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Calendario electoral para los partidos

Debería reglamentarse una suerte de común denominador, con ligeras excepciones, para garantizar la alternabilidad en la conducción de los partidos. Eso ayudaría a sanear el comportamiento político de sus actores.

La Razón / Gonzalo Lema

00:01 / 24 de noviembre de 2013

En el anterior sistema de partidos políticos, su democratización ha sido un fracaso. La imposibilidad de control de parte del organismo electoral de entonces fue la característica de ese tiempo. Cuando se llevaba a cabo alguna elección interna, uno de los resultados más perversos era la subdivisión del partido; concluían enemistados y debilitados.

El problema se complicó mucho cuando los partidos debían garantizar la participación de género; no encontraron nunca paciencia, voluntad suficiente para esto. En la convocatoria a sus elecciones era posible presumir la presencia de género, pero en los resultados se advertía que se malograba el proyecto de integración.

Al mismo tiempo, veíamos que los padrones electorales de los partidos eran chutos. Había dificultades de control de la inscripción real por parte del organismo electoral, pese a que se cruzaba información con Identificaciones de la Policía.

Los partidos se debatían entre convocatorias a elecciones abiertas o cerradas; en ambos casos era problemático. Si la elección era abierta, en algunos lugares algo dificultosos de control de parte de su propia organización  electoral, se sugería participación de gente no militante.

También se veía que muchos partidos apostaban por la participación abierta de la ciudadanía, porque consideraban tener raíces de esa naturaleza, es decir, eran partidos no marxistas-leninistas, no partidos cerrados, sino más bien partidos fundados en una apertura inicial, sin mayor control.

Advertí que la ley de partidos políticos que regía no les importaba, incomodaba a los partidos la institucionalización. Ése era un problema, en toda la democracia larga hasta 2006 y la aprobación de la nueva Constitución.

El caudillismo es parte del problema. Había caudillos carismáticos que se consideraban insustituibles, como así también los consideraba su militancia. Eran personalidades capaces de trascender errores, problemas; su vigencia estaba garantizada como parte del patrimonio, como parte de la sigla misma de la organización. Se imposibilitaba de renovación porque, claro, no había los conductos para debatir a plenitud.

Luego surgió el tema de las agrupaciones ciudadanas, que siempre consideré un error, porque la idea esencial para mí era que se pudieran formar partidos políticos locales; pero lo que “apareció” fueron las agrupaciones ciudadanas con otra connotación respecto del militante: a éste se lo convirtió en “simpatizante”. Por tanto, la línea ideológica, ética, el compromiso programático, la comunión de valores y principios democráticos, el filtro que deben tener estas organizaciones, prácticamente desaparecieron; lo que en su lugar emergió, a través de los simpatizantes, era más bien una comunión de intereses coyunturales; no importaba la procedencia de los simpatizantes, que venían y salían adelante con algo de menor responsabilidad, llamado “agrupación ciudadana”.

Hoy, con nueva Constitución y nuevo régimen electoral, pienso que debemos construir un sistema de partidos políticos y agrupaciones tal cual está en la ley. Me gustaría modificar, partidos locales antes que agrupaciones ciudadanas.

El sistema político requiere la construcción de un padrón de militantes y simpatizantes que sea revisado permanentemente por el Órgano Electoral, éste también debe ver los estatutos, seguir la democratización interna mediante voto u otras formas de elección, pero siempre garantizando que haya un accionar democrático de por medio.

Entonces, es muy importante que haya una fiscalización a los partidos; en mis épocas esa fiscalización era demasiado distante; es decir, los partidos actuaban y expost llegaban al organismo electoral, cuando llegaban, para una suerte de confirmación; y si no llegaban, prácticamente igual se habilitaban para participar de los procesos electorales en base a una suerte de simulacros documentados.

Debería reglamentarse una suerte de común denominador, con ligeras excepciones, para garantizar la alternabilidad en la conducción de los partidos, de la participación en los distintos cargos electos, con una presencia central del organismo electoral; eso ayudaría a sanear el comportamiento político de sus actores. Evitaría que en el futuro los partidos salgan tan debilitados, fracturados o divididos de cada proceso electoral que lleven a cabo.

El organismo electoral debería fijar un Calendario Electoral Político Partidario para que esto se vaya ordenando y los partidos se institucionalicen y, por supuesto, con facultades análogas a los procesos electorales, se repitan mesas donde se deba, se respete el voto del militante, en base a padrones saneados.

No creo que esto sea nada del otro mundo, que sea dificultoso tener un calendario electoral, fechas únicas de elecciones; lo que pasaba antes era que no había la voluntad política; en cambio, creo que ahora, es posible reconstruir algo que pretenda ser mucho más transparente, vigoroso y que ayude a enriquecer nuestra democracia.

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