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Calama, la primera sangre por el Pacífico

Salió el sol del 23 de marzo de 1879. Ya podía verse a la escuadra chilena avanzando. Dos bolivianos hechos prisioneros los conducían directamente hacia donde se encontraban los defensores, ocultos en los matorrales. El choque era inminente.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont / La Paz

00:07 / 22 de marzo de 2015

Cuando cada año se recuerda el Día del Mar, algunas veces se lo hace ignorando el hecho histórico concreto al que alude el 23 de marzo: la Batalla de Calama. Es en esta batalla, desigual en hombres y armas, que se derramaron las primeras sangres boliviana y chilena, después de más de un mes de la invasión del 14 de febrero de 1879. A continuación, se hace una reconstrucción de los hechos inmediatamente precedentes al choque y lo que ocurrió después.

“Calama (...) es el cerrojo de la desembocadura más meridional de los Andes bolivianos”, enlazaba “los sitios de explotación de plata y salitre. (...)”, escribe Claude Michel Cluny en su libro Atacama. Ensayo sobre la Guerra del Pacífico 1879-1883 (publicado en 2008 ).

El panorama en este oasis del desierto de Atacama hoy es otro: “Calama ya no se parece a lo que era entonces, cuando debía parecerse al bosquejo del apacible corazón de San Pedro de Atacama, con sus callejuelas de arena donde se ahogan los pasos y sus muros poco elevados de tintes ocres y sombras rosas oscurecidas por el polvo”. (Cluny)

Para Bolivia, el puente en el vado del Topáter (sobre el río Loa) es un lugar casi de leyenda. Lo que contrasta con el presente. En el puente hay un par de placas de cobre recordatorias, diminutas en relación a la enormidad simbólica de una construcción por la que hoy pasa de manera irrelevante una cantidad también irrelevante de automóviles.

En 1879, este puente, junto a otro —no lejano, en el vado Carvajal— serían destruidos por órdenes del Jefe de las Fuerzas de Calama y Atacama, Ladislao Cabrera, para dificultar el avance de las tropas chilenas, cuyos movimientos se dirigían hacia esa población.

Cabrera ya había comandado con éxito las acciones contra la incursión revolucionaria de Quintín Quevedo, alentada por Chile en 1875. Por esto y por su prestigio público en Caracoles, fue nombrado “Jefe de las Fuerzas de Calama y Atacama” por el presidente boliviano de entonces, Hilarión Daza. La organización de la escuadra comenzó el 19 de febrero, día en que Cabrera llegó a Calama. Hasta ese momento, los chilenos se habían hecho de Antofagasta sin resistencia; Mejillones y Caracoles caerían de igual modo el 21 de marzo.

Antes, el 16 de marzo, un emisario chileno (el diputado Ramón Espech) pidió la rendición de Calama argumentando la superioridad de número de las tropas invasoras. Cabrera contestó: nadie “aceptará someterse a la intimidación que se ha hecho y, sea cual fuere la superioridad de sus adversarios, la integridad del territorio de Bolivia será defendida hasta el final”. (Cluny)

Lo que sucedía en el bando enemigo quedó registrado por el chileno Gonzalo Bulnes, antepasado del actual agente de Chile en La Haya, y autor canónigo de la historia oficial de ese país, en su libro La Guerra del Pacífico (1910): “El coronel don Cornelio Saavedra, Ministro de Guerra i Marina, se embarcó para Antofagasta el 7 de marzo en compañía del contra-almirante don Juan Williams Rebolledo, nombrado jefe de la Escuadra”. (Sic)

El 1 de marzo, Bolivia declaró la guerra al país invasor. Por lo que el traslado de tropas bolivianas era cuestión de tiempo. El Estado Mayor chileno vio entonces por conveniente evitar que las tropas bolivianas logren agruparse por el río Loa (creían que ése podría haber sido el punto de encuentro, aunque finalmente eso se dio en Tacna). “Para eso era necesario pasar el grado 23. Saavedra solicitó autorización del Presidente (Aníbal Pinto) antes de hacerlo, quien se la concedió.”

“Hoy recibi su telegrama en que usted consulta la ocupacion de Calama i Tocopilla, etc. Seria mas ventajoso estacionar en Calama i Chiu Chiu, puntos de mas recursos que Caracoles, las fuerzas que tenemos en este último punto” (Sic), respondió Pinto a Rebolledo dando luz verde al ataque.

“Era deseo antiguo en Sotomayor la ocupacion de Calama. La llamaba el punto más importante, por ser el que todos necesitan ya sea de la costa al interior o de éste a la costa”, escribe Bulnes, que luego intenta argumentar que Calama no era verdaderamente un lugar importante en cuanto táctica militar.

En esto discrepa el escritor contemporáneo Cluny, que afirma que la sola toma de Antofagasta dejaba al ataque chileno desprotegido al sur. “No se podrá defender Antofagasta con seguridad a menos que se cierre la salida de Los Andes; el cerrojo es Calama, al pie de la estrecha puna”. Si bien en Chile se descartaba la posibilidad de que el ejército de Bolivia acuda por el desierto de Atacama, Santiago decide “asegurar militarmente sus accesos”. Esto significa marchar hacia Calama.

Tanto Bulnes como Cluny coinciden en la cifra de las tropas chilenas que se dirigían hacia Calama: 544 hombres equipados para enfrentar la guerra. De acuerdo con la Biografía de Ladislao Cabrera, escrito por este mismo jefe de las fuerzas bolivianas, los defensores llegaban a 135 soldados con armas exiguas, muchas en desuso y sin entrenamiento una mayoría.

Con esta tropa en desventaja, Cabrera ordena la destrucción de los dos puentes mencionados. La disposición táctica de la defensa —según Enrique Vidaurre, en su libro El presidente Daza— es la siguiente: tres grupos, uno frente al vado Yalchincha, otro en el vado del Topáter y el tercero a la derecha de éste a la altura del vado Juana Huaita donde estaba el puente Carvajal.

“Como su línea defensiva abarca una extensión aproximada de 5 kilómetros, es indispensable dotar a cada agrupación de su propio jefe” —escribe Vidaurre— por lo que el ala izquierda es encomendada al coronel Severino Zapata, también prefecto del departamento; un militar de apellido Lara para la del centro, en la que actuaba Eduardo Abaroa; y Emilio Delgadillo, a la derecha. Cluny señala que el 22 de marzo fueron enviados dos scouts bolivianos para vigilar el avance chileno, sin embargo no regresaron sino guiando a la tropa chilena tras haber sido capturados por el enemigo.

Salió el sol del 23 de marzo de 1879. Ya podía verse a la escuadra chilena. Los dos capturados los conducían directamente hacia donde los bolivianos se encontraban atrincherados, si bien los matorrales los ocultaban de su vista. “Desde ese momento, Cabrera, montado en su ágil caballo, recorre toda la línea una y más veces. (...) Se observa el polvo que levanta el avance de tres columnas chilenas”, relata Vidaurre.

La táctica chilena era tomar la plaza atacando por dos flancos, hacia los vados Carvajal y Topáter. Como tenían conocimiento de la destrucción de los puentes, los chilenos habían llevado un escuadrón de carpinteros de Caracoles para que improvisen un paso de madera.

“Habiéndose sabido en Caracoles que los bolivianos de Calama habían destruido los dos puentes del río, Sotomayor organizó una sección de carpinteros, que llevaban tablones en carretas, para repararlos”, cuenta Bulnes. Pero antes de dar paso a los carpinteros, la vanguardia sería su caballería.

Por el sector Topáter, los chilenos comenzaron a cruzar el río por donde estaban el puente destruido, ya con el agua hasta la cintura, recibieron una descarga cerrada; la salva simultáneamente mató e hirió a algunos, encabritando a los caballos que pisaban a los jinetes caídos. Los chilenos entonces retrocedieron. Esto provocó en los bolivianos un arranque de audacia por el que salieron en persecución de los invasores, quedando a la vista del enemigo. La mayoría de los defensores serían aniquilados por la artillería chilena que antes no podía ver de dónde venían las descargas, relata Cluny.

“En vez de enviar adelante la infanteria desplegada en guerrillas —cuestiona el chileno Bulnes— para reconocer los tupidos zarzales i las tapias cubiertas con arbustos, se dispuso que tomase la avanzada la caballeria formada en columnas, presentando un espléndido blanco a los tiradores ocultos. No se hizo ningun reconocimiento del terreno, ni del enemigo. No se sabia donde estaba, ni su número, siendo que unos cuantos disparos de artilleria desde las faldas de la quebrada de la opuesta orilla del rio, habrian bastado para que saliese de sus escondites, oculto como se hallaba detras de las tapias de la máquina de beneficio que enfrentaba a Topater, o de unos zarzales tupidos que miraban el vado de Carvajal”. (Sic)

Desde la derecha de Cabrera, hacia el sector de Carvajal —describe Vidaurre— ganaban paso los jinetes chilenos: “cuando una salva uniforme, seguida de un intenso tiroteo individual, deshace la tropa de caballería atacante, cayendo varios muertos y heridos; los caballos huyen en todas direcciones”.

Por el sector de Topáter, la caballería chilena hizo un segundo ensayo y fue rechazada otra vez. Según el diario de Cabrera, en ese momento creyó que obtendría la victoria porque la caballería chilena al retroceder desordenaría a la tropa de a pie. Tras este nuevo retroceso, la escuadra chilena, rehecha y engrosada por todas sus reservas, era notablemente superior en número y su artillería no daba tregua; los bolivianos, ya sin municiones, cedían.

En la línea izquierda sucede algo similar, y a esa altura del combate los carpinteros de Caracoles ya había improvisado unos puentes y los chilenos estaban a punto de rodear Calama. Cabrera entonces ordenó la retirada hacia Chiu Chiu. No obstante, una docena de hombres —número en el que coinciden varios registros históricos— no retrocedieron; entre ellos estaba Eduardo Abaroa. En cambio salieron a descubierto  y disparando sus últimas municiones intentaron cruzar los tablones que la sección de carpinteros chilenos había tendido en el vado de Topáter. Todos fueron muertos. No es historiográficamente comprobable que haya sucedido la famosa frase de Abaroa (“¡Que se rinda su abuela... Carajo!”), sin embargo esto no resta en absoluto al heroísmo de estos 12 hombres; tampoco algunas versiones revisionistas de la Historia han puesto en cuestión el papel de Abaroa.

El repliegue se inició y se encaminó hacia Chiu Chiu. Dos horas después de la lucha, los chilenos ocuparon Calama sin salir en persecución de los combatientes de Cabrera. No se ha podido determinar el número de bajas de ambos bandos pues las cifras que se tienen varían mucho de un autor a otro.

“La toma de Calama hace más honor a la defensa que al ataque: el teniente coronel Eleuterio Ramírez (de Chile) no había tomado ninguna precaución para reconocer el terreno. Sus caballeros se encontraban en una mala posición en medio del río por una mala disposición táctica”, juzga Cluny.

La superioridad de los chilenos en ese combate era casi de cinco a uno. Además, estaban equipados para ir a una guerra, mientras que los bolivianos intentaron rechazar la invasión con armas viejas, estando incluso desarmados algunos. Esta fue la primera sangre del conflicto bélico que terminó por dejar a Bolivia sin un acceso a la costa.

Con la invasión del Litoral boliviano, Chile fue en busca de la supremacía geopolítica en el Pacífico y el predominio en la economía del salitre; no obstante, no solo consiguió ambos sino que posteriormente descubrió en el territorio antes boliviano inmensas reservas de cobre, que hoy son el motor principal de su economía. Bolivia busca en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) una negociación de buena fe conducente a un acceso soberano a la costa en el Pacífico, con base en los ofrecimientos hechos por Santiago en repetidas ocasiones.

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