Animal Político

La COB en la Revolución de 1952, un momento fundador para su larga historia

17 de abril, los orígenes de la Central Obrera

La Razón / Magdalena Cajías de la Vega

00:01 / 22 de abril de 2012

En las celebraciones en torno a los 40 años de la Revolución del 9 de abril de 1952, ha dado la impresión de que el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) es el que se ha apropiado de ésta, es decir, que ha sido capaz de construir imaginarios históricos más o menos generalizados sobre su papel central    en ese momento de gran trascendencia histórica para el país.

   Paralelamente, la Central Obrera Boliviana (COB) ha celebrado los 40 años de su fundación —la que ocurrió cuando aún estaban frescas las huellas de las batallas insurreccionales— sin que en esas rememoraciones se hagan referencias más contundentes sobre su indiscutible papel en la caída del régimen oligárquico y la construcción posterior del Estado del 52.

Sin embargo, desde el triunfo mismo de la insurrección, ocurrida el 11 de abril, la COB estaría presente. Aún no se había conformado como matriz sindical de los sectores obreros   y populares del conjunto del país, pero quienes serían su columna vertebral, los mineros, y su futuro secretario ejecutivo Juan Lechín Oquendo, habían jugado un rol gravitante en los acontecimientos.

Como relata el periódico El Diario, los insurrectos comandados por Lechín tuvieron destacada actuación el 10 de abril, pues, “la intervención de ese grupo fue decisiva para el triunfo del movimiento, puesto que, pese a sus escasos efectivos, logró reducir a gruesas fracciones del Regimiento Lanza y el Colegio Militar”. (El Diario, 13 de abril de 1952).

En cuanto a la presencia de los trabajadores mineros, el mismo órgano de prensa señala: “A las 11, en El Alto, grupos de mineros aparecen con municiones. Unos llegan a entrar en Tembladerani y toman el ferrocarril con municiones. Allí cercan al Ejército que se va rindiendo”. Se trataba de los trabajadores de la mina de Milluni, quienes lograron derrotar al comandante del Ejército, Torres Ortiz, quien, en su intento de salvar sus tropas, se había replegado a El Alto. Mientras tanto, en Oruro, mineros llegados de Huanuni, Siglo XX y Catavi, junto a los del lugar, impidieron el paso de los batallones militares  enviados desde el sur de la República para reforzar a las tropas   leales al Gobierno.

Esa participación, junto a la memoria de las luchas obreras y populares desarrolladas en contra del sistema oligárquico desde la década del 30, que se intensificaron en el sexenio (1946-1952) y provocaron el desgaste y la deslegitimación del régimen, fueron percibidas por los trabajadores como un momento de encuentro con su poder, su capacidad combativa, su orgullo de clase y su identidad positiva. Fue, sin duda, un momento fundador para el desplegar posterior de su accionar.

El propio Lechín, en un emotivo discurso emitido por radio Illimani, señaló en esos días: “Los trabajadores de las minas, que a través de una época ‘jabonada’ de sangre en los campos de María Barzola, Huanuni, Siglo XX, Uncía, Incahuasi, habían ganado gallardamente un puesto de vanguardia en la lucha emancipadora contra el capitalismo financiero, os dicen por mi intermedio (...) que lucharán sin claudicaciones para consolidar la Revolución Nacional y devolver a Bolivia el control de sus riquezas”. (La Razón, 11 de abril de 1952).

El 17 de abril, representantes de prácticamente todas las organizaciones sindicales y populares, como las de los mineros, fabriles, petroleros, ferroviarios, campesinos, artesanos, estudiantes de secundaria, universitarios, artistas y muchas más, se reunieron bajo la conducción de Lechín Oquendo con el objetivo de crear una organización matriz que los aglutine a todos, aunque desde el primer momento se estableció que los obreros proletarios tendrían la representación mayoritaria de la nueva organización, así como     la Secretaría Ejecutiva.

Dos días después, aprobaron una Plataforma de Lucha que fue publicada por el periódico La Nación. En ella se determinó:

1. Luchar por la nacionalización de las minas y ferrocarriles. Revolución Agraria. Diversificación industrial y creación de nuevas fuentes de riquezas.

2. Defender las conquistas sociales y promover la consecución de nuevas fuentes de riquezas.

3. Pedir la derogatoria de todas las disposiciones antiobreras dictadas por los anteriores regímenes.

4. Independencia política. (El Diario, 20 de abril de 1952).

En relación con el punto de “independencia política”, éste se convirtió en un aspecto vital para definir el carácter de la participación de la COB en el proceso revolucionario abierto con la insurrección popular, pues, de su interpretación dependía si la nueva matriz sindical iba a ser cooptada por el partido de gobierno o si, como había ocurrido hasta entonces, los sectores obreros organizados iban a defender el principio de la “independencia sindical”.

Cogobierno. Así, aunque la COB aceptó participar en el Poder Ejecutivo con tres ministros obreros a través del cogobierno MNR-COB, la discusión sobre el carácter de las medidas a tomar llevó a un permanente forcejeo entre los máximos dirigentes —principalmente Lechín— que eran parte de las estructuras políticas del MNR y respondían, en gran medida, al partido, con las bases sindicales —sobre todo las mineras— que buscaban que éstas se tomen de acuerdo con sus expectativas.

Si los primeros contaban a su favor con la gran simpatía popular hacia el MNR, los segundos sustentaban de facto el aparato represivo del nuevo Estado a través de sus milicias armadas, así como una acumulación histórica previa y experiencia de clase que los convertía en un actor capaz de proyectar un poder propio, o como René Zavaleta Mercado señaló: un poder dual.

Justamente fue la manera en que se comenzó a llevar a la práctica las llamadas “banderas de abril” (básicamente nacionalización de las minas, reforma agraria y voto universal) lo que revelará que los sectores obreros y campesinos habían acumulado suficiente experiencia previa como para no cruzarse de brazos frente a las limitaciones ideológicas que el partido de gobierno comenzaba a mostrar. Así, esas medidas fueron tomadas a partir de una combinación de voluntad política desde el poder y capacidad de presión “desde abajo”.

Es interesante también el “control social” que las bases sindicales ejercieron permanentemente sobre sus “ministros obreros”, como se puede advertir en esta resolución emanada de un ampliado de la COB, en la que se dice: “Los compañeros Juan Lechín y Germán Butrón están obligados a informar con carácter permanente a sus bases mientras ejerzan sus cargos ministeriales de todo cuanto políticamente interesa a la relación de fuerzas entre explotados y explotadores. Los representantes obreros ante la COB tienen derecho de pedir informaciones y presentar interpelaciones cuantas veces estimen conveniente”. (El Diario, 28 de agosto de 1952, página 7).

Y aunque en el I Congreso de la COB de octubre de 1954 las posiciones subordinadas al MNR fueron mayoritarias, cuando incluso se llegó a plantear que ya no era necesaria la “independencia sindical” porque “los obreros estamos en el poder”, tres años después —en el II Congreso de la COB de 1957— y tras haberse dictado la estabilización monetaria que comenzó a retacear las conquistas sociales de abril, la COB cambió de rumbo.

A partir de ese momento, aunque no sin dificultades, la matriz sindical articuló a los diferentes sectores obreros y populares en torno a un discurso contestatario, que comenzó como un rechazo a la inconsecuencia del movimientismo con su propio proyecto para avanzar hacia la adopción del socialismo en su      V Congreso realizado en 1970. Ese mismo año, la COB organizó la Asamblea Popular visualizada como un “órgano de poder”, logró irradiar como nunca su perspectiva clasista y, derrotada por el golpe de Hugo Banzer en agosto de 1971, condujo heroicamente las luchas por el retorno a la democracia hasta 1982.

El “obrerismo” de la COB, pero también la subordinación de las organizaciones sindicales campesinas primero al MNR y después a los gobiernos militares, ocasionó hasta fines de la década de los 70 el distanciamiento de estos dos sectores subalternos que habían sido fundamentales en la construcción y de- sarrollo del Estado del 52.

A 40 años de esos acontecimientos históricos que marcaron profundas transformaciones en Bolivia, y tras momentos de encuentro de gran significado para el presente, movimiento campesino indígena y movimiento obrero parecen estar otra vez enfrentados o, al menos, distanciados.

La COB, pese a su larga crisis iniciada en 1985, a su falta de estrategia política, al vaciado de sus perspectivas de clase, a la carencia de líderes con capacidad de conducción y con mayor claridad ideológica, no ha muerto. Es más, nadie puede desconocer que sus batallas perdidas ante el neoliberalismo sembraron semillas para más adelante, que su participación en octubre de 2003 fue importante y que hoy siguen representando a miles y miles de bolivianos que aún esperan cambios estructurales.

En su último congreso (XV) realizado en enero de este año, como intentando recuperar sus glorias pasadas, dicen: “Asumimos el papel dirigente de la revolución como genuinos representantes de los intereses nacionales” y proponen recuperar la “agenda de 2003”, además de reafirmar la “independencia sindical”.  Para muchos puede tratarse  sólo de nostalgia; posiblemente. Pero su exclusión del proceso de cambio actual puede ser un grave error. La historia lo dirá.

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