Animal Político

Cachascán de clases en el MegaCenter

Se dice que el teleférico rompe con la discriminación y  recorta las diferencias sociales. Esto dista de ser cierto aunque sea un buen medio de transporte. El teleférico no elimina las desigualdades de clase, más bien tiene la consecuencia impensada de sacarlas al descubierto.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Patricio Ramírez

00:01 / 18 de enero de 2015

Si hay un acontecimiento que ha marcado la cotidianidad de los paceños en estos últimos meses ha sido la instalación del teleférico, algo que se esperaba podía ocurrir desde la década de los 90 pero que recién el año pasado ha llegado a materializarse, para beneplácito de quienes habitamos y quienes llegan a visitar la ciudad de La Paz.

Las rutas del teleférico benefician de manera desigual a los habitantes de la ciudad, lo cual era previsible ya que, por lo menos por ahora, se tienen pocas líneas (algo parecido a lo que ocurre con el PumaKatari) pues no se puede instalar teleféricos en todas partes. Sin embargo, lo que difícilmente estaba previsto es que la Línea Verde tuviera como efecto una suerte de lucha de clases (sociales) en acto con el MegaCenter como escenario. Lo que me pregunto es cómo se puede explicar este hecho sociológicamente, no desde la moral ni desde lo políticamente correcto, como se ha estado expresando en diferentes medios. Aquí, algunas consideraciones:

1. En la ciudad de La Paz se cree que las clases sociales tienden a ocupar zonas diferenciadas. Así, más allá de que en la zona Sur es posible encontrar familias de diferentes niveles sociales, existe la creencia colectiva de que, en general, la mayoría de ellas corresponde a la clase alta y a las fracciones más altas de la clase media. De igual manera, se cree que en las zonas alejadas de la zona Sur y del Centro, a medida que se está más cerca de la ladera y de El Alto, o en las villas, las familias que residen en esos lugares son de clases sociales medias o bajas. Esta creencia es imprecisa —especialmente si se toma en cuenta que suele confundirse la clase social con el estilo de vida— pero de alguna manera llega a ser efectiva. De este modo, se pasa por alto la complejidad de la estructura social y se ignora, por ejemplo, que la población alteña también está estratificada, y que en El Alto también hay divisiones de clase detectables. Lo cierto es que Ciudad Satélite no es San Miguel ni menos aún la Rinconada es Beverly Hills. Por lo que he podido observar y escuchar, paceños y paceñas de clase media alta para arriba creen que quienes viven en El Alto pertenecen a los niveles sociales más inferiores, aunque sólo pasen por esa ciudad para dirigirse al aeropuerto.

2. Las expresiones de agravio y de desprecio de parte de los llamados jailones se deben a que muchas personas de El Alto, que han utilizado el teleférico para llegar al extremo de la Línea Verde ubicada en el barrio de Irpavi, han aprovechado este medio de transporte para ir al MegaCenter, centro comercial que se encuentra a solo cinco minutos de la estación de esa línea yendo a pie. Lo que ha ocurrido es un desventurado encuentro entre quienes se creen a sí mismos la crema de la sociedad paceña y que consideran que el Mega es su reducto, y los que inocentemente arribaron al más grande centro comercial de La Paz y se apostaron ahí con similar comodidad con la que lo hacen en el chiji de la plaza del barrio.

No son dos razas diferentes ni dos culturas opuestas, ni si quiera podemos saber estrictamente en qué medida puede tratarse de dos clases sociales desiguales porque no es algo que se haya estudiado con precisión ni de lo que se hayan obtenido datos. Lo que se puede afirmar es que son dos estilos de vida distintos, percibibles y diferenciables. A partir de la apreciación de estereotipos de “pintas” y de maneras, se han dado las expresiones de desacuerdo.

3. Hay una acostumbrada equivocación entre quienes son académicos y los que no: se confunde las clases sociales con las denominaciones que reciben éstas. Así, se llama jailones a quienes se considera son de clase alta, y, por lo menos ante esta problemática, se les dice alteños a quienes estarían en un nivel social bajo. No obstante, con jailón, o su plural jailones, no se designa a un grupo o clase claramente diferenciable en la escala social, sino más bien pareciera que esta palabra solamente adjetiva ciertos aspectos o actitudes estereotipados de clase alta. Algo similar ocurre con la palabra “alteño”, que si bien designa a quienes provienen de esa ciudad no es sinónimo de un nivel socioeconómico específico, como se hace parecer. Los que han manifestado su disconformidad, se dice, son jailones que supuestamente se posicionan en lo más alto de la estructura social. Sin embargo, es algo dudoso, más aún cuando generalmente se recoge esas opiniones de las redes sociales, donde lo único que se encuentra es un conjunto de enunciados de los cuales no es posible conocer los posicionamientos sociales de quienes los emiten.

4. En el algún lugar he leído que el teleférico rompe con la discriminación o que recorta las diferencias sociales. Esto es algo que dista de ser cierto. El teleférico es un medio de transporte que bien puede ser usado por ricos y por pobres. La particularidad es que conecta de manera directa y rápida lugares muy alejados (y a los que se les atribuye un nivel socioeconómico diferenciado) a un precio razonable, mejorando el nivel de vida de los ciudadanos en general, además de ofrecer a los usuarios una alternativa a las incomodidades de minibuses, trufis e incluso taxis. El teleférico no elimina las desigualdades de clase, más bien tiene la consecuencia impensada de sacarlas al descubierto: el traslado por las líneas Verde y Amarilla no solo ofrece una vista maravillosa de la ciudad, además permite observar, por ejemplo, las poco modestas casas de San Alberto que contrastan con las pequeñas casas en la periferia, o con la discreta arquitectura de algunos hogares de clase media en Sopocachi.

5. Lo que defienden principalmente los llamados jailones, blandiendo el discurso de la higiene y arguyendo que los alteños dejan todo mugre, es el privilegio de acceder a un lugar relativamente exclusivo para ver películas de Hollywood y consumir comida rápida. Paradójicamente, los que llegan de El Alto, ricos o pobres, manifiestan su deseo de acceder a esos mismos productos y servicios y, sin que sea su propósito, reconocen así que aspiran a obtener aquello que la clase dominante en algún momento definió como digno de consumirse. Al mismo tiempo, parece no haber un cine o un centro comercial en El Alto que provoque una invasión consumista de jailones, aunque algunos visiten de vez en cuando la feria 16 de Julio.

6. En medio de la controversia los que ganan son los empresarios, quienes efectivamente deben pertenecer a la clase alta, pero que al no figurar en la lucha ni en el debate nadie se preocupa de llamarlos jailones, cholos o indios; ellos venden. Esa sí parece ser una característica de quienes se ubican en los lugares más altos de la escala social o de quienes pretenden alcanzar esas posiciones: ganar dinero sin la necesidad de hacerse ver y sin importar de donde éste provenga. Al final de cuentas, el capitalismo no distingue entre razas, ciudades, culturas ni clases. Todos somos iguales en el mercado.

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