidad”. Estos “analistas” olvidan que no se trata de oportunidad, como si fuera un juego de azar o de un llamado a la responsabilidad, sino de la mecánica de las fuerzas, del alcance de las contradicciones inherentes a los “procesos”. Los “gobiernos progresistas” están demasiado atrapados en la telaraña del poder como para lograr aprovechar una oportunidad. Como se dice popularmente, mucha agua ha corrido bajo el puente. Al respecto, algo que hay que decir categóricamente es que el cambio de curso, la “reconducción del proceso”, frase empleada en Bolivia, no depende de los gobiernos (éstos forman parte del poder) sino de las sociedades, de lo que hagan los estratos vitales de la sociedad, del mismo modo que la ruptura con el proyecto neoliberal, en lo que respecta a la forma de gobierno, ha dependido de las movilizaciones sociales. Mientras las sociedades se encuentren adormecidas por el discurso populista con tonalidad socialista, no son posibles cambios de curso.

Ciertamente hay que diferenciar el gobierno de Dilma de lo que podría haber sido el gobierno de Aécio Neves, una forma de gobierno de carácter populista a diferencia de una forma de gobierno neoliberal. Esta diferencia no anuncia una “nueva oportunidad” sino la continuidad de la política pragmática y del realismo político que, incluso, puede encaminarse a mayores retrocesos, a mayores analogías con los anteriores gobiernos. No se pueden caer en esos dilemas bizantinos de qué se prefiere, el mal menor o el mal mayor. Lo que importa es saber qué se hace en lo que respecta a postulados irrenunciables como las emancipaciones y liberaciones múltiples, la independencia y la autonomía, la integración de la Patria Grande. Este “qué se hace” depende de la reactivación de los movimientos antisistémicos, no de gobiernos atrapados en el burocratismo, en la corrosión institucional, en el pragmatismo político, que cada vez más es una excusa discursiva que encubre la decadencia.

El análisis detallado de la distribución de la votación en Brasil puede llevarnos a las diferencias del comportamiento en la geografía política, a las diferencias por estratos sociales, encontrando sintonías y di-sintonías; sectores populares que votan por el PT, pero también lo hacen sectores medios altos y parte de la burguesía; sectores medios altos y gran parte de la burguesía, además de la vieja oligarquía terrateniente, vota por PSDB, pero también lo hacen sectores populares, parte de ellos que apoyaron a María Osmarina Marina Silva Vaz de Lima, afiliada al Partido Verde, que salió tercera, contra los pronósticos, en la primera ronda electoral. Estos desplazamientos quizás se deben al desgaste del gobierno del PT, llevando ya cuatro gestiones. No tanto desgaste debido a la prolongada temporalidad, sino desgaste por desencantos populares.

No hay mucho que especular sobre la victoria de Dilma. El PT, sin lugar a dudas, es el partido más fuerte del Brasil; es un partido-Estado, como ocurre con los partidos populistas de América Latina que logran prolongarse en la temporalidad política. Generan tejidos políticos y clientelares en todo el campo social; son pues bloques clientelares de gran alcance. Además, lo que no hay que olvidar, generan tejidos estratégicos con la burguesía nacional, así como se ha efectuado la concomitancia política y social desde Lázaro Cárdenas hasta Evo Morales Ayma, teniendo en cuenta todas las diferencias históricas. En lo que respecta al PT de Brasil, está en mejores condiciones de proyectar una geopolítica nacional y continental que los partidos menores de la llamada “derecha”.

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