Animal Político

La COB ante una nueva encrucijada

No se trata de que la COB asuma actitudes seguidistas; se trata de que tenga un posicionamiento revolucionario y consecuente, que a tiempo de defender lo hasta aquí avanzado frente a los ataques internos y externos, también sea crítica con las tendencias no revolucionarias al interior del proceso.

La Razón (Edición Impresa) / Alfredo Rada Vélez

00:02 / 11 de enero de 2016

Hace tres semanas se realizó en la localidad de San Cristóbal (Potosí) un nuevo congreso de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), organización que por su larga historia (fue fundada en 1944) es la columna vertebral de la Central Obrera Boliviana. Luego de intensos cinco días, el evento concluyó con la aprobación de una tesis política titulada: “Frente a la conspiración reaccionaria, los mineros en la lucha revolucionaria” que fue presentada por el sindicato de Colquiri, una empresa minera nacionalizada ubicada al sur del departamento de La Paz. De esa misma mina salió el nuevo secretario ejecutivo de la Federación, Orlando Gutiérrez, joven dirigente que fue también encargado de defender la tesis en los debates en la Comisión Política y en la plenaria del Congreso.

Esos debates estuvieron marcados por la nueva coyuntura política internacional abierta en Sudamérica tras el triunfo del empresario Mauricio Macri en las elecciones de Argentina, y la irrupción de la derecha en las legislativas en Venezuela, en un contexto de agravamiento de la crisis global del capitalismo que se expresa en la caída de los precios internacionales, fundamentalmente del petróleo, y en la especulación financiera. Particularmente impactantes fueron las noticias que llegaron desde Argentina, no solo a través de los medios informativos sino por boca de familiares bolivianos que viven allá, sobre las medidas tomadas por el macrismo.

Repasemos. La eliminación de los subsidios a la energía doméstica, bajo el viejo argumento del “sinceramiento tarifario”, ha incrementado los montos que las familias destinan para el consumo de electricidad y gas domiciliario; la subida de las tasas de interés bancario del 28% al 38% anual significa para esas mismas familias el encarecimiento del pago de sus deudas con las entidades financieras; la devaluación de un 30% del peso argentino —que pasó en un solo día con el levantamiento de las restricciones cambiarias, de 9,8 a 14 pesos argentinos por dólar— es un impuesto indirecto a la economía de los sectores populares en favor de los grandes exportadores; la inflación de precios de alimentos y medicamentos, como resultado de las medidas anotadas, es algo que el pueblo siente en sus bolsillos, así el nuevo Gobierno haya declarado “emergencia estadística” que impide al Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) proporcionar cifras sobre la inflación real.

El ajuste aprobado por el presidente Macri inevitablemente va a generar precarización laboral afectando a los trabajadores, lo que explica que sea también perjudicada la numerosa comunidad boliviana en el vecino país, considerando que en su gran mayoría son empleados en el sector productivo, de comercio y servicios.

Ya no es teoría, ya no es una hipotética amenaza; es el neoliberalismo en acción como retrató en 1986 el maestro economista Pablo Ramos cuando se refería en el caso boliviano al decreto 21060, parecido en su lógica interna a lo que ahora se aplica desde la Casa Rosada. Y esto es muy importante decirlo, porque en nuestro país hay cronistas que por desinformados o manipuladores buscan convencer que ya no hay diferencias entre la izquierda y la derecha, que no es cierto que en Latinoamérica se esté tratando de restaurar el neoliberalismo, que no hay motivo para preocuparse porque hasta la derecha tiene un rostro social… ¿qué dirán ahora de lo que pasa en Argentina?

Esto de borrar diferencias entre proyectos políticos y modelos económicos no es solo una enfermedad de intelectuales acomodaticios, aqueja también a la ultraizquierda en el mundo sindical. Esta corriente, que no distingue entre el actual Gobierno y los anteriores, en el congreso minero al que me refería comenzando esta nota, propuso recuperar la “independencia de clase frente al nacionalismo burgués de Evo Morales”. Fue derrotada por la mayoría de los congresistas, que aprobaron una tesis política con el siguiente lineamiento: “Vivimos una coyuntura en la que se encuentra la disyuntiva en la que los trabajadores debemos tomar partido. O por el imperio, expresado en los sectores conservadores del país (política de crisis) o estar con la profundización del proceso (política de estabilidad). Por eso se justifica hoy la unidad con el Estado porque el enemigo es uno: el imperialismo estadounidense. Este proceso no es de un grupo de personas; es de los trabajadores”.

Así de claro, con la prosa sencilla y directa de los proletarios, se ratificó el reencuentro entre los trabajadores y el Gobierno para profundizar el proceso de cambio. La Tesis de Colquiri tendrá incidencia decisiva en el XVI Congreso de la Central Obrera Boliviana —próximo a inaugurarse dentro de una semana en la ciudad de Tupiza— si a la posición orgánica de los mineros se suman los petroleros, constructores, fabriles, artesanos y campesinos.

En el caso boliviano, el entronque de la lucha de la clase obrera contra la explotación capitalista con la resistencia de las naciones originarias a la opresión colonialista puede terminar fortaleciendo las tendencias antiimperialistas, comunitaristas y socialistas al mismo tiempo que se profundiza la democracia. Se trata de una nueva estrategia que nace de una visión —que es marxista sí, pero también indianista— que comienza a cuajar al interior de los trabajadores cuando éstos retoman conceptos como el Sumaq Qamaña (Vivir Bien), el respeto a la Pachamama (Madre Tierra) o el mismo Socialismo Comunitario, mencionados por primera vez en una tesis sindical minera.

En el congreso de la COB continuará el debate y de allí puede surgir la propuesta programática para la profundización del proceso, vale decir, el conjunto de medidas que los trabajadores plantean al Gobierno (recalco, un gobierno de los movimientos sociales) en cuanto se refiere a nuevas nacionalizaciones de sectores estratégicos de la economía, a los proyectos de industrialización y generación de empleo, al avance de los derechos laborales, a la soberanía alimentaria, a la revolución agraria, a las políticas de salud, educación, vivienda popular y medio ambiente. No se trata de que la COB asuma actitudes seguidistas; se trata de que tenga un posicionamiento revolucionario y consecuente, que a tiempo de defender lo hasta aquí avanzado frente a los ataques internos y externos, también sea crítica con las tendencias no revolucionarias al interior del proceso, esas que disimulan su moderación llamándola “progresismo”.

Se trata en lo coyuntural de apuntalar la campaña por el Sí en el próximo referéndum, cuya convocatoria promovió la COB y la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam). Asumiendo la estabilidad como continuidad del proceso de cambio para la profundización de las transformaciones, y advirtiendo que hay el riesgo de que la derecha neoliberal intente frenar el proceso de cambio, abriendo así un escenario de confrontación política que lleve a la crisis económica. La disyuntiva está planteada: estabilidad o crisis. Y se definirá el 21 de febrero.

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